River está desorganizado, desquiciado: perdió lo peor que podía perder, la identidad y el N° 10

En las últimas dos semanas, River perdió contra Aldosivi, Barracas Central y Gimnasia. En los últimos tiempos, perdió algo más importante: la identidad. Nada menos que River, que a lo largo de su vida potenció el gen futbolero hasta sentirlo una marca registrada en lo institucional. En algún lado quedará agazapada, claro. Ni las peores crisis atentan contra la historia. Pero en vez de fijar dicha identidad como un rumbo para la recuperación, se olvidó de ella. Doble derrota.

El primer elemento para elaborar la teoría es netamente futbolístico: al club de los 10 le falta un 10. Hoy no tiene ni uno que esté afrontando la última etapa de su carrera, ni siquiera alguno que según el entrenador sólo pueda estar 20 o 30 minutos por partido. Con otras camisetas puede faltar. En River, parece una afrenta no contar con el que haga jugar al resto, el que transpire menos pero piense más, el que entienda el juego.

Claro, debido a la carencia de conductores en la comparación con otra época, la falta de uno de ellos no puede desembocar inexorablemente en un equipo sin ideas; se supone que debe compensarse con el funcionamiento colectivo, que en River tampoco aparece. Lo que lleva a un problema lateral que también separa a este equipo de tantos otros que vistieron la misma camiseta: sólo apunta a la intensidad. El estilo, contra el mandato, consta de correr. Y para esto no se tendrían que necesitar refuerzos de millones y millones de dólares.

El origen del desconcierto es la repetición de libros de pases de desaciertos y despilfarro. River paga fortunas por jugadores que luego no pueden revalidar el precio. Contrata futbolistas para posiciones que estaban cubiertas y no cubre lugares que estaban vacíos. Es llamativo que en ningún momento de este mercado haya buscado un delantero por afuera. Un plantel debe cubrir todas las funciones. Mientras, acumuló segundos delanteros, aquellos que no son ni referencia de área ni extremos (Lucas Beltrán, Sebastián Driussi, Facundo Colidio, Joaquín Freitas, hasta Angel Correa), algunos de los cuales terminan en posiciones que no son sus preferidas. Y un equipo no se arma con los once apellidos más rutilantes sino con el más destacado para cada posición.

Coudet reconoció que desea tres o cuatro refuerzos más. Se podría preguntar cuántas incorporaciones necesitará el técnico para que su equipo funcione. Pero el pedido guarda cierta lógica: el del semestre pasado era un plantel corto y el presidente Stefano Di Carlo decidió marginar a quince jugadores. Así lo anunció: dijo que instruyó al director deportivo Pablo Longoria a que lo hiciera. Algunos habían dejado sensación de ciclo cumplido (Paulo Díaz, Kevin Castaño), pero otros cargaban simplemente el pecado de cobrar un alto contrato firmado por la comisión directiva anterior, en la que el presidente era el secretario.

Así entonces Germán Pezzella, hasta hace poco capitán, pasó a formar parte del grupo de los marginados; aunque su nivel haya bajado considerablemente, la falta de consideración a las trayectorias se paga. En la barrida, pagaron por ejemplo también Giuliano Galoppo por errar dos penales, Kendry Páez porque jugó liviano, Maximiliano Salas porque estuvo pesado y jóvenes del club como Ian Subiabre y Santiago Lencina, llamativamente ninguneados. Si en el semestre anterior Coudet tenía pocas alternativas y ahora se le fueron jugadores, queda claro que tiene menos; de allí, la necesidad de más incorporaciones. Pero tiene un problema: si el área de fútbol lleva dos años con políticas erradas para comprar, ¿qué asegura que podrá corregirlo?

Hay otra idea que aleja a River de su identidad, más relacionada al día a día. El club perdió la privacidad, el perfil bajo, hasta el hermetismo. Ahora los problemas quedan expuestos, amplificados. El quiebre tal vez haya sido la famosa charla de intimidad en la que Martín Demichelis se refirió a sus jugadores frente a un grupo de periodistas y algunos de estos ventilaron las críticas. Marginar recientemente a más de una decena de futbolistas y encargarse de que quedaran expuestos fue un grave error no forzado. Muy probablemente haya generado malestar en el plantel, donde quedan amigos de los separados. Pareció más una medida para congraciarse con la gente que pedía renovación. Como si el presidente del club hubiese buscado su nombre en las redes sociales y haya llegado a la conclusión de que le pedían decisiones tajantes, sin pensar que podrían resultar contraproducentes.

Di Carlo mostró desconocimiento de fútbol. El objetivo que traía aparejada aquella decisión era el de bajar la masa salarial para generar presupuesto y luego sumar nuevos contratos altos. Pero si no quieren, los jugadores no se van de un club. No aceptan una oferta y listo. Varios de los marginados que se entrenan en el predio de avenida Cantilo no quisieron irse justamente porque en otros clubes cobrarían menos.

La dirigencia ahora dejó trascender que atenderá ofertas de préstamos por esos jugadores y hasta probablemente divida el pago del sueldo con el club interesado. Ya no puede dejar que se repitan las menciones al container como si fuesen un símbolo institucional. Esta semana, por otro lado, se dio otra contradicción. Si la intención era recuperar el dinero invertido por los refuerzos que no mostraron un gran nivel, no se entendió por qué se le otorgó el pase en su poder a Juan Fernando Quintero, a un año de haberlo pagado más de dos millones de dólares.

Todo esto se desarrolla en un fútbol, el argentino, donde a Nicolás Otamendi lo deja en el camino sin compasión el joven Jeremías Merlo y, al rato, Alexis Steimbach le saca una cabeza en el salto ganador. Un fútbol que ha generado la costumbre de la derrota en River, nada menos que en River, que en once meses perdió tantos partidos como ganó.

Cuando se fue Gallardo, necesitaba alguien que revolucionara los ánimos. Un agite. Un Coudet. Actualmente River está desorganizado, desquiciado. Lo que necesita es alguien que baje la espuma. Salvo cuando se muestra decaído en las conferencias de prensa, Coudet parece subirla. Sólo podrá bajarla una serie de resultados positivos. Para que llegue no sólo un triunfo suelto sino varios, tendrá que cambiar mucho de lo expresado en esta columna. Hoy no está claro cómo lo hará.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/futbol/river-esta-desorganizado-desquiciado-perdio-lo-peor-que-podia-perder-la-identidad-y-el-n-10-nid31072026/

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