El rugby y el café son dos temas inevitables en cualquier encuentro con Santiago Gómez Cora. El primero aporta la materia prima. Lo segundo decide el escenario, el clima. El hallazgo casual de una buena cafetería de especialidad en Martínez, frente al hipódromo, proporcionó las condiciones para que la conversación con uno de los entrenadores más encumbrados de la Argentina de los últimos años se extendiera por dos horas.
La excusa era el balance de la actuación de los Pumas 7s en el Circuito Mundial 2025/26, algo tardío tras su paso por la Rugby Premier League india. Un disparador que permitió escalar hacia esquemas más complejos: el recambio profundo que sufrió el equipo, la captación de jugadores, el valor de la derrota, la salud del seven dentro del mapa global del rugby, el último baile... “Me estoy preparando mentalmente para buscar nuevos rumbos”, avisa.
La charla empieza por el principio, y el principio es el final. Ocurre que el cierre del ciclo 2024/25 determinó la reciente campaña. Tras ganar la etapa regular, siete jugadores dejaron el plantel. La estructura que durante 13 años había forjado Gómez Cora con paciencia oriental por primera vez se resintió. Con mayoría de jugadores jóvenes e inexpertos, el equipo transitó un año de reconstrucción. Un año “hostil”, palabra que repetirá varias veces. Terminó peleando el título. “Se escapó por un try”, afirma.
En ese afán cronológico que rápidamente se rompe, la conversación empieza por el principio. Es decir, el final de la temporada anterior. ¿Qué ocurrió para que se fueran siete jugadores de una vez, cuando lo normal es que sean uno o dos por temporada?
“Después de los Juegos , todos siguieron por el entusiasmo que se había generado alrededor del equipo. Ganar un título y dominar una serie le hace muy bien al ego competitivo y al alma. Después de repetirlo, varios sintieron que era el momento de probarse en el rugby de 15”, responde. “Esta generación se formó soñando con jugar en los Pumas. Creo que llegará una generación para la cual la máxima realización sea jugar en Pumas 7s, y eso será producto de la identidad que creó este equipo. A mí me emocionan señales como escuchar a un chico de diez años decirle a otro: ‘Pateá de drop, porque en seven se patea de drop’, o que un neozelandés entre a nuestro vestuario para pedir una foto y una camiseta. Para varios de los que se fueron la sensación fue: ‘Ya gané, ya cumplí; ¿qué me queda?’. Y la respuesta fue los Pumas.”
–¿Cómo fue el scouting para semejante recambio? ¿Detectás jugadores en el Seven de la República o mirás el rugby de 15 y pensás quién puede adaptarse?
–Es la parte que más me apasiona. Seleccionar al que ya se destaca es muy loable, pero a mí me divierte buscar al que nadie eligió. Por eso pasamos de lo cualitativo a lo cuantitativo: altura, poder de salto, penetración, velocidad, utilización del pie. El que lo ve hasta mi mamá llega solo; yo busco al jugador que nadie vio. No creo en malos jugadores, sino en chicos que no fueron bien formados.
–¿De dónde reclutás esos jugadores? ¿Cuál es la pileta en la que pescás?
–Los 47 millones de argentinos. Concretamente, los 100.000 inscriptos en la UAR. Con métrica hacés cortes: altura, velocidad, aceleración. En los Juegos de la Juventud aprendimos muchísimo al rodearnos de otros deportes. El ENARD tenía medidos a 102.000 chicos de las camadas 2000 y 2001. Getzelevich me explicó cómo hacía el vóley: altura, proyección de crecimiento, cuánto miden los padres. A partir de este aprendizaje, con ellos, con Santi Lange, con un montón de deportes, lo que hicimos fue cruzar información física. Lo más importante son esos jugadores de obtención y de posesión, que son los grandotes con cierta movilidad. Vas haciendo un algoritmo de qué tipo de jugadores querés.
–¿Incorporaron jugadores que vinieran de otros deportes?
–En varones probamos atletas de velocidad y no funcionó. El corredor de 100 metros sabe acelerar, pero no desacelerar. El Seven es una mezcla de atletismo y deporte: tenés que frenar, dominar tiempo y espacio y resolver una pelota que pica raro. En mujeres sí capturamos jugadoras de básquet, que requiere dominio de pelota, y de handball, que es un deporte de mucho contacto. También nos faltaba una estructura para reconvertir atletas mientras competíamos. Tenemos que ir a Hong Kong a tratar de sacar adelante un partido, y a la vez hacer el scouting, el desarrollo, con una estructura muy acotada.
–¿El tamaño puede ser limitante en una convocatoria?
–No es limitante, pero te condiciona. Si no tenés talla, para jugar internacionalmente tenés que ser un diez en todo: diez en velocidad, diez en pase, en patada, en lectura de juego. Pero hay chiquitos que la rompieron. La talla te deja menos margen.
–Volviendo al Circuito… al no haber nada en juego en las primeras seis etapas, la impresión fue que priorizaste darles rodaje a los nuevos. ¿Fue realmente así?
–Sí. Salimos antepenúltimos. No me gusta perder, pero la derrota da más información que la victoria. A veces ganar tapa carencias e impermeabiliza; perder te da permeabilidad con el jugador: “Perdimos, ¿qué hay que hacer?”. Nos faltaban minutos y sociedades. Los anteriores llevaban seis años juntos y se entendían con una mirada; el nuevo apenas sabía dónde ir y de golpe jugaba contra Fiji a 180 pulsaciones. Bajamos a un plan básico y crecimos desde la conexión entre nuevos y experimentados. Hay cosas que podés anticipar desde lo físico, técnico y táctico; otras hay que vivirlas.
–En las tres etapas finales ya se vio un equipo consolidado, no sólo buenas individualidades. ¿Sentís que el proceso quedó bien logrado?
–Sí. Teníamos titulares que habían empezado a jugar este año. La primera vez nos llevó siete años… el bambú; después cuatro, tres, dos. Acá lo hicimos en uno. Lo difícil es saber jugar un partido, un torneo y una serie; tener templanza para una final; viajar, cambiar de huso horario y decidir a 180 o 190 pulsaciones. Las emociones están y saber controlarlas es el diferencial. Ellos se adaptaron rápido y nosotros acortamos el camino. Al principio de la temporada me preguntaban por el descenso y terminamos a un try de ganar la serie. Eso me tranquiliza porque pienso en 2028. Otras veces ganamos, ganamos, ganamos y llegamos mal a las finales; este año fuimos de menos a más.
–Antes defendías la idea de ir por todo desde el principio para que los jugadores se acostumbraran a ganar. ¿Qué cambió? ¿Se puede decidir cuándo alcanzar el pico?
–Este equipo ya sabe ganar. Lo que podés manejar es la rotación. No pongo un equipo nuevo entero: necesitás funciones consolidadas para desarrollar a un chico. Quizás el partido no venga, pero ese chico suma minutos y después juega bien una final. A veces hay que dar un paso atrás para dar dos adelante.
–Dijiste que perdieron el título por un try. ¿Sentís que, si en Burdeos se clasificaban a cuartos, con Sudáfrica afuera, podían ganar la serie?
–Sí, sin duda. El equipo se presionó con el tema de la clasificación. Esa tensión es muy hostil. Ver que Sudáfrica perdía y teníamos una chance inmejorable nos llevó puestos. Fue un aprendizaje sobre el dominio de las emociones.
“El espectáculo manda”En los dos años anteriores, los Pumas 7s habían ganado la etapa regular, pero las dos veces se quedaron con las manos vacías en la etapa decisiva (Madrid en 2024, Los Ángeles en 2025). Esta vez, el sistema cambió: tras seis certámenes de temporada regular, la definición abarcó la suma de tres torneos: Hong Kong, Valladolid y Burdeos, donde la Argentina repuntó y volvió a pelear el título. Para la campaña 2026/27, World Rugby confirmó las mismas sedes y se anticipa que repetirá la configuración de la competencia.
“No me gusta que en las primeras seis etapas no se juegue por nada, pero sí que la definición sea a tres torneos en lugar de uno”, opina Gómez Cora. “Pero si me preguntás, dame todo el año: sumar, sumar, sumar. Uno es el peor; tres es intermedio; yo prefiero que cuente toda la temporada. Lo que estuvo mal es que los últimos dos torneos quedaron muy pegados. Los que llegaron lejos en Valladolid quedaron afuera antes en Burdeos, y no es casualidad. Para nosotros fue un torneazo y salimos terceros, pero al día siguiente tuvimos nueve horas de colectivo.”
–¿Qué efectos tuvo en la afluencia de público a los estadios? En Valladolid y Burdeos parecía que no había mucha gente…
–En Burdeos el viernes no había nadie porque era día laborable, pero el sábado, a pesar de que hizo mucho calor, había bastante gente, y el domingo estaba lleno. Para el público, la lucha por el título y el tema del descenso son muy morbosos. Para afuera está buenísimo. Para nosotros, no tanto: hay que medirse todo el tiempo y hay menos descanso. Nosotros tuvimos que jugar el último partido de un día y el primero del siguiente. Entre el control anti-doping, cenar, almorzar y preparar un warm-up a la mañana tuvimos seis horas de descanso. De eso no se entera nadie. A veces el espectáculo manda. Es entendible, porque de ahí salen los fondos para solventar todo, pero la competencia debería mandar.
–¿Los otros países le están dando cada vez más importancia al seven?
–Sí. Nueva Zelanda tiene un programa enorme y viaja en business; Francia va con nutricionistas, varios médicos y un staff gigante; España tuvo a sus jugadores tres meses en Málaga. Todos crecen en infraestructura y después se ven los resultados. Además, cada vez se entiende más que el Seven desarrolla jugadores para la estructura del 15. Hay varios casos: Leroy Carter en Nueva Zelanda, Aaron Grandidier-Nkanang en Francia, Darcy Graham en Escocia. Me emocionó que viniera un entrenador de Japón que estaba jugando unos amistosos y me dijera: “Eddie Jones me mandó acá porque quería copiar el programa de ustedes, a través del cual han desarrollado jugadores para la estructura del 15?. Para mí fue un mimo enorme, me emocionó muchísimo. O cuando Galthié mencionó dos veces a Pumas 7s en la entrevista con Juan Hernández. Conoce a Moneta, te nombra a todos.
–¿Cómo ves el mundo del Seven fuera del Circuito? ¿Las nuevas competencias de franquicias pueden cambiar el modelo?
–Va a mutar por presupuesto. El Seven nació para desarrollar el rugby donde no era popular; después se puso competitivo, todos invirtieron y llegamos a tener estructuras profesionales difíciles de solventar. Las franquicias pueden ser una salida: una parte del año los jugadores están con la selección, y otra con franquicias. La unión se saca unos meses de contrato, el jugador sigue compitiendo y no se va enseguida al 15 a buscar guita. Puede ser un win-win.
–Estuviste en un certamen en India recientemente, ¿cómo fue esa experiencia?
–Es espectacular: un All-Star con los mejores. No los atás a un sistema porque les sacás creatividad; los juntás y los tirás a la cancha. Tenías al fijiano revoleando la pelota y al argentino, más austero. Culturas y formas de jugar distintas, cada uno con su impronta. Jugabas un partido por día y cuatro tiempos de cuatro minutos. Para un entrenador es espectacular, porque podés meter mano tres veces. En el formato normal es one-shot: si el rival te hace algo distinto, no llegás a corregir.
–¿Fuiste como técnico de un equipo?
–No, fui a supervisar la organización, a darle valor al torneo, a darles un feedback sobre cómo les convenía competir, lo de los tiempos, los descansos.
–¿Cuántas franquicias de ese tipo existen hoy?
–Hoy tenés el Supersevens de Francia; la Premier Rugby Sevens en Estados Unidos; el Ultimate Rugby Sevens, que se va a jugar en septiembre por toda Europa con un sistema de knock-out, y el de India.
–¿Estas competencias desgastan a los jugadores o interfieren con la pretemporada del seleccionado?
–Lo ideal sería tenerlos entrenando acá y cuidarlos, pero no podés decirles que no salgan a buscar sus recursos. Tampoco está bueno que pasen seis meses sin jugar. El Ultimate corta la pretemporada. Hay dos jugadores cerrados y otros dijeron que no. Nunca obligamos ni prohibimos: es decisión de ellos. Prefiero que jueguen y agarren ritmo, a que lleguen a Dubái con seis meses sin rugby de ese nivel.
–¿Cómo viene la próxima temporada? ¿Habrá más recambio?
–Nos faltan jugadores. Tenemos grupos de ocho jugadores. Lo llamamos ocho, ocho y ocho. Tenemos ocho jugadores núcleo que están muy bien; ocho jugadores de desarrollo a corto plazo, jugadores de buen nivel, como algún Pumita que haya salido ahora, y ocho más random, que vimos en algún lado o llegaron por métricas. Hoy nos falta el grupo del medio. De los últimos, de 20 te queda uno, porque muchas veces la métrica no se traslada al juego. De los intermedios, en cambio, lo más probable es que pasen cinco o seis. Ahí nos están faltando.
–¿Se va alguno de los jugadores que integraron el equipo esta temporada?
–De los que entraron a la cancha este año, siguen todos. De la estructura amplia salen varios, pero no porque los saquemos: van encontrando otro lugar. El núcleo de los que jugó sigue entero.
–En medio del recambio contaste con dos jugadores de élite mundial como Marcos Moneta y Luciano González. ¿Cuánto aceleran el crecimiento de los nuevos?
–Muchísimo. Armar un equipo competitivo, o sea, estar entre el primero y el cuarto, nos llevó siete años. Esta vez el staff acortó la brecha y Lucho, Mone y Alva facilitaron el camino: fijan un defensor, descargan y el nuevo recibe cómodo. Un trial aislado es injusto; dos knock-ons y quedaste afuera. Y por ahí es porque te la pasaron a los pies. Con esos jugadores alrededor, el chico puede mostrar lo suyo. Por eso rotamos por funciones: uno en obtención, uno en definición; si sacás dos seguidos, se corta ese circuito.
El último baileLa nueva temporada, que arranca en noviembre, será la primera instancia clasificatoria para los Juegos de Los Ángeles 2028, el objetivo último (en el sentido íntegro de la palabra) de este ciclo. Para ello hay que finalizar entre los cuatro primeros. De lo contrario, habrá que pasar por el Sudamericano y, en última instancia, el repechaje mundial.
“Ya estamos en modo Los Ángeles 2028”, reconoce. “Es el año más importante del ciclo, porque si no lo hacés bien no te invitan al baile. Primero tenés que ganarte la entrada. El nivel te lleva a clasificar y la clasificación, a competir. Por eso apuramos a los nuevos y buscamos más jugadores del grupo intermedio. Necesitamos que presionen al núcleo para tener una buena competencia interna, porque este año necesitamos resultados sí o sí.”
–Con este sistema en el que todo se define en las últimas tres etapas, ¿vas a dosificar esfuerzos en las primeras seis donde no hay nada en juego?
–Sí. Vamos a descansar, rotar y darles minutos a los de atrás. Descansar no es tomarse vacaciones. Los partidos se definen en los últimos dos minutos y por quién está en cancha. Hay que dejar de tener suplentes: el que entra tiene que mejorar, no aguantar. Con siete jugadores podés tener lucecitas, pero para objetivos grandes necesitás 12 muy competitivos.
–Alguna vez dijiste que los Juegos de 2028 iban a ser tu último torneo como entrenador de Pumas 7s. ¿Lo sostenés?
–Sí o sí. En 2028 termino como entrenador de campo. Voy a estar ligado al Seven de por vida, pero el equipo necesita renovarse y yo tengo un ciclo cumplido. También pagué caro estos veintipico de años de estresor que te provocan la competencia, los aviones, fila 66 en el medio: lesiones, la espalda, operaciones, quirófano casi todos los años... Así que ya estoy preparando entrenadores y me estoy preparando mentalmente para buscar nuevos rumbos.
