“Ni un gesto de humanidad”: el limbo de 76 días que padecieron dos hermanas argentinas detenidas y deportadas por el ICE

La piel tiene memoria. Si cierra los ojos, Romina todavía puede sentir el peso de esas cadenas alrededor de la cadera, las manos con esposas y los pies con grilletes que ella y su hermana Lucía tuvieron que usar tantas veces de su encierro, durante los traslados. Ahora están ahí, sentadas en las butacas de ese vuelo de Aerolíneas Argentinas, que después de 76 días de detención, va a llevarlas a casa. Algo está por estallar dentro. Es inevitable, aunque contengan la respiración.

Hace solo unos minutos, ese conjunto de cadenas todavía las atenazaba. Así las trasladaron en una camioneta a la pista en la que partía el vuelo que las deportaría y pondría fin a ese calvario. Las liberaron unos metros antes de entrar a la pista, las llevaron a la escalera del avión así, vestidas con el mismo de jogging gris con el que estuvieron confinadas, sin bañarse por días, después de ser trasladadas por aire y por tierra, siempre esposadas, desde el centro de detención de ICE en Luisiana.

Finalmente, las hermanas suben al avión, la azafata le pide los boletos y los pasaportes al oficial que las escolta, las chicas suben, caminan por el pasillo, son las últimas en embarcar. Todos las miran. Y si no, las huelen. Algunos, tal vez se imaginen en qué condiciones están por viajar. Encuentran sus asientos y se desploman en las butacas que de pronto les parecen las más mullidas del mundo. Una azafata se acerca y les pregunta si están bien, les ofrece agua. Le toca apenas el brazo a Romina, y ese mínimo calor que transmite la mano de esa desconocida la desarma. Es el primer gesto de humanidad que recibe en mucho tiempo. Las hermanas contienen la respiración, por si acaso ese instante no se vaya a evaporar. Cuando el ruido de las turbinas se vuelve ensordecedor y sienten que el avión se despegó del suelo norteamericano, la bomba estalla adentro. El llanto se vuelve incontenible. Se abrazan, se tapan los ojos, tiemblan. “No puedo creerlo, estamos acá”, repite Romina. “¿De verdad, nos vamos para la Argentina?”, dice Lucía.

Atrás queda el sueño americano, que las atrajo y les hizo creer que podían tener una vida hermosa, con mayores oportunidades que en su ciudad natal, en la Patagonia. Un sistema a la vez que les permitió registrarse y pagar impuestos, sacar una licencia de conducir, conseguir trabajo formal (Romina era supervisora en un hotel en Miami), consideró que por su status de extranjeras sin permiso de residencia debían ser sometidas a un proceso de deportación que, denuncian incluyó malos tratos, humillaciones y condiciones de detención precarias.

Lucía, de 24 años y Romina, de 34, (no son sus nombres reales) son dos hermanas que llegaron al país el viernes último tras ser detenidas el 14 de junio pasado, durante el Mundial por oficiales del ICE (Immigration and Customs Enforcement, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos), cuando iban a su trabajo, en Miami. Accedieron a hablar con LA NACION para contar, cómo en esos dos meses y medio desde que se las detuvieron y pese a haber firmado la aceptación inmediata de la deportación, atravesaron un largo proceso en el que fueron testigos y sufrieron las condiciones de detención de los inmigrantes ilegales en Estados Unidos.

“Durante todo el proceso nos trataron como criminales peligrosas”, denuncia Lucía. “Reconocimos desde el primer momento que estábamos en una situación irregular. Pero no cometimos un crimen. Siempre dijimos que estábamos dispuestas a irnos del país y pagar los pasajes y los costos. Nos trataron como si hubiéramos asesinado a alguien. Nadie debería tener que pasar por esas condiciones de detención para ser deportado. Una vez que uno acepta irse, empieza toda una etapa de burocracia, de traslados, de mentiras, y uno siente que se hace eso como forma de castigarte”, dice Romina.

A una semana de haber recuperado la libertad, aunque el metal ya no le aprieta la piel, la sensación de las cadenas sigue allí. El sistema de sujeción que Romina y Lucía soportaron durante los traslados dejó sus huellas. Caminar se convertía en un ejercicio de equilibrio precario y ruidoso, donde cada paso estaba mediado por el choque del hierro. Subir o bajar de las camionetas suponía un esfuerzo imposible, ante la indiferencia de muchos de los guardias. Si necesitaban ir el baño, durante un traslado, los guardias solo les liberaban una de sus manos.

El 14 de junio, a las 7, empezó el fin de la vida cotidiana de las hermanas en Florida. Romina había llegado a Estados Unidos hacía cuatro años y medio. Después de trabajar de forma irregular en una fábrica, con contratos que se renovaban o no por tres meses, decidió probar suerte. Tramitó su visa y viajó a visitar a una tía en Nueva York. Se quedó seis meses, empezó a trabajar en un supermercado, después en un restaurante argentino, pero como aún no había logrado recuperar el dinero invertido en el pasaje y todos los trámites, decidió quedarse un poco más. Se mudó a Virginia y después a Florida. Allí pudo mejorar su situación. Gracias a que había sacado el Tax ID, pagaba sus impuestos y con eso podía trabajar legalmente aunque no tuviera documentos ni permisos de residencia. Así entró a trabajar en un hotel, donde fue ascendiendo y llegó a ser supervisora. Tenía su auto, y la vida se iba ordenando.

Zonas evitables

Hace un año y medio, su hermana menor, Lucía, viajó para visitarla y después decidió quedarse: ninguna de las dos inició el pedido de residencia formal. Las desalentaban las políticas migratorias que rigen desde el regreso de Donald Trump a la presidencia. Eran frecuentes los relatos de personas que concurrían a su cita de Migraciones y eran detenidas. Pero Romina y Lucía sabían que tenían que cuidarse: no salían tarde, evitaban ciertos supermercados y zonas de latinos donde había operativos del ICE.

Sabían que esto podía pasar. Y finalmente ocurrió. Ese día, Romina manejaba hacia el trabajo cuando sintió en el espejo las luces del auto que venía atrás. Le hicieron señas para parar y paró. Y allí comenzó todo. Los oficiales, vestidos de civil, habían estado rastreando la patente del auto, a nombre de Romina.

En el auto no iba sola. Las acompañaban su hermana Lucía, una mujer colombiana que tramitaba su residencia y dos adolescentes de 17 años: una cubana y un hondureño. La vulnerabilidad que sintieron fue total, dicen las hermanas. Aparecieron cinco patrulleros, y llevaron a las oficinas del ICE a todos los mayores de edad. Ya allí, el trato de los oficiales anticipaba lo que iban a vivir. Los oficiales se reían, hacían chistes sobre sus acentos, lo mismo que sobre los otros detenidos y se pasaban los pasaportes argentinos de mano en mano, mirándolos con curiosidad despectiva, dicen las mujeres.

“No vimos ni un gesto de empatía, de humanidad. Había personas muy angustiadas, gente en pijama, que los había sacado de la cama, otros iban al trabajo, no les importaba nada y no te explicaban nada. Nos preguntaron si íbamos a aceptar la deportación. Dijimos que sí, porque nos dijeron que como mucho en una semana nos íbamos a nuestro país. Hasta usamos la única llamada que te dan para que alguien nos trajera los pasaportes y se los dimos. Era todo mentira”, dice Romina.

La promesa de la salida voluntaria rápida no resultó tal. Esa semana prometida se convirtió en un limbo de 76 días: desde aquel 14 de junio hasta el 29 de agosto.

La explicación oficial del prolongado encierro fue que, pese a que los entregaron, la administración había perdido los pasaportes de las argentinas. Esto obligó a que el consulado argentino iniciara a tramitar unos documentos provisorios que la oficina de ICE rechazaba una y otra vez por errores de forma. Al final del calvario, el relato sobre los pasaportes perdidos se diluyó: nunca se habían perdido. Estuvieron siempre en poder de los oficiales, en el sobre donde se guardaron las pertenencias de las hermanas, sus anillos, aros y cadenitas, además de sus celulares. Se los devolvieron en la puerta del avión.

De un centro a otro

A dos días de haber sido detenidas, y trasladadas a un centro dentro de Florida, las hermanas fueron llevadas al aeropuerto en un camión sin ventilación y respirar, así encadenadas, durante las tres horas de viaje era muy difícil, dicen. “Sentía mucha ansiedad y pensé que no podía más. Pero nos habían dicho que nos íbamos y eso nos daba esperanzas. Cuando llegamos no era un aeropuerto, era una pista y ese avión al que subimos encadenadas, y después nos liberaron, nos llevó al centro de detención en Luisiana”, cuenta Lucía.

Al llegar, el primer impacto fue el hedor que salía del lugar. El dormitorio era un galpón inmenso para 120 mujeres en camas triples. Y allí estaba la razón del olor: había solo seis inodoros para todas, divididos por chapas bajas sin puertas. Los lavamanos estaban situados sobre los inodoros. Estas instalaciones estaban a escasos metros de las mesas del centro del salón, aunque no comían allí. Apenas entraron, les dieron un rollo finito que era el colchón. Tenían que buscarse una cama. Cuando no había, las nuevas ingresantes dormían en el suelo, cuentan. Les dieron un jogging gris a cada una. Las otras mujeres les advirtieron que los cuidaran, que si faltaban, no les daban otro, salvo que lo pagaran.

Había mujeres que trabajaban para el sistema del centro. Les pagaban un dólar por día, dicen. Muchas aceptaban con tal de salir y no estar todo el día en ese galpón, donde las peleas y los conflictos eran cotidianos. Les daban por semana un rollo de papel higiénico que debían administrar, además de un sobrecito de shampoo que también se usaba como jabón. No había espejos. Nadie limpiaba los baños ni el dormitorio, sino que ellas mismas debían encargarse. Uno de los costados del galpón era vidriado, para que los guardias pudieran verlas. Los gritos, los portazos, las requisas les hicieron comprender pronto a las hermanas que hasta que no se fueran no iban a tener un segundo de paz.

Había cuatro computadoras, entrando con su número de caso, podían mandarle mail al agente de ICE a cargo de su caso. Jamás les contestó un mensaje, aseguran. También había teléfonos, pero solo podían llamar a teléfonos locales. Para hablar con su madre, las hermanas llamaban a una amiga, que a su vez llamaba a la madre y ponía un teléfono pegado al otro para que pudieron estar comunicadas.

Sin cuidados

Tener un dolor dentro del pabellón no significaba recibir atención, aseguran. La enfermera explicaba que era estudiante, que no podía medicar y que había que esperar al médico que venía los lunes. “Un día llegó una chica de Honduras, estaba embarazada de cinco meses, con antecedentes de abortos espontáneos. Llegó moretoneada. Vomitaba sangre y lloraba porque no sentía movimientos fetales. La enfermera se limitaba a decir que no era médica, que no podía hacer nada. Tuvo que esperar varios días hasta que le hicieron un monitoreo”, cuenta Romina.

Una noche, las despertó el grito de una mujer con dolor de estómago. Gritó toda la noche. Nadie acudió. Fueron sus propias compañeras quienes la cargaron hasta el baño.

“Todas teníamos ronchas y picaduras, sarpullidos. Una señora diabética sufrió una picadura un jueves. Suplicó atención, pero le dijeron que debía esperar al lunes para ver al doctor”, cuenta Lucía. La vida en el pabellón era un sobresalto permanente. A las 4, los guardias irrumpían con gritos para el desayuno. El descanso era imposible por el ruido de los portazos.

El encierro se sentía en el cuerpo. La comida era un revuelto de alimentos no identificables, solo los miércoles servían pollo y esa era la proteína de la semana, cuentan. El agua que tenían para tomar estaba turbia. Lucía sufrió una deshidratación severa por el miedo a beber agua contaminada. La médica le explicó que tenía que tomarla igual. Después, aparecieron las ronchas y el sarpullido, por los insectos y la poca higiene del lugar, cuentan. Podían lavar su ropa, pero había que ponerla dentro de una bolsa con nombre para no perderla. A las dos, se les empezó a caer el pelo.

La señal de que su liberación estaba cerca, no llegó por una voz humana, sino por un presagio tecnológico: en el pabellón se sabía que cuando el video de “bienvenida” aparecia en las computadoras, cuando consultaban por su caso era que el sistema se había reseteado y esa mujer se iba a casa. Pero no pocas veces, unos días después, volvía por algún error administrativo. Así fue como, hace 10 días, las hermanas supieron que sus nombres finalmente habían sido procesados para el vuelo de deportación. Pero hasta que eso ocurrió, pasaron varios días más. Entre ellos, que después de comunicarles que se iban, se olvidaron de irlas a buscar. Varios días después, se reprogramó el vuelo.

Cuando finalmente volvieron a sacarlas del pabellón, esposadas y encadenadas como siempre, después de volar de Luisiana a Miami, de dormir una noche sentadas en un banco, en un sector poco usado del aeropuerto, les comunicaron que las llevarían a ese avión para volver a la Argentina. “Subimos al avión, todos nos miraban. No sé qué pensaban. Cuando el avión despegó, nos abrazamos y estallamos, no podíamos dejar de llorar. Nos vamos a casa. No sabía cuánto se extrañaba esa sensación de libertad”, dice Romina.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/ni-un-gesto-de-humanidad-el-limbo-de-76-dias-que-padecieron-dos-hermanas-argentinas-detenidas-y-nid05092026/

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