PARÍS.- El 16 de septiembre próximo, el primer ministro canadiense Mark Carney ocupará el lugar de honor en el discurso sobre el estado de la Unión de Ursula von der Leyen en Estrasburgo. Al día siguiente, intervendrá ante el Parlamento Europeo. Esa serie de eventos, orquestada en plena ruptura comercial con Washington, ha sido interpretada como el preludio de una adhesión de Canadá a la Unión Europea. La realidad, más moderada pero igualmente significativa, es la de un giro estratégico sin precedente en 80 años de relaciones bilaterales.
Y ese giro tiene un único culpable: Donald Trump. Y su último capítulo fue un colapso. Durante la noche del viernes 21 al sábado 22 de agosto de 2026, las negociaciones comerciales entre Ottawa y Washington fracasaron a pocas horas de la entrada en vigor de unos aranceles estadounidenses del 50% sobre 20.000 millones de dólares en productos canadienses.
Mark Carney acusó a Estados Unidos de haber impuesto, en el último momento, condiciones “injustas, económicamente ineptas y capaces de poner en duda la fiabilidad de cualquier acuerdo”. Anunció represalias recíprocas a partir del 8 de septiembre, del 15, 25 y 50 % según el sector, dirigidas al acero, los productos lácteos, los electrodomésticos, la maquinaria agrícola, la pasta de papel y la electrónica. En rueda de prensa, Carney resumió la situación con una frase: Canadá está “en guerra” porque ha sido atacada.
Fue en ese contexto que el gabinete del primer ministro canadiense confirmó, el miércoles 26 de agosto, que Carney viajaría a Estrasburgo. El 16 de septiembre, asistirá al discurso anual sobre el estado de la Unión de Ursula von der Leyen y, posteriormente, el día 17, intervendrá ante los eurodiputados por invitación de la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola. Se prevé además que en octubre se celebre una cumbre entre Canadá y la UE en territorio canadiense.
Mark Carney, que llegó al poder en marzo de 2025, convirtió el acercamiento en una prioridad desde sus primeros viajes internacionales, insistiendo en la afinidad de valores democráticos, económicos y sociales entre su país y el continente europeo. Un informe aprobado por el Parlamento Europeo dio un paso más, instando a los 27 países del bloque a profundizar sus vínculos con Ottawa y calificando desde entonces a Canadá como el país “quizás más europeo fuera de Europa”.
Conocida la invitación para este 16 de septiembre, un vocero de la Comisión explicó a la prensa que dicho gesto constituía una señal contundente de la cercanía entre la UE y Canadá, destinada a mostrar la ambición compartida de elevar la asociación a un nuevo nivel. Pero eso no fue un hecho aislado: en junio, tras un encuentro al margen de la cumbre del G7 en Evian, Ursula von der Leyen ya había calificado a Canadá como el país “verdaderamente más europeo de los países no europeos”.
Sin embargo, es necesario corregir una interpretación errónea que ha circulado ampliamente en ciertos medios y comentarios estadounidenses desde el anuncio del viaje: no, Canadá no ha sido “invitado a unirse a la UE”. El lugar concedido a Carney en el hemiciclo de Estrasburgo es un gesto diplomático de altísimo nivel, inusual para un jefe de gobierno ajeno al bloque, pero Bruselas se ha esmerado en delimitar su alcance.
Como recordaron numerosas fuentes en el momento del anuncio, la adhesión a la UE no es, en esta etapa, una opción sobre la mesa. El programa de la visita se centra en el inicio, este otoño boreal, de conversaciones profundas para construir una asociación económica y de seguridad más estrecha con lo que el propio Carney denomina la segunda economía mundial. Un objetivo ambicioso, pero distinto a una candidatura formal.
MagnitudPero esa aclaración no resta importancia a la magnitud del gesto. Solo precisa su naturaleza: no se trata de un proceso de ampliación en el sentido del artículo 49 del Tratado de la Unión Europea, sino del fortalecimiento de una arquitectura ya construida ladrillo a ladrillo desde 1976. Porque, en efecto, Canadá y la Unión Europea no se acaban de conocer.
Su historia común remonta a 1976, año de la firma del Acuerdo Marco de Cooperación Comercial y Económica y de la apertura, en Ottawa, de la primera representación diplomática europea en un país del G7. Esta relación alcanzó un hito decisivo con el Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA), negociado durante casi una década y en aplicación provisional desde 2017, el cual eliminó la mayor parte de las barreras arancelarias entre ambos mercados. Este se complementó con un Acuerdo de Asociación Estratégica centrado en la cooperación política, la seguridad y los desafíos globales.
Posteriormente, se afianzó la dimensión militar. En 2021, Canadá se convirtió en país tercero participante en la PESCO, uniéndose a un proyecto de movilidad militar junto a los otros 25 miembros. Más recientemente, en febrero de 2026, Ottawa firmó un acuerdo que le otorga acceso al instrumento SAFE, un mecanismo de préstamos de 150.000 millones de euros destinado a financiar adquisiciones conjuntas de capacidades de defensa europeas en el marco del plan “Readiness 2030”. Para la industria armamentística canadiense, esto supone una puerta de entrada inédita al mercado europeo. Para la UE, es la confirmación de que Canadá se integra, proyecto tras proyecto, en su arquitectura de seguridad.
De la broma a la realidadY pensar que la cuestión de la adhesión había comenzado con una broma. Durante una conferencia sobre el futuro del continente celebrada en Berlín en marzo de 2026, el ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, comentó, entre risas, que la Unión Europea seguía atrayendo candidatos inesperados, mencionando primero a Islandia para luego añadir que “quizás Canadá acabe adhiriéndose”. Su homólogo alemán, Johann Wadephul, le siguió el juego de inmediato, declarándose “abierto a la posibilidad de Canadá”. La sala estalló en risas y aplausos, y la anécdota podría haber quedado ahí si en medio no hubiera un Donald Trump decidido a enemistarse con cada uno de los socios más fieles de su país.
Lo que ahora hace que la secuencia de Estrasburgo sea políticamente explosiva es que coincide con una opinión pública canadiense que ya está, en gran medida, convencida de la idea de un acercamiento radical. Una encuesta de Nanos Research realizada para el Globe and Mail en abril de 2026 mostró que el 57% de los canadienses apoyaría, total o parcialmente, una adhesión plena a la Unión Europea, frente a un 32 % de detractores y un 12 % de indecisos. El apoyo supera la mayoría absoluta en Columbia Británica, Ontario, el Atlántico canadiense y Quebec. Incluso alcanza el 48 % en las Praderas, bastión conservador, una cifra que los analistas consideran notable dada la irrelevancia que tenía la cuestión hace apenas dos años. Sobre todo, el 84% de los encuestados considera que el fortalecimiento de los lazos económicos con la UE es la mejor vía para el futuro de la relación bilateral.
El politólogo Roland Paris, de la Universidad de Ottawa, resumió la dinámica señalando que tener un vecino estadounidense sumido en la inestabilidad política y que amenaza abiertamente la soberanía canadiense hace que, por comparación, los socios europeos históricos resulten mucho más atractivos. Por el lado europeo, encuestas de YouGov citadas en la prensa norteamericana indican una reciprocidad inesperada: el 55% de los alemanes y el 51% de los españoles se declaran favorables a una integración canadiense, con un saldo igualmente positivo en Francia, Italia y Polonia.
Sin embargo, la convergencia de las opiniones públicas no basta para lograr una adhesión: esta requiere la unanimidad de los 27, una reinterpretación del criterio de “Estado europeo” estipulado en los tratados y, potencialmente, varios referéndums nacionales. Nada de eso está garantizado. Lo que sí es un hecho, en cambio, es un desplazamiento del centro de gravedad estratégico de Canadá.
Es precisamente esto lo que convierte a esta secuencia en un hecho histórico, independientemente de su desenlace. Jamás, desde la creación de la Comunidad Europea, un país extracomunitario había sido planteado seriamente como candidato a la adhesión por ministros en funciones y por el propio Parlamento Europeo. Que esta idea, nacida de un toque de humor en Berlín, haya podido ser tomada en serio en Bruselas, en Ottawa e incluso por la opinión pública canadiense, dice mucho sobre la forma en que el orden transatlántico se está recomponiendo bajo la presión de los Estados Unidos de Donald Trump.
Para la Unión Europea, lo que está en juego va más allá de la cuestión canadiense. Acoger, o incluso simplemente debatir la posibilidad de acoger, a una potencia del G7 dotada de una economía desarrollada, instituciones democráticas sólidas y un ejército integrado en los estándares occidentales, supondría redefinir las fronteras simbólicas del proyecto europeo, concebido hasta ahora como un espacio geográfico antes que como un espacio de valores. Un Canadá europeo, aunque fuera de forma informal o parcial, terminaría de convertir a la Unión en un polo organizado en torno a un modelo político y civilizatorio, abierto a todo aquel que se sienta identificado con él.
Para Canadá, el desafío es igualmente vertiginoso: mitigar un siglo y medio de dependencia económica y de seguridad respecto a Estados Unidos, en favor de un arraigo transatlántico renovado. En ese contexto, el aniversario de los 50 años de la presencia diplomática europea en Ottawa, que se celebrará en febrero de 2026, adquiere una resonancia especial. Ya no como el mero recordatorio de una cooperación antigua, sino como el posible punto de partida para una reinvención aún más profunda de la relación entre ambas orillas del Atlántico Norte.
