Las Adoro. Autor y director: Juanse Rausch. Intérpretes: Lucía Adúriz Bravo, Mariano Saborido. Vestuario: La Polilla. Escenografía: Gonzalo Córdoba Estévez. Iluminación: Facundo David. Música: Teodoro Gryner. Sala: El galpón de Guevara, Guevara 326. Funciones: lunes a las 20.30. Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
Recuperar aspectos de la historia del teatro nacional puede permitir encontrarse con cuestiones que resultan muy atractivas para cualquier investigador. Hay en ella muchos materiales que pueden rescatarse y al traerlos al presente no solo promueven un interés particular entre los espectadores sino, además, entre quienes –los actores- deciden ponerle el cuerpo a personajes o situaciones que, al trasladarlos al mundo contemporáneo, resultan de una elocuencia notoria.
El autor y director Juanse Rausch (Paquito (la cabeza contra el suelo), Saraos uranistas, entre otros) decide en Las Adoro inspirarse, para crear su nuevo proyecto, en las familias de artistas que, sobre todo en los siglos XIX y XX, fueron determinantes a la hora de dar forma a una escena teatral cuyo impacto aún puede movilizar el interés del espectador.
Es cierto que para aquellos que han pasado los 50 años algunos nombres de intérpretes, obras o espacios escénicos hacen que de inmediato la memoria los lleve a encontrarse con múltiples recuerdos. Para las nuevas generaciones, esos datos resultan un descubrimiento que, en definitiva, les ayudará a completar un panorama de un campo artístico siempre muy activo y plagado de pequeñas perlas preciosas.
Rausch recrea la historia de dos hermanos actores, Herminia y José Adoro. Con algo más de 80 años ellos siguen intentando trabajar, aunque ya no son muy requeridos. Viven juntos. Sus vidas se van opacando. Solo les queda la posibilidad de recordar sus trayectorias, ciertos compañeros con los que han actuado y también siguen ensayando algún que otro monólogo que, en su momento, les posibilitó adquirir cierta trascendencia.
Herminia fue la primera en descubrir su vocación teatral. José siguió sus pasos y terminó convirtiéndose en una actriz trans. Ella posee las cualidades más acendradas de un estilo entre recitativo y melodramático. Él mantiene aún una jovialidad que le posibilita mostrar su costado de comediante e imitador. Hasta puede reírse explicando cómo era “el decir” de María Rosa Gallo en contraposición al de Berta Singerman. Ambos además cantan y José, en algún momento, recuerda que compartió escenario con Estela Raval y hasta salía vestido con una ropa y peluca similares a las que llevaba la artista.
Más allá de sus personalidades, en el presente de la acción, aparece una disyuntiva: aceptar participar de una película de clase B en la cual aparecen solo en una escena y sin parlamentos, o viajar al pueblo donde crecieron para formar parte de un acto a través del cual se intenta que un viejo teatro no se convierta en una iglesia evangélica.
Hacer la película les posibilitará mantenerse activos, pero deben hacer una audición y el director decidirá quién de los dos tomará el papel. Trasladarse al pueblo genera mucha incomodidad para José, sobre todo, no quiere recuperar cuestiones del pasado que le resultan dolorosas.
Más allá de los múltiples atractivos que poseen las situaciones que se van desarrollando, el espectáculo resulta conmovedor porque tanto Lucía Adúriz Bravo como Mariano Saborido son dos intérpretes excepcionales. Poseen una capacidad de transformación tan fuerte que hacen que Herminia y José se conviertan en dos criaturas atractivamente disparatadas. Son patéticos, pero a la vez deliciosos. Ambos poseen unos recursos expresivos tan elaborados, tan delicados, que sólo los muy buenos actores pueden exponer con tanta vitalidad y lograr que la platea no pueda dejar de reparar en cada una de sus acciones.
Es cierto que la historia de Juanse Rausch por momentos se torna un tanto reiterativa y no hace avanzar la trama de manera más ajustada, pero no importa. Su labor como director es muy precisa y sus compañeros de juego demuestran tanta entrega y energía que, Las Adoro, se convierte en una experiencia tan delirante como extremadamente emotiva.
