¿Por qué una persona puede largarse a reír sin control ante una situación graciosa y, minutos después, sonreír o reírse durante una conversación sin experimentar la misma emoción? Aunque ambas conductas parecen similares, el cerebro las procesa de maneras diferentes. Esa es la conclusión de una revisión científica en la que autores sostienen que la risa espontánea y la voluntaria dependen de circuitos cerebrales distintos. Comprender cómo funcionan esos sistemas podría ayudar a explicar mejor fenómenos observados en enfermedades neurológicas y psiquiátricas como el Alzheimer y la esquizofrenia.
El trabajo fue realizado por Fausto Caruana, investigador del Instituto de Neurociencia del Consejo Nacional de Investigación de Italia (CNR), y Sophie Scott, neurocientífica del University College London (UCL). La revisión fue publicada el 23 de junio de 2026 en la revista científica Trends in Neurosciences.
A diferencia de un experimento tradicional con una muestra específica de participantes, el estudio consiste en una revisión de investigaciones previas sobre la neurobiología de la risa, incluidos trabajos clínicos, registros intracraneales, estudios en animales y procedimientos de estimulación cerebral realizados en pacientes con epilepsia.
La risa es uno de los comportamientos humanos más universales y, al mismo tiempo, uno de los menos comprendidos desde el punto de vista neurológico. Para los investigadores, una de las principales dificultades ha sido que la risa genuina resulta difícil de provocar en condiciones de laboratorio. Justamente por eso adquirieron especial relevancia los procedimientos realizados en pacientes con epilepsia que permanecen despiertos durante ciertas etapas de la cirugía.
Durante esas intervenciones, los médicos aplican pequeñas corrientes eléctricas en distintas áreas del cerebro para identificar regiones clave antes de operar. En ocasiones, esas estimulaciones desencadenan episodios de risa involuntaria. Como los pacientes están conscientes, pueden describir qué sienten en tiempo real, lo que ofrece una oportunidad única para estudiar los mecanismos cerebrales involucrados.
Al analizar esa evidencia junto con otros trabajos previos, Caruana y Scott concluyeron que existen dos sistemas diferentes. Uno está vinculado a la risa espontánea, emocional e involuntaria. El otro, a la risa voluntaria que acompaña muchas interacciones sociales cotidianas.
“Piensa en la última vez que te reíste y no pudiste parar porque algo lo desencadenó y no podías controlar la hilaridad: eso es risa espontánea e involuntaria”, explicó Scott al presentar los resultados.
La investigadora señaló que la risa voluntaria es muy diferente. “Si observas a personas conversando, verás que se ríen juntas al final de una frase y luego respiran al unísono. Cuando las personas hablan entre sí, la risa voluntaria comienza y termina muy rápidamente”, indicó.
De acuerdo con el modelo propuesto en la revisión, la risa espontánea depende de una red cerebral más antigua desde el punto de vista evolutivo. Ese circuito involucra regiones relacionadas con las emociones, la motivación y el control motor. Cuando esas áreas son estimuladas, las personas no solo se ríen: también describen sensaciones de alegría, bienestar o euforia.
La risa voluntaria, en cambio, parece depender de un sistema diferente, formado por regiones cerebrales más estrechamente vinculadas a la producción del habla y al control de los movimientos faciales. En esos casos puede aparecer la conducta motora de reír o sonreír sin que necesariamente se experimente una emoción positiva.
Los autores sostienen que esta división ayuda a explicar por qué la risa cumple funciones tan distintas. Por un lado, actúa como una respuesta emocional automática. Por otro, funciona como una sofisticada herramienta de comunicación social.
En el artículo, los investigadores afirman que la evidencia disponible respalda “un modelo de doble sistema”, en el que una red cerebral evolutivamente antigua impulsa la risa espontánea, mientras otra aprovecha circuitos relacionados con el lenguaje para producir la risa utilizada en contextos conversacionales.
Los autores destacan que las alteraciones en la expresión emocional y en la conducta social forman parte de numerosos trastornos neurológicos y psiquiátricos. Por eso, conocer mejor qué estructuras participan en cada tipo de risa podría ayudar a interpretar síntomas observados en enfermedades como el Alzheimer y la esquizofrenia.
El trabajo también menciona las llamadas crisis gelásticas, episodios de risa involuntaria que pueden aparecer en determinados cuadros neurológicos y que desde hace tiempo son objeto de estudio por parte de neurólogos y neurocirujanos.
Según Caruana, los resultados podrían funcionar como una especie de “piedra Rosetta” para descifrar distintos aspectos de la comunicación humana. El investigador considera que esta nueva mirada sobre la risa podría resultar útil para disciplinas tan diversas como la lingüística, el análisis de la conversación y las neurociencias sociales.
Otro aspecto que despertó interés entre los autores es la relación entre la risa y el dolor. Varias de las regiones cerebrales involucradas en la risa espontánea participan también de los mecanismos que regulan la percepción dolorosa.
Por ejemplo, no es inusual ver que una persona que sufre una caída durante una práctica deportiva o una fuerte contractura se ría en medio del dolor. Por eso una de las próximas líneas de investigación buscará determinar de qué manera estos circuitos intervienen en el conocido efecto analgésico de la risa, un fenómeno observado desde hace décadas pero todavía no del todo comprendido por la ciencia.
Con información de la agencia ANSA
