Ya sé que la semana apenas va por la mitad pero, en mi cabeza, está arruinada. Hace días que duermo mal por culpa de uno de mis gatos, tan adorable como trasnochado; un texto que preparé con bastante entusiasmo para leer en un taller de escritura resultó ser un fracaso atronador y, minutos antes de empezar esta columna, me volqué una taza de café –demasiado– caliente sobre la mano, la ropa y el piso de madera recién lustrado de la oficina. ¿Cómo se da vuelta una jornada como esta, que promete deparar nuevos e inesperados horrores?
Entro en Google para buscar qué estrategias sugieren los especialistas en revertir rachas semejantes. “Escuchá tu canción favorita y cantala”, recomienda un sitio. Según el autor del artículo, distintos estudios demostraron que escuchar música que te gusta puede mejorar el estado de ánimo e incluso ayudar a aliviar la depresión. Pongo “That Joke Isn’t Funny Anymore”, de The Smiths. Como casi todas las letras de Morrissey, es hermosa, aunque oscurísima: “Estacioná el auto al costado del camino. Deberías saber que la marea del tiempo terminará por ahogarte”. Por desgracia, no puedo cantarla en voz alta: sigo en la Redacción y preferiría no perder el trabajo.
En otro rincón de Internet, los consejos parecen sacados de un manual de autoayuda. “Aceptá que estás teniendo un mal día. Resistirse solo empeora las cosas”, dice uno. “Recordá que sobreviviste al 100% de tus peores días”, “rememorá los buenos momentos”, “reenfocá la situación como una oportunidad para aprender y crecer”, “hacé algo por otra persona”, ese tipo de cosas. Tal vez sea el insomnio involuntario, el cansancio acumulado o el estrés postmundialista, pero todo esto me suena a demasiado trabajo. ¿No existe algún hechizo capaz de mitigar la mufa? ¿Una bruja buena que pueda transmutar esta mala energía?
Como nada parece funcionar, recurro a otra forma de magia negra: buscar consuelo en la desgracia ajena. Suena espantoso, sí, pero es un mecanismo bastante común. Los psicólogos lo llaman “comparación social descendente”: cuando las cosas salen mal, nuestra cabeza busca casi por instinto a alguien que haya tenido peor suerte. No para disfrutar de su infortunio, sino porque, en comparación, el nuestro no parece tan grave.
A menudo, en estas situaciones, mi cabeza vuelve a un caso extremo, tal vez el hombre con peor suerte del mundo.
Sabemos de él gracias a un antiguo registro del Imperio Otomano, redescubierto y publicado en 2020 por la revista científica Meteoritics & Planetary Science. El 10 de agosto de 1888, un meteorito cayó sobre la región del Kurdistán, cerca de la actual ciudad iraquí de Sulaimaniya. Antes de tocar tierra explotó. Durante diez minutos, centenares de fragmentos incandescentes llovieron sobre la zona y arrasaron los cultivos. A su paso, también mataron a un muchacho que caminaba por ahí, del que ni siquiera quedó el nombre. Es el único caso documentado de una persona que murió por el impacto de un meteorito.
Ya sé, no es muy noble ni elevado. Pero, al lado de esta tragedia astronómica, ninguno de mis problemas parece tan grave. Puedo aprender de los errores que cometí y escribir mejores textos para aquel taller. Las manchas de café en la ropa saldrán tras uno o dos lavados. Y las quemaduras en la mano, por suerte, no fueron serias. Hasta mi gato puede recuperar en algún momento la costumbre de dormir durante la noche, quién sabe. Esas dificultades siguen ahí, claro, pero tienen solución.
Lo que no tiene solución es aquel pérfido meteorito, una sentencia de muerte implacable que viajó por el cosmos a 250.000 kilómetros por hora.
Sigo sin saber cómo se da vuelta una jornada así. Por las dudas, habrá que estar atento. Tarde o temprano, por cielo o por tierra, a todos nos llegará el turno de ser el consuelo de otro.
