A los 25 años, Andrea Russo dio el paso hacia el matrimonio y, al cumplir los 30, el deseo profundo de ser madre floreció con mucha fuerza. Sin embargo, tras un año de búsqueda e ilusión compartida, la visita a un especialista en fertilidad marcó un punto de inflexión. Fue el comienzo de un camino que, muy pronto, le revelaría que el sueño de abrazar a un hijo requeriría de una entrega y una templanza inesperadas.
La primera luz de esperanza llegó a través de una estimulación de baja complejidad: un test positivo que le encendió el corazón de alegría. Pero la dicha duró poco. En la consulta médica, la felicidad se transformó en dolor al descubrir que se trataba de un embarazo ectópico y que debía someterse a una laparoscopía urgente. Aquella primera pérdida, a las siete semanas y media, vino acompañado de un diagnóstico difícil: sus trompas estaban afectadas.
Una montaña rusa de emociones y desgaste físico“A partir de ahí, se abrió ante mí una travesía de 17 años de búsqueda incansable. En ese tiempo perdí cinco embarazos y atravesé más de 10 tratamientos, entre procedimientos de baja y alta complejidad. Entre cada intento, hacía lo imposible por mantener mi vida en equilibrio, por sostener mi mundo mientras visitaba a distintos especialistas y atravesaba una montaña rusa de emociones y desgaste físico. Fue un camino largo, pero forjado con una resiliencia y un amor inquebrantables”, recuerda Andrea.
Con el tiempo, gracias a la recomendación de la Dra. Mazzolli, llegó al consultorio de la Dra. Ester Szlit Feldman, especialista en Obstetricia y Ginecología y una de las directoras de Procrearte. Con ella iniciaron una serie de estudios mucho más complejos y profundos, pero lo más valioso no fue solo el rigor médico, dice, sino el plano humano: por primera vez en mucho tiempo, encontró un espacio donde se sintió escuchada, cuidada y contenida en cada paso.
“Más adelante, distintas circunstancias de la vida me llevaron a poner una pausa, alejarme de las consultas y transitar mi propia separación. Fueron años necesarios para bajar el ritmo, reconstruirme por dentro, sanar la autoestima y reencontrarme conmigo misma. Desde esa nueva fortaleza y con total claridad, tomé la decisión de ser madre soltera, trazando con serenidad mi propio mapa: el Plan A era ir en busca de ese embarazo tan soñado; el Plan B, si el destino decía otra cosa, era armar las valijas y comenzar una nueva vida en el exterior”.
