Borges sabía amar y fracasar en el intento. Se enamoró de muchas mujeres, fue correspondido por pocas. En muchos casos, dejó como testigos de esos flechazos dedicatorias, poemas que, como su yo narrador, podrían ser uno y todos al mismo tiempo. “La dicha que me diste y me quitaste debe ser borrada; lo que era todo tiene que ser nada”, escribió en “1964” para, estima la crítica, la escritora Estela Canto. Pero podría haber sido para cualquier otra: Cecilia Ingenieros, Norah Lange, su hermana Haydée, María Esther Vázquez, Concepción Guerrero.
Como escribió Mario Vargas Llosa para El País, “la vida sentimental de Borges fue un puro desastre, una frustración tras otra”: “Se enamoraba por lo general de mujeres cultas e inteligentes que lo aceptaban como amigo pero, apenas descubrían su amor, lo mantenían a distancia y, más pronto o más tarde, lo largaban”.
Dos veces, sin embargo, pese a ese “juego de sombras” que que dominaba su vida amorosa, el escritor argentino llegó al altar. La última es, quizás, la más conocida: su casamiento con María Kodama en 1986, casi dos meses antes de morir. Pero su primera esposa, contra toda la lógica y lo que planteaba Vargas Llosa, no tenía nada que ver con él, nada que ver con esa lista de mujeres intelectuales, artísticas: Elsa Astete Millán fue uno de sus primeros amores, quizás el menos comentado.
Un deseo y una necesidadLa conoció en La Plata, en 1929, cuando él tenía 30 años y ella, 19. El intermediario fue Pedro Henríquez Ureña, el intelectual dominicano que vivía en la Argentina. Ureña invitó a Borges, a Elsa y a su hermana Alicia a escuchar una conferencia del escritor Néstor Ibarra. Después Borges la invitó a tomar el té al Jockey Club.
De esa etapa, el primer capítulo de una historia que tendría su secuela, se contó poco. Sí se sabe, o se dice, que apenas se conocieron se enamoraron. Algunos aseguran que llegaron a comprometerse, pero que un día, en una fiesta, ella conoció a Ricardo Albarracín, se enamoró y se casó con él. Borges había quedado en el pasado. O en el futuro.
No se volvieron a ver hasta que, varias décadas después, en 1964, ella enviudó. Entre ese año y 1967, él se enteró y decidió contactarla. Elsa seguía viviendo en La Plata y él, en Buenos Aires, pero lo fue a visitar. “Pasaron toda la tarde charlando, cenaron juntos y fueron al cine. A partir de ese día, comenzaron a frecuentarse. Borges estaba emocionado con el reencuentro. Tenía un deseo y una necesidad acuciante de casarse”, cuenta Lucas Adur, doctor en Letras y coordinador del comité académico de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, en la biografía Jorge Luis Borges, un destino literario.
La relación avanzó rápido, como si el tiempo apremiara.
“Come en casa Borges. Me anuncia que en septiembre se casa con Elsa Astete, la hermana de la mujer de Ibarra, y que se irá con ella a los Estados Unidos. Me pide que sea testigo. Sabe hasta la iglesia: Las Victorias”, escribió Adolfo Bioy Casares en el diario que se publicó con el simple título de Borges. Era la entrada correspondiente al 25 de abril de 1967.
“Creo que lo va a cuidar”Es cierto que Borges era enamoradizo, y el reencuentro con su exnovia tenía mucho de amor —al principio— o, por lo menos, del recuerdo de ese amor joven. Pero también, analiza Adur, un costado posiblemente práctico: “Su ceguera había avanzado notoriamente en los últimos años y ya no era solo un obstáculo para leer y escribir, sino que su autonomía estaba muy reducida. Necesitaba compañía y cuidados cotidianos, alguien que pudiera hacerse cargo de él. Su madre había asumido esa tarea hasta el momento, pero ya tenía más de noventa años. Seguía gozando de buena salud y una lucidez notable, pero tanto ella como su hijo sabían que eso no iba a durar para siempre”.
De hecho, Leonor Acevedo, su madre, le había dicho a Bioy en otra ocasión que “una mujer que se case con él tiene que ser muy abnegada. Ocuparse de todo: de vestirlo, de lavarlo. La gente no sabe hasta qué punto es ciego”.
Para el momento en que se anunció el casamiento, Borges tenía planeada una estadía Harvard durante un semestre para dar clases y conferencias desde septiembre de 1967. Al principio los planes incluían la compañía de Leonor, pero, como se dijo, era una mujer mayor, y el viaje iba a ser difícil para ella. “Era indispensable encontrar una compañera, pero no una compañera ocasional, sino una esposa, que resolviera la cuestión de una vez por todas y pudiera hacerse cargo de Georgie cuando su madre ya no estuviera”, agrega Adur.
Las opciones eran dos: Margarita Guerrero, escritora, traductora y colaboradora de Jorge Luis Borges (por ejemplo en el libro El Martín Fierro, de 1953), o Elsa. Se decantó por esta, una mujer que para entonces tenía 57 años y ningún tipo de vínculo con el mundo literario del escritor.
“No es intelectual… Bueno, eso tal vez resulte una ventaja. No se parece a las que él nos tiene acostumbrados. Yo me quedo tranquila: creo que lo va a cuidar. Ya no es joven. Fue linda: ahora, ya la verás. Pero él no ve. Para él sigue siendo la de antes”, le dijo Leonor a Bioy Casares, según se lee en la entrada del 26 de abril.
“Querendona, cariñosa y optimista”En junio de ese año, se publicó un anuncio en la revista Primera Plana, bajo la sección “Señoras y Señores”: un primer plano de Borges y un texto con tono peyorativo que desagradó a más de un lector: “Con el presumible beneplácito de su mamá, doña Leonor Acevedo, el sempiterno aspirante al Premio Nobel, Jorge Luis Borges (67), se casará dentro de un mes o dos con Elsa Astete Millán (57), viuda de Albarracín. La noticia dislocó de asombro, a mediados de la semana última, a los ambientes intelectuales, sociales y snobs de Buenos Aires, donde se daba por sentada la perpetua soltería del escritor".
Más tarde, el 21 de agosto de ese año, y en la sección “Transiciones” de la misma revista se publicó la concreción civil: “Es el primer matrimonio para él y el segundo para ella. Borges no quiso dar publicidad al hecho y el viernes 4 se deslizó tímidamente con su novia en el Registro Civil de Palermo. Después de la consagración religiosa –que será en septiembre– la pareja viajará por los Estados Unidos. El casamiento es un ‘final feliz’ para una amistad que se había prolongado durante casi 30 años. La noticia se difundió en Buenos Aires, el 10 de agosto”.
Lo cierto es que Elsa nunca cayó bien en el círculo íntimo del escritor. Bioy dijo, por ejemplo: “Me la presentan: vieja; de piel grisácea; en actitud de sierva enamorada, postrada de admiración ante el ídolo potencialmente díscolo; de la baja burguesía y del peldaño ínfimo de la clase media; ignorante, pero respetuosa del saber y dispuesta a instruirse; fortificada en la conciencia de su buen sentido; resuelta a rodear al hombre de cuidados domésticos y a persuadirlo de los encantos hogareños; proclive a tomar ofensa y a ofuscarse por celos; desconfiada; querendona, cariñosa y optimista; expresiva y dada al mohín”.
Estaban a poco más de un mes del viaje a Estados Unidos. Inauguraban un matrimonio con particularidades propias: vivían en un departamento de tres ambientes sobre la avenida Belgrano, en Monserrat, cerca de la Biblioteca Nacional (él era el director desde 1955). Dormían en cuartos separados, algo bastante raro en esa época.
“El escritor estaba muy acostumbrado a su rutina de soltero y a los 68 años era natural que le resultara difícil asimilar los cambios en la cotidianidad. Esto iba desde cuestiones prácticas —vestimenta, comida— hasta, por ejemplo, la costumbre que Borges tenía de frecuentar a distintas amigas, lo que Elsa no veía con buenos ojos —incluso tenía reparos con su grupo de estudio de anglosajón, compuesto mayoritariamente por chicas jóvenes—. Por otro lado, como notaron desde el principio Leonor, sus amigos y el propio Borges, Elsa estaba muy lejos del ambiente intelectual en el que se movía el escritor y que constituía, en buena medida, el centro de su vida”, detalla Adur.
“Vivir conmigo es intolerable”En septiembre viajaron a Harvard. Y, contrario a lo que creían, Elsa no fue de mucha ayuda para el Borges adulto y ciego: no hablaba inglés y no se sentía cómoda en Cambridge. “En general, no asistía a su esposo en sus tareas académicas ni participaba de las recepciones y reuniones sociales, limitada por su poco conocimiento de la lengua. La convivencia entre los esposos fue tensa y estuvo puntuada por frecuentes choques: más de una vez Borges abandonó el hogar conyugal y pasó la noche en algún hotel”, agrega.
Pero después venía la ternura, un ir y venir constante en los años que estuvieron juntos. Fue allá, durante esos meses viviendo en Estados Unidos, que escribió el poema “Elsa” (publicado en Elogio de la sombra (1969), pero eliminado de todas las ediciones posteriores a 1972):
Noches de largo insomnio y de castigo
que anhelaban el alba y la temían,
días de aquel ayer que repetían
otro inútil ayer. Hoy los bendigo.
¿Cómo iba a presentir que en esos años
de soledad de amor que las atroces
fábulas de la fiebre y las feroces
auroras no eran más que los peldaños
torpes y las errantes galerías
que me conducirían a la pura
cumbre de azul, que el azul perdura
de esta tarde de un día y de mis días?
Elsa, en mi mano está tu mano. Vemos
en el aire la nieve y la queremos.
Varias cosas empezaron a salir mal rápido. Sus amigos más cercanos podían notarlo. Bioy escribió el 12 de mayo de 1968: “Elsa asegura que sin que Borges lo sepa le está rompiendo recuerdos, cartas, fotografías”. La misma Elsa que, pensaban, suplantaría a Leonor Acevedo en la tarea del amor y del cuidado.
Además, siempre flotaba entre sus conocidos el desprecio hacia esa mujer: “Comen en casa Borges y Elsa. La señora demostró esta noche que es leída; dijo que al dedillo conocía las obras de Cu Chantepleure y de Cu de Maupassant . El marido y yo guardamos el más respetuoso silencio”, se burlaba también Bioy.
A todo esto se sumó su avidez monetaria. Cuando los Borges volvieron de Estados Unidos en 1968, él no paró de viajar dando conferencias por todo el país. Su madre se preocupaba, le adjudicaba el exceso a Elsa: “Lo solicitan de todos lados, antes yo lo defendía, ahora pasó mi reinado”, le decía a Bioy. Adur remarca que Elsa estaba “interesada en los beneficios económicos que implicaban las conferencias, aun cuando Borges se había planteado hablar menos y escribir un poco más”.
En la misma línea, era ella quien lo animaba a publicar textos de los que él no se sentía seguro, todo mientras ingresara un buen pago al hogar conyugal. Tan problemático fue este aspecto de la vida conjunta que en una ocasión, cuando él esperaba cobrar por las traducciones al italiano de las Crónicas de Bustos Domecq, pidió que mandaran la plata a la Biblioteca (su trabajo) para que no lo recibiera ella.
Pero ese mismo año de 1968, en la dedicatoria a la recién salida Nueva antología personal, escribió: “Solo podemos dar el amor, del cual todas las otras cosas son símbolos. Elsa, tuyo es el libro. ¿A qué agregar vanas y laboriosas palabras a lo que sentimos los dos?“. Una muestra impresa de ese ir y venir entre las peleas y la ternura de la reconciliación.
Él mismo le dijo a Bioy: “No sé qué puede hacerse con Elsa. Hay un recorrido que siempre es el mismo, en que yo digo que vivir conmigo es intolerable y que lo mejor para ella es la separación; después de eso viene la reconciliación, con los platos que me gustan: ñoquis a la romana o sardinas. Si no hay pelea, tampoco hay esos platos…”.
Todo en la vida del eterno candidato al Nobel se había truncado, todo estaba rodeado por el halo de las peleas y la incomodidad, una rutina íntima que se veía alterada con la llegada de un otro externo. No tardó mucho en pensar una salida: separarse. Además, para 1968 ya había conocido a María Kodama, entonces una joven escolar “de modos suaves y refinados” que participaba en sus cursos de anglosajón y con quien compartía intereses.
En un segundo viaje junto a Elsa a los Estados Unidos, en noviembre de 1969, se cruzó con ella en una fiesta que se celebraba en su honor. Aprovechó y le rogó que lo ayudara, que “se ocupara un poco de Elsa”. Adur cuenta: “María notó la angustia del escritor y se quedó muy preocupada. Ese encuentro fue para ella decisivo para descubrir los sentimientos amorosos que abrigaba hacia Borges. Desde luego, no le dijo nada en ese momento. Era un hombre mucho mayor y estaba casado, aunque no pudo evitar notar que esa relación lo hacía profundamente infeliz. El viaje fue un punto crítico de la relación entre la pareja, que meses después se separaría”.
“No fue capaz de soportar a su esposa”A principios de 1970 ya no podía esquivar lo evidente: la relación no daba para más. A las discusiones, a lo monetario, a la cultura, se sumaban los celos de Astete. Sus amigos lo empujaban a tomar la decisión que sabía era la correcta, pero que no se animaba.
Entre momentos de decisión e indecisión, consultaba con abogados. Habló con Carlos Fernández Ordóñez, con contactos de Bioy, con su traductor norteamericano Norman Thomas di Giovanni. Fue este el que tomó cartas en el asunto. Como los demás, él también notaba que Borges no aguantaba más la situación, lo veía angustiado, sin ganas de trabajar. Le insistió y lo acompañó en el “trabajo legal de la separación”. El problema era que, por ley, todavía no estaba reglamentado el divorcio. Pero lo arreglaron igual.
El 7 de julio de 1970, menos de tres años después de dar el sí, Borges abandonó el hogar: se fue de su casa, como siempre, al trabajo. Se despidió como si fuera a volver. En realidad, Di Giovanni lo llevó al aeropuerto y juntos tomaron un vuelo a Córdoba. Mientras tanto, en Buenos Aires, el abogado Ordóñez se acercaba a la casa del escritor y le decía a Elsa que su marido quería separarse. Había llevado con él personal de mudanza para recuperar algunas pertenencias, sobre todo documentos y libros. Ella no se opuso, y al final, la separación fue de mutuo acuerdo.
La revista sensacionalista Así publicó en la portada: “El divorcio de Borges. Candidato argentino al Premio Nobel no fue capaz de soportar a su esposa”. Pese a esto, en una entrevista con ese medio, dijo: “Después de tres años comprendimos con mi esposa que no nos entendíamos. Ahora todo está tramitándose en un juzgado. Creo que esto es muy normal Nos separamos como amigos. Entre mi esposa y yo no hay una situación hostil. Somos dos mundos distintos, que no tenemos punto de contacto”.
Borges volvió a vivir con su madre. Y no tardó mucho en dedicarle textos a Kodama, por ejemplo, el poema “La luna”, del libro La moneda de hierro, publicado en 1976:
Hay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humana la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.
