Cuando Argentina está enchufada, no hay quien la pare. Cuando baja la tensión, se mete en problemas a veces no forzados. Puede ganarle a cualquiera, cualquiera puede convertirle un gol. La irregularidad está dada por viejos baches y, ahora también, por individualidades irregulares. Hay algunos que vuelan, otros que acompañan en sintonía y aquellos a los que se les conoció un nivel superior. Son los menos, los que Lionel Scaloni de una u otra forma tratará de respaldar.
Resulta llamativo que el recuento comience por Dibu Martínez, el Burru del 2022 en el sentido de que su aporte posibilitó que el 10 levantara la copa. Sucede que él mismo es el primero en saber que hasta ahora no fue lo decisivo que puede ser. Se trata de alguien con un nivel de exigencia muy por encima de la media. De alguien que realiza ejercicios de enfoque en la previa de cualquier partido, de quien se anota las metas de la temporada y las pega en el interior de su armario en el vestuario del Aston Villa para recordarlas diariamente.
Un tiro libre del austríaco Marcel Sabitzer y un par de intervenciones en los arrebatos de Cabo Verde sintetizan su torneo. Martínez se lamentó, así lo dijo, por no haber podido ayudar a sus compañeros contra Egipto. Le llegaron tres veces y le convirtieron en las tres, uno de ellas anulada. En esta jugada pudo haberse anticipado un segundo, pero aquella exigencia será el motor para aparecer cuando la selección lo necesite.
Sonó imprudente en la previa del partido, pero el técnico suizo Murat Yakin tuvo su razón cuando dijo que Argentina lució vulnerable. La estadística de Opta reflejada esta semana en LA NACIÓN lo deja claro: en los últimos dos partidos, la selección concedió 1,2 goles esperados y recibió 4. Es decir, le hicieron demasiado con poco. El concepto de Yakin podría ampliarse: será vulnerable, pero por ahora no es mortal.
De atrás hacia adelante, el siguiente puesto a considerar es obligatoriamente el del lateral por la derecha. Se veía venir por los niveles recientes de ambos, distintos a su pico de rendimiento. Nahuel Molina demostró en Qatar lo que puede rendir en la selección (probablemente por encima de su nivel en clubes) y a Gonzalo Montiel se lo describe como un jugador confiable. Fue llamativo lo de los octavos de final: Molina lucía dubitativo con la pelota; Montiel suele entrar para marcar a un extremo picante, pero contra Egipto ingresó para atacar. En el conjunto de arrebatos que ya era el partido, cumplió con lo que se esperaba de él. Quien juegue, igualmente, deberá mejorar. Son pocos los laterales que le dan un sello al equipo entero, apenas Hakimi en Marruecos y Nuno Mendes en Portugal. Por eso será clave el funcionamiento colectivo general. Y si se proyectan, los compañeros tendrán que usarlos no sólo como distracción. Los rivales de Argentina se preparan para marcar el juego interior. Afuera puede haber pique.
El ingreso de Leandro Paredes liberó a Alexis Mc Allister y a Enzo Fernández. Ninguno completó un partido redondo. Pero el primero se mostró mejor en el primer tiempo y Enzo hizo el gol soñado. Queda ver a un buen Rodrigo de Paul, incluso como en el debut de este Mundial. Por adentro unía al equipo, hoy está jugando más abierto. De no salir casi nunca (había sido reemplazado en apenas 3 partidos de 73), pasó a ser casi el primer cambio: salió en tres de sus cuatro encuentros mundialistas. Nadie jugó más que él en el ciclo Scaloni. Cuesta imaginarlo afuera en un día trascendente. Le falta mayor precisión en zonas de peligro, más trascendencia. Tiene un gran dato a favor: a esta altura de los grandes torneos suele empezar a vérsele lo mejor.
El español David Villa convirtió 441 goles en su carrera. En la temporada en la que Leo Messi llegó a 91 entre Barcelona y la selección, Villa apenas festejó 9 propios en el Barça. Es la consecuencia estadística de compartir la cancha con el mejor asistidor de todos pero, a la vez, con el segundo máximo goleador de la historia del fútbol mundial. Julián Alvarez y Lautaro Martínez pueden presentar estos números para explicar por qué no sólo no convirtieron sino por qué, además, prácticamente no tuvieron chances. Contra Egipto se imponía la titularidad de Julián, ya recuperado en lo físico. Pero Lautaro entró muy bien, le tiró el potrero encima al rival. Una van a tener. Hasta que llegue, tienen que apelar a los desmarques como ellos saben, los controles como enseñan y la paciencia como se recomienda.
El cuerpo técnico argentino siempre supo cuándo tocar las piezas. No es cuestión de, ante la mínima duda, meter volantazos. El riesgo en caso contrario es buscar estabilidad y encontrar inseguridad. Aquellos cinco cambios después de Arabia Saudita fueron excepcionales. Por otro lado, hay que guardarse una carta ganadora o por lo menos una que mejore lo que hay en algún momento del partido. Los ingresos de Nicolas González fueron productivos; tal vez su misión siga siendo la de explotar un partido ya desordenado.
Los cinco cambios y los posibles tiempos suplementarios obligan a pensar más allá del pizarrón. Si por ahora Scaloni y compañía no recurrieron a jugadores con menos experiencia en la selección (Giuliano Simeone, Valentín Barco, Nico Paz, José Flaco López), será porque consideran que estas instancias son para los más probados. Sale Argentina a la cancha. Con el característico ritual de concentración, con los nombres habituales y niveles desparejos. Sale, también, con el pasado en el recuerdo: cuanto mejores fueron los rivales, más subieron los niveles.
