“Soy peronista pero no soy estúpido -dice irónicamente Alejandro Dolina-. Privarme de Borges o de Messi porque no son ‘compañeros’ o no van a la unidad básica a cebar mate, sería una tontería. Sería eliminar de mi vida algunas de las cosas que me hacen feliz, aunque sea por un rato”. El exquisito autor de Las crónicas del Ángel Gris, con autoridad literaria e ideológica, sella así la compuerta de la estupidez: por ella se colaba una tumultuosa corriente de antimessismo infantil y ponzoñoso, y un vano intento kirchnerista por instalar la insólita idea de que esta selección de fútbol estaba integrada por “derechistas y desclasados”, e incluso que su capitán debía agachar la cabeza frente a Maradona, como si la expresa simpatía de Diego por Cristina Kirchner -después de su cariñosa rendición incondicional ante Carlos Menem- pudiera quedar de algún modo eclipsada y la apropiación indebida del mito popular fuese desafiada peligrosamente por el advenimiento de un nuevo mito ajeno a todos, que no se dejaba etiquetar.
“Nosotres odiamos a Messi” fue una frase que viralizaron en los inicios del campeonato mundial, y varias figuras mediáticas del “movimiento nacional y popular” no ocultaron su rencor o desdén por el héroe crepuscular y su esforzado equipo de escuderos: la trinchera necia achicharra el cerebro y la hiperpolitización de la vida suele acudir en auxilio del vacío y la mediocridad. A medida que se desarrollaban a la vista de cualquiera la sufriente épica de los últimos días, la conmovedora entrega del ídolo otoñal que no quería retirarse de su pasión ni despedirse para siempre, y el manifiesto deseo internacional de que la Argentina fuera derribada -tres factores de alta emocionalidad y de fuerte cohesión interna- los ánimos cambiaron incluso entre quienes aman su propia pequeñez y todo lo miden únicamente por el color de la camiseta partidaria. Hubo que recalcular. Y entonces apareció Alejandro Dolina, leyenda del peronismo cultural, para darle las palabras justas a todo ese colectivo y clausurar así la sandez, y en seguida se agregó a este otro hito de la temporada: la canción que eligió como emblema la propia selección de Scaloni, donde una vez más se reivindica la gesta de Maradona, y hasta se le concede la posibilidad de que hace treinta y seis años su estrepitosa suspensión en Estados Unidos por haber ingerido cinco derivados de la efedrina no haya sido un error, irresponsabilidad o picardía del propio astro, sino el producto de una turbia conspiración de la sinarquía para “cortarle las piernas”. Esa defensa irracional e irrestricta, cantada con fervor por la escudería de Lionel en el vestuario, y mostrada luego al mundo en un video de íntima euforia y como declaración de propósitos y principios, no hizo otra cosa que inscribir una vez más a la Scaloneta en el linaje maradoniano. Esa canción, que después cantaron la calle y la tribuna, vuelve a mencionar también la guerra de Malvinas, como si eternamente el fútbol pudiera vengar aquella dolorosa derrota bélica: el que no salta es un inglés. Para algunos, el gol de Diego con la mano merece “cien años de perdón” porque los británicos fueron ladrones y piratas; para otros, hacer trampa con las reglas de cualquier juego no tiene justificación y da vergüenza: dos formas de vivir y entender la argentinidad. Y a propósito: “Somos argentinos desde la cuna hasta el cajón” entonan ahora los jugadores gracias a esa letra adoptada; parece una especie de respuesta a quienes pudieron creer que los muchachos habían olvidado sus orígenes, una acusación que también flotaba en el aire cuando ciertos kirchneristas los desvalorizaban desde las redes, las radios y los canales de streaming.
La trinchera necia achicharra el cerebro y la hiperpolitización de la vida suele acudir en auxilio del vacío y la mediocridad
Toda esta maldad pueril e insolente no se equipara, sin embargo, con los pecados mortales que cometieron algunos libertarios, quienes desplegaron un repugnante repertorio de racismo, homofobia y transfobia digno de auténticos trogloditas. No estamos hablando de personajes marginales del poder, sino de las mismísimas Fuerzas del Cielo, y por lo tanto de asesores estrella del presidente de la Nación, influencers y amigos, y altos funcionarios ubicados en el corazón del mileísmo y a veces incluso dentro de la propia Casa Rosada. Cuando Noruega derrotó a Brasil, Santiago Caputo escribió en X: “Qué piedra se volvió ser negro. Es culpa de Hollywood. Las advertencias fueron debidamente presentadas”. Era, a su vez, una alusión al wokismo de las plataformas de películas y series, y al protagonismo de los afroamericanos en ellas: parece que eso produce una maldición bíblica, y promueve la mala suerte en las canchas. Extraña conexión. El comentario operó, no obstante, como una señal de largada: a partir de ese momento Mbappé fue castigado también por su piel y por sus padres y antepasados africanos, y por su rechazo a la ultraderecha europea. No trepidaron en tratar de humillarlo por las redes -llamándolo “cometrava”- a raíz de su supuesta relación con una modelo transgénero, y el Gordo Dan alumbró de paso un concepto novedoso: el “peronegrismo”, uniendo a los “aborrecibles” afrodescendientes con el justicialismo del “aluvión zoológico”.
Los libertarios vienen a confirmar históricos prejuicios sobre una parte de la sociedad, que sin embargo parecía haber conjurado con autocrítica algunos de sus más abyectos errores del siglo pasado
Los libertarios vienen a confirmar históricos prejuicios sobre una parte de la sociedad, que sin embargo parecía haber conjurado con autocrítica algunos de sus más abyectos errores del siglo pasado. Esta confirmación busca ahora reactivarlos. Luego el jefe de las milicias digitales de Milei avanzó con otros neologismos, como “musulmono”; en la previa del partido contra Egipto, Daniel Parisini advirtió: “Que vaya preparando la cola Medio Oriente. Algún culo va a sangrar hoy”. Y al final, ya quizá bajo emoción violenta, disparó contra Mahoma (“pedófilo”), Alá (“gay”) y Tutankamón (“violador”). La crónica de LA NACION que recogía y compendiaba esta andanada estrafalaria y siniestra se tituló “Tuiteros libertarios lanzaron mensajes discriminatorios por el Mundial”. Al pie de la nota, un forista se preguntaba: “¿Hay alguna posibilidad de que esta lacra deje de ser divulgada? No es libertad de pensamiento, ni de opinión, ni de nada, es sencillamente un crimen que denigra a los argentinos. Penoso y funesto”. Lo raro no es que el periodismo registre las violentas y nauseabundas manifestaciones de personas que gravitan directamente sobre un gobierno democrático y que suelen recibir órdenes directas del jefe de Estado; la prensa tiene, más bien, la obligación ética y profesional de no mirar para otro lado y de revelar los aspectos peligrosos y oscuros que anidan en cualquier elenco gubernamental. Lo verdaderamente raro es que esa barbarie institucionalizada y expandida no pareció escandalizar a casi nadie.
La prensa tiene la obligación ética y profesional de no mirar para otro lado y de revelar los aspectos peligrosos y oscuros que anidan en cualquier elenco gubernamental
Hemos naturalizado la retórica del fascismo. Le adjudican a Albert Camus, que era un amante de este arte o deporte -como ustedes prefieran-, una célebre confesión: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. Hemos visto en estas semanas, en primer y en segundo plano, que los argentinos pueden ser genios, nobles, humildes y fanfarrones. Que son capaces del talento y la abnegación, y también de la estupidez más rencorosa y del odio más estúpido.
