El lujo ejecutivo que nadie agenda

En muchas organizaciones actuales, pensar se volvió una extravagancia. No porque falten cerebros o diplomas, sino porque falta, lo que yo llamo, tiempo vacío. Y el tiempo vacío, en la empresa moderna, tiene mala prensa. Un ejecutivo con la agenda completa parece importante. Uno que tiene dos horas libres parece sospechoso. ¿Está trabajando? ¿Está comprometido con la organización? ¿O, peor aún, está pensando?

La agenda del ejecutivo exitoso está lleno de reuniones encadenadas, comités, llamadas, mails, WhatsApps, tableros, dashboards, urgencias, “quick calls” que nunca son quick y presentaciones que nadie pidió pero todos comentan. La agenda ya no organiza el trabajo, te arruina la vida. “Estoy a full”, se dice con una mezcla de queja y orgullo. Como si la saturación fuera una medalla olímpica ejecutiva.

La Scaloneta ya no es un equipo: es una cultura

El problema es que estar ocupado no es lo mismo que estar pensando: muchas veces es exactamente lo contrario. La hiperactividad puede ser una forma sofisticada de evasión. Moverse mucho evita hacerse preguntas difíciles. ¿Cuál es el problema real? ¿Qué decisión estamos postergando? ¿Qué conversación no queremos tener? ¿Qué moda estamos comprando para no admitir que no sabemos hacia dónde vamos?

Henry Mintzberg, uno de los grandes estudiosos del trabajo directivo, mostró hace décadas que los managers viven atrapados en la brevedad, la variedad y la fragmentación. Saltan de tema en tema, de persona en persona, de conflicto en conflicto. La imagen sigue siendo brutalmente actual: ahora el incendio tiene Wi-Fi y reuniones por Teams.

El resultado es una paradoja ya que nunca tuvimos tanta información y nunca fue tan difícil comprender. Herbert Simon, premio Nobel de Economía, lo había anticipado cuando dijo que la abundancia de información crea pobreza de atención. Hoy esa pobreza se ve en líderes que contestan todo pero no deciden nada y en equipos que confunden velocidad con dirección.

La inteligencia artificial agravó y transparentó el problema. La IA puede producir textos, resúmenes, análisis y diagnósticos en segundos. Fantástico. Pero cuanto más rápido produce la máquina, más valioso se vuelve el juicio humano. Si la IA acelera la respuesta, el liderazgo debería mejorar la pregunta. Y para preguntar bien hace falta algo que escasea: silencio mental.

Daniel Kahneman explicó en Thinking, Fast and Slow que convivimos con dos modos de pensamiento: uno rápido, intuitivo y automático; otro lento, deliberado y exigente. Las organizaciones aman el primero porque parece eficiente y dinámico: reaccionamos, resolvemos y empujamos. Pero los problemas importantes rara vez se dejan domesticar por reflejos rápidos. Una crisis cultural, una transformación digital o un equipo directivo fracturado no se arreglan con velocidad. Necesitan pensamiento lento y algo tan valioso como tiempo.

La falsa estabilidad del trabajo moderno

Ese tiempo casi nunca aparece en la agenda. Hay reuniones para todo pero no hay una reunión para pensar. Hay que recuperar espacios donde el objetivo no sea informar sino comprender. En algunas empresas, pensar quedó reducido al offsite anual, ese retiro donde se dice, con suerte, durante dos días lo que nadie se anima a decir durante once meses.

Cal Newport llamó “deep work” al trabajo en estado de concentración sin distracciones que empuja nuestras capacidades cognitivas al límite. En la economía del conocimiento, concentrarse se volvió una forma de resistencia. Mientras todos compiten por responder más rápido, quien puede pensar con profundidad empieza a tener una ventaja diferencial, no por saber más, sino por conectar mejor.

Pensar no siempre luce productivo. Un Excel abierto parece trabajo pero un ejecutivo mirando por la ventana parece ocio. Sin embargo, muchas de las mejores decisiones empresarias nacen de esa zona ambigua donde todavía no hay respuesta, sólo tensión. Pensar es habitar esa tensión sin salir corriendo a convocar otro comité.

También existe una dimensión política. Una agenda saturada protege al líder, bueno, al líder mediocre. Nadie le puede pedir profundidad a quien está “a full”. “No tuve tiempo” es la frase más aceptada de la vida ejecutiva. Pero muchas veces no es falta de tiempo, es falta de prioridad. Por eso, volver a pensar exige una pequeña rebelión organizacional ya que implica bloquear espacios que no se negocian. Hay que cortar la idolatría del “estar” y aceptar que un buen líder no es el que está en todo, sino el que entiende qué merece su atención. En tiempos de sobrecarga, la atención es estratégica.

Peter Drucker decía que lo importante no era tener las respuestas correctas, sino formular las preguntas correctas. Muchas organizaciones están llenas de respuestas técnicamente impecables a preguntas equivocadas. ¿Cómo vendemos más de esto? Tal vez la pregunta sea si todavía deberíamos venderlo. ¿Cómo implementamos IA? Tal vez la pregunta sea qué trabajo humano queremos preservar, mejorar o dejar de hacer.

Pensar no es lentitud burocrática, tampoco es parálisis por análisis. Pensar bien permite, definitivamente, actuar mejor. Por otro lado, la velocidad por sí sola, sin pensamiento profundo, produce un movimiento que no llega a nada. El liderazgo necesita ambas cosas, pero en el orden correcto: primero comprender, luego decidir, finalmente ejecutar.

La Argentina empresarial conoce demasiado bien la urgencia: inflación, regulaciones cambiantes, presión fiscal, volatilidad de todo, talento que se va, clientes que cambian y costos que suben. En este contexto, pedir tiempo para pensar puede sonar ingenuo. Pero es al revés: cuanto más caótico es el entorno, más necesario se vuelve pensar. En la estabilidad alcanza con administrar pero en la turbulencia hay que interpretar y eso requiere…tiempo.

Quizás el próximo lujo ejecutivo no sea viajar en business class, tener chofer para el auto alemán importado u oficina con vistas al rio. Quizás el verdadero lujo sea una mañana sin reuniones para hacerse tres preguntas honestas: qué estamos evitando, qué estamos repitiendo por inercia y qué deberíamos dejar de hacer antes de que el mercado nos obligue.

Las empresas no necesitan más ruido inteligente, necesitan mejores silencios. Porque el futuro no lo van a construir los que respondan más mails, sino los que todavía conserven la capacidad, cada vez más rara, de sentarse, apagar la espuma de la urgencia y pensar.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/negocios/el-lujo-ejecutivo-que-nadie-agenda-nid18072026/

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