Carmen Yazalde: el desplante a Sinatra, el recuerdo de Chirola, sus años en Portugal y la cirugía que no volvería a hacerse

“La belleza comienza en el momento en el que decides ser tú misma”, aseveraba Coco Chanel, la mujer que de estilo y elegancia algo sabía. Bien vale su máxima para entender la matriz con la que está hecha María do Carmo Ressurreição de Deus, conocida por todos como Carmen Yazalde.

“Hagamos fotos, pero no tengo ganas de producirme ni de maquillarme”, anticipa esta estupenda señora, quien recibe a LA NACION tan radiante y atildada que hace pensar que su parámetro “de entrecasa” es algo diferente al de la media.

No hay estridencias en su vestuario, sino un charme natural que hace que, al cruzar la hechura de la avenida Del Libertador, suene alguna bocina cariñosa a modo de saludo y que los transeúntes que la cruzan giren su cabeza para observarla con detenimiento. De pasar inadvertida poco. Aunque no se lo proponga.

Nació en Guarda, Portugal, y, siendo muy pequeña, su familia se mudó a la bella Lisboa, la ciudad del “pastel de Belén” y los azulejos de diseño, el terruño que le imprimió un acento que jamás se quitó, a pesar de que radica en nuestro país desde ya avanzada la década del setenta. En su tierra natal fue una actriz con reconocimiento y logró el título de “Miss fotogenia”; no era para menos.

Su matrimonio con el futbolista Héctor Casimirio “Chirola” Yazalde la depositó en Argentina. Y su vida cambió. Adoptó su apellido y se convirtió en una de las top models más codiciadas de su tiempo. Es madre y abuela. Y su participación en diversos programas de televisión le convidaron una popularidad que la acompaña hasta hoy.

Se considera una mujer de fe. Enviudó joven y hasta se dio el lujo de hacerle un desplante a Frank Sinatra. Conversar con la dama de piernas interminables es un viaje pletórico de anécdotas.

“Era muy joven cuando comencé a trabajar como actriz. En Portugal hacía teatro con las grandes figuras, me había contratado Vasco Morgado, dueño de cinco salas; me hubiera gustado seguir en el mundo de la actuación”, dice con cierto tono de resignación.

“En Portugal, el padrino de mi nombre artístico fue el bailarín argentino Alfredo Alaria, que trabajaba en Lisboa, París y Buenos Aires. Él me sugirió que utilizara un nombre corto para hacerme conocida”. Hizo cine y teatro con notable repercusión. Aún hoy, en la televisión de Portugal y de algunos mercados europeos se pueden ver aquellos films.

-¿Cuándo dejó de trabajar como actriz?

-En 1971, cuando conocí a Chirola dejé esa profesión.

-¿Él se lo impuso?

-No, fue por una razón de fuerza mayor. Cuando Portugal quedó bajo la dictadura de (Antonio de Oliveira) Salazar, el club ya no le podía seguir pagando el sueldo.

-Fue en tiempos del llamado “Estado Novo”.

-Exacto. En ese tiempo, lo vendieron al Olympique de Marsella, así que nos tuvimos que mudar.

También vivió en París, Madrid y Barcelona. “Era todo lo mismo”, sostiene con la vocación de “ciudadana del mundo”. De hecho, pocas horas después de la entrevista con LA NACION partió hacia Francia para visitar a una familia amiga con la que pasará unos días de veraneo en medio de la tediosa ola de calor que azota al Viejo Continente.

En España, Carmen y Chirola solían frecuentar a Alfredo Di Stefano, entonces entrenador del Real Madrid. Fruto de ese vínculo, el matrimonio se hizo amigo de Lola Flores, la icónica Faraona de la copla española. “Pasé varias navidades con ella”.

-¿Cómo era la Faraona?

-Guerrera, con un talento increíble y con una humanidad impresionante. Era muy chica para entender realmente quién era ella.

Infancia

De niña, conoció algunas carencias. En su casa no existían las opulencias. Tuvo tres hermanos y una hermana. “A los varones más grandes, casi no los conocí, porque, con la dictadura, emigraron para Alemania y Holanda, porque, si se quedaban debían participar en la llamada Guerra de Salazar. Se fueron en camiones, escondidos. Mi mamá no podía recibir ni siquiera una carta de ellos, porque, de suceder eso, seguramente iban a tocarle el timbre para que confesara dónde estaban viviendo sus hijos, ya que no se podía renunciar a la vida militar. Fue como si hubiesen muerto”.

-¿Los volvió a ver?

-Nunca más. Mi mamá, una vez terminada la dictadura, supo que ellos se habían casado y formado familia, pero yo ya también estaba casada y viviendo en Marsella.

-¿Viven sus hermanos?

-Creo que no.

Su hermano menor era chico cuando implosionó la dictadura, así que no debió emigrar forzadamente como los mayores. “Como vivía con mi madre, cuando ella falleció, él se murió de tristeza. Estaba tomando algo en un bar y sufrió un paro cardíaco, cayó al piso y no lo pudieron salvar”.

-¿A qué se dedicaban sus padres?

-Mi padre, maravilloso, era carpintero, aunque también tocaba el saxofón y fabricaba fuegos artificiales de manera amateur para tirarlos arriba de la montaña. Mi madre, inmensa, fue una gran cocinera.

-¿Eran rígidos?

-Mi padre nos mostraba el cinturón para que comiéramos todos los platos que se servían en la mesa: sopa, porotos, carne de conejo o cordero.

Las carnes y los guisos se cocían en una chimenea que se convertía en el centro de la casa de paredes de piedra. “Extraño tanto todo eso. Se colgaba la carne, las morcillas y los chorizos y se colocaban las cacerolas, que allá se llamaban panelas, y donde se hacían los guisos”.

Confiesa que, cada tanto, visita su pueblo y que no puede dejar de experimentar una sensación de nostalgia que la deposita en aquellos días de familia unida, cuando no faltaba nadie a la mesa. “Cuando llego, no hago más que llorar”.

De todos modos, reconoce que “hace 53 años” que se casó acá, “así que amo a la Argentina”.

Todo el mundo me reconoce por la calle con cariño, nunca falta el ‘hola, Carmen’ o, si estoy en la fila del supermercado, inmediatamente, cuando me escuchan hablar, la gente me dice ‘sabía que eras vos’. Esas cosas te llenan al corazón, nunca me dicen cosas malas, todo es reconocimiento”.

-¿Ha sentido algún tipo de discriminación en nuestro país por ser extranjera?

-Jamás, siempre me han recibido muy bien. La primera vez que pisé este país fue para conocer a la familia de Chirola. En esa época, Susana Giménez estaba haciendo la obra Las mariposas son libres con Rodolfo Bebán. Cuando la saludé me dijo “no puedo creer que semejante mujer sea la novia de Chirola”. Ellos habían sido muy amigos. A mí también me ofrecieron trabajar con (Rodolfo) Bebán, pero no se concretó.

Mantiene un estricto bajo perfil y reconoce que no le gusta utilizar las redes sociales: “Respeto a quién las usa. Cuando salgo en las redes es porque Joaquín Molina, un querido amigo, sube contenidos míos; él me dice ´subí fotos para que la gente sepa que estás viva y muy bien´, pero prefiero ir por la vida a cara lavada”.

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-¿La belleza abre puertas?

-Sí, claro, hasta para uno mismo abre puertas.

-¿Cómo es eso?

-Es lindo mirarse en el espejo y verse bien. A posar se aprende frente al espejo. El espejo te dice quién sos y, mirándote, podés hablar con vos mismo.

A la hora de posar para las imágenes que ilustran esta entrevista, muestra una destreza que facilita el trabajo. En cuestión de pocos minutos, la sesión concluye con una cantidad de poses incontables. Mira el lente, lo interpela. Se sube el cuello del abrigo, baja sus anteojos, se revuelve el cabello. Una clase de modelaje y seducción. Oficio.

“El espejo es externo, pero también interno”, dice al pasar, pero buscando la reacción de su interlocutor. “Es interno, porque te lleva a pensar en uno mismo y también a saber deshacerte del otro”.

-¿Cuándo se dio cuenta que era una mujer que, para los estándares occidentales, poseía rasgos bellos?

-En Lisboa había ido a ver una película donde la promoción era que las chicas nos sacáramos fotos en la puerta con la publicidad y participábamos del concurso “la mujer más fotogénica del mundo”. Lo gané y el premio fue una cifra en dólares y un viaje a España.

-Entonces, la belleza es una llave.

-Sí, pero también depende de la ética y la fuerza de cada uno. En la pasarela siempre tuve un sello muy exquisito, me caracterizaba por mi sonrisa. La gente se preguntaba quién era esa portuguesa que había surgido. Iba a probarme ropa a Nina Ricci y esa casa fue la que me recomendó a Dior y La Clocharde. No existía la competencia, me iban recomendando, jamás toqué un timbre. A veces, se complicaba que me ubicaran, porque no tenía teléfono en mi casa. Gino Bogani me vio en un programa de televisión y le gusté, pero no me encontraba por ningún lado.

-Sin embargo, desfiló diseños de Bogani.

-Una tarde, Roberto Giordano me pidió que acompañara a su mujer a un desfile de Gino (Bogani). Cuando llegamos, nos recibió Alma, su mamá, quien no podía creer que estaba ahí. “Mi hijo te está buscando”, me dijo enseguida. Cualquier chica de mi edad rogaba por pasar ropa de Gino Bogani.

-¿Cuándo debutó en la pasarela del diseñador?

-Esa misma tarde. Alma me dijo: “vos no vas a ver el desfile, vas a desfilar”.

-¿Alguna vez se ha sentido “cosificada” o subestimada por ser una mujer bella?

-No, jamás, nunca me sentí así.

Confiesa que, detrás de su aura glam se esconde una mujer que conoce muy bien cómo se hacen los quehaceres domésticos: “Cocino, lavo la ropa, limpio la casa, fui madre y buena esposa; no sé lo que es tener una empleada doméstica. Aún hoy limpio y cocino. Me encanta, soy maniática”.

-¿En qué otros aspectos se considera “maniática”?

-No puedo dejar mi cama sin hacer, las sábanas tienen que estar muy bien puestas, tirantes, casi que no las arrugo ni cuando duermo, soy fanática de eso. También me encantan las plantas, como tengo una terraza grande me gusta cultivar desde jazmines hasta quinotos, pero tuve que sacar varias macetas, porque ya no permiten tener mucho peso en los departamentos.

Vive en el corazón de Palermo Chico, a metros de avenida Del Libertador y rodeada de vecinos ilustres como Mirtha Legrand. Posa para la cámara etérea.

Con orgullo

-¿Confiesa su edad?

-76 cumplidos.

- ¿Está a favor de las cirugías estéticas?

-Me hice una, porque, en ese entonces, estaba de moda. En la década del noventa, Gino (Bogani) decía que los escotes ya no iban en la espalda, sino adelante, así que me convenció para aumentar mi tamaño. Me operé en París, pero me arrepentí, hubiese sido mejor no haberlo hecho. Ahora tengo ganas de sacarme las prótesis por mi salud y para hacer mis ejercicios.

-¿Cómo se ve la vida a los 76 años? ¿Cómo se percibe el futuro?

-Se ve distinto, pero queriéndome más humanamente. Hay que respetar más a la humanidad. No puedo creer que, a esta edad, siga escuchando que el mundo está en guerra, que se puede fabricar una bomba atómica. Tengo amigas que viven en Israel, a las que les envío mensajes constantemente. Cuando les consulto cómo están, me dicen: “estamos en la playa, pero, en unas horas, tenemos que entrar a casa porque comienza la guerra”. No puede ser que, en este siglo, el mundo viva así.

-Es desolador el panorama...

-En mi dormitorio hay un altar, como si fuese una iglesia, soy muy creyente. En Portugal, a las siete de la mañana, antes de ir a la escuela pasaba por la iglesia y tomaba la hostia en la primera misa.

Cada día, se encomienda a la Virgen del Carmen. “Su imagen me la regaló Nicolás García Uriburu”.

Amores sin ficción

Héctor Casimiro Yazalde murió a los 50 años, en 1997. “Hacía ocho años que estábamos separados”. Cuando la relación con su esposo finalizó, la modelo alquiló un cuarto en el Hotel Alvear. “Tenía una pequeña bacha para lavarme los dientes y nada más”. Luego compró un departamento de veintiocho metros cuadrados en Posadas y Libertad.

Recuerda con afecto al padre de su único hijo, y no duda en sentenciar: “No se hubiese muerto”. Cuenta que, por iniciativa de Julio Grondona, titular de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino), su marido dejó todo para jugar con la casaca argentina en el Mundial de 1978. No sucedió. “Perdió más de medio millón de dólares, pero Chirola no quiso volverse a Europa”.

-Usted sostiene: “No se hubiese muerto”. ¿Falleció por ese gran disgusto de una promesa incumplida?

-Y sí, porque, además, se calló la boca. Murió por una gran depresión.

A la hora de pensar en las virtudes de su exmarido, dice sin medias tintas: “No se pueden comparar, cada cual tuvo su estilo, pero Chirola era mejor que Maradona”.

-¿Está en pareja actualmente?

-Estoy sola desde 2003. Pasaron más de veinte años, no se puede creer. Me gusta la soledad y busco solo estar acompañada por los amigos que me hacen bien. Cuando uno se quiere mucho o está rodeada de gente que la respeta, el tiempo pasa de una manera veloz.

-¿Extraña tener un compañero de vida?

-No, a esta altura ya no. Amo a mi hijo y a mi nieta de cuatro años. Cuando estuve acompañada fueron relaciones de mucho tiempo. Una antigua pareja, cuando me lo cruzo por la calle, me dice: “no quisiste ir a la iglesia conmigo”.

-¿Se trata de alguien conocido?

-Sí. Es una relación que perteneció a ese tiempo donde se decía que las modelos debían salir con gente de alta sociedad.

-Usted “rechazó” a Frank Sinatra.

-Me tuve que levantar de la mesa. Estábamos con Candela, la hija de Claudia Sánchez, quien conocía muy bien al hijo de Barbara Sinatra.

-¿Quiénes participaron de esa comida?

-Barbara Sinatra, esposa de Frank; su hijo, Candela, Frank Sinatra y yo. Era una cena que él le regaló a todos sus músicos. Llegué de casualidad, para hacerle una gauchada a Candela, para que no fuera sola. De pronto, comienzo a darme cuenta cómo me miraba Sinatra, con esos ojos que no pasaban inadvertidos. Hasta Barbara se dio cuenta cómo lo hacía. Incómoda, dije: “excusez-moi”, me levanté y fui hasta el toilette. No aparecí más. A los pocos días, desde Río de Janeiro, Sinatra me mandó una foto firmada.

-Un seductor nato.

-También me miraron Paul Anka, Jean-Claude Van Damme y Roman Polanski, pero nunca tuve nada con ellos.

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-¿Existía mucha competencia entre sus colegas?

-No. Solo una compañera, que era mucho más grande que las de mi generación, siempre quería cerrar los desfiles. Decía: “no tengo los zapatos” y se demoraba para salir a la pasarela, así lo hacía última y sola.

-Pertenece a una generación donde las mannequins poseían nombre, apellido y personalidad.

-Teníamos personalidad diferenciada y no competíamos.

Gino Bogani sabía muy bien qué prendas hacerle lucir en las presentaciones de sus colecciones: “Me decía ´te pongo trajecitos, porque hay una clienta que te los ve puestos y me los compra todos´. Esa clienta era Amalia Lacroze de Fortabat”.

-¿Cómo fue recrear la figura de Eva Perón?

-Fue durante el año en el que Madonna vino a filmar a la Argentina. Lo hice para una revista de decoración, en el patio de la Casa Rosada y rodeada de granaderos, con trajecitos como los que se ponía ella, un lindo recuerdo. También me tocó inaugurar un restaurante en Tigre, donde estuvo presente Carlos Menem, y me pasé ropa de Paco Jamandreu, modisto de Evita. Ahí sí pude ponerme la ropa real de ella. Cuando lucí un vestido blanco de tul, encendieron unas luces impresionantes que me apuntaban. Se escuchaba: “No llores por mí Argentina”, y yo levanté los brazos para saludar, como lo hacía ella. Fue impresionante, la gente lloraba, me aplaudieron a rabiar.

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Se consideraba fanática de San Francisco, la ciudad cordobesa que se destaca por su prolijidad y limpieza urbana. “Es única, viviría allí”.

-¿Qué es la vejez?

-Es el tiempo que pasa. Espero vivir muchos años, no quiero irme con una enfermedad o en medio de una guerra. Busco mantenerme sana, es lo único que le pido cada noche a Dios y a todos los santos. Les pido acostarme para dormir y poder despertarme para ver la vida.

-¿Es consciente que ha tenido una vida atípica?

-Es cierto, pero ha sido muy linda.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/personajes/carmen-yazalde-el-desplante-a-sinatra-el-recuerdo-de-chirola-sus-anos-en-portugal-y-la-cirugia-que-nid30062026/

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