La señora, jubilada, tiene que hacer un tratamiento contra la osteoporosis para evitar futuras fracturas. Lo inició con su cobertura de salud privada, pero dado el alto costo de la medicación (son inyecciones para fortalecer el calcio de sus huesos, que aun con la promoción del laboratorio cuestan unos $385.000 por mes), recurrió a la prestación del PAMI.
La atención primaria fue eficiente, a la luz de los problemas que suelen escucharse. La obra social le autorizó la cobertura al 100% hasta fin de año, pero para la provisión debía obtener una receta de un endocrinólogo de cartilla. Y le dieron una lista de médicos y centros asistenciales para pedir turno.
La atención telefónica no es el fuerte de muchos sistemas en la era del WhatsApp. Pero los medios electrónicos, tampoco. Finalmente, un humano atiende: “Buenos días, necesito un turno con un endocrinólogo por PAMI”, preguntó la paciente. “Lo siento, no atendemos por PAMI”, fue la respuesta en varias ocasiones. O también: “Aquí no tenemos endocrinología”. La repregunta, siempre la misma: “Pero me dieron la lista en PAMI”. No había caso. Un llamado surtió efecto. “Bien, su turno será el 10 de noviembre”. No sirvió explicar que es un tratamiento que no se puede suspender.
