Comienza el Mundial, ¿sobrevivirá el fútbol?

Jeffrey Lee, hoy capellán, mediador de paz y barbero en el penal de Holman, será sometido a pena de muerte en Alabama, apenas horas después de la apertura del Mundial. Serán 16 ejecuciones en lo que va del año en Estados Unidos, escenario central de la Copa de la FIFA. En 2025 hubo 45, casi el doble que en 2024, la cifra más alta desde 2009. Lee, homicida en 1998, será ejecutado por asfixia. Le inyectarán nitrógeno.

Ante la dificultad para obtener los fármacos, el Departamento de Justicia sugirió en abril pasado la ejecución por fusilamiento. Tres vigilantes que disparan a 4,6 metros de distancia a la diana roja en el pecho del condenado, que lleva capucha y tiene sujetados tobillos, muñecas, regazo y cintura. La agonía puede durar unos tres minutos. El presidente estrella del Mundial, Donald Trump, no es un jeque de Medio Oriente, pero es firme partidario de la pena de muerte. Su amigo Gianni Infantino le entregó en enero pasado el Premio FIFA de la Paz.

¿Pedirá Infantino por Jeffrey Lee en la tradicional conferencia previa a la inauguración del Mundial que ofrecerá hoy en Ciudad de México? “Hoy me siento qatarí, árabe, africano, gay, trabajador inmigrante”, había dicho el presidente de la FIFA en su conferencia de Qatar, sede polémica que defendió en 2022. ¿Se sentirá ahora Infantino inmigrante humillado por la “milicia migratoria” de ICE? ¿Se sentirá palestino, iraní, venezolano o ciudadano de cualquiera de los otros países atacados por Estados Unidos solo en los últimos seis meses? ¿Se sentirá árbitro somalí, jugador iraquí, uzbeko o senegalés maltratado al venir al Mundial? ¿O al menos un hincha que no puede pagar mil dólares por un boleto de primera fase o diez mil por la final? ¿O maestro mexicano, agricultor o familiar de desaparecidos, cuyas protestas amenazan con paralizar la apertura de la Copa mañana en el Azteca?

México, que coronó a Pelé en 1970 y a Diego Maradona en 1986, y país además de rica tradición anfitriona, no es Estados Unidos, claro. Pero su tercer Mundial le resulta absolutamente incómodo. No solo porque, igual que Canadá, el otro anfitrión, albergará apenas a trece partidos de los 104 del Mundial. Sino también porque vive momentos de fuerte tensión social que, como sucede siempre, usan al Mundial como vidriera.

Los críticos de la presidenta Claudia Sheinbaum argumentan que el temor al abucheo de la multitud es la causa de su ausencia en la apertura de mañana, y no una toma de posición respecto de un Mundial dañado por el comercialismo voraz, que dejará a la FIFA más de diez mil millones de dólares.

El Azteca ya abucheó al entonces presidente Miguel de la Madrid en la Copa de 1986. Y también a Gustavo Díaz dos veces: en los Juegos Olímpicos de 1968 tras la Masacre de Tlatelolco y también en 1965 porque, temeroso del helicóptero, y retrasado por el eterno tráfico de Ciudad de México, el presidente llegó hora y media tarde al Azteca, bajo un calor agobiante y cerveza agotada. La rechifla fue notable.

El consejo a los periodistas, para llegar mañana a la ceremonia inaugural que comienza a las 11, es salir a las 6 de la mañana en el shuttle FIFA desde el hotel. Son apenas quince kilómetros, pero, más tarde, todo puede complicarse por las protestas y los bloqueos anunciados. A los trabajadores en crisis, y a los familiares de las víctimas de la violencia narco (la pancarta por los “133.000 desaparecidos” está colgada en el Angel de la Independencia), se suman también los ricachones dueños por 99 años de los palcos del Azteca, porque la FIFA los hizo propios. “El pueblo unido –ironizan algunos- que jamás será vencido”. “Conspiración de ultraderecha”, denunció Sheinbaum el martes.

“Pocos países”, escribió Sebastián Kohan Eskenazi en Gatopardo, “limitan al norte con el imperio del mundo y al sur con una región olvidada”. El México del blanco que elige hablar inglés y el del indígena que habla el náhuatl. El restaurante gringo con sus spicy y flavored wing y el puesto callejero de garnacha, huitlacoche y tortillas de maíz azul. Camisetas de los New England Patriots de fútbol americano y el vestido oaxaqueño bordado de motivos indígenas y colores infinitos.

“Plástico y tierra”. Todo junto. Lindo y llamativo de lejos, “desigualdad insoportable” de cerca, dice Kohan. Y, en el medio, una selección que seduce poco, que ya ni siquiera le gana a Estados Unidos (“que era como reconquistar Texas”, ironiza el escritor Juan Villoro). Con hinchas que gritan “puuuuuto” al arquero rival ya no para ofenderlo, sino como protesta si México juega mal. Y este Mundial. Que no es propio. Porque Infantino se lo regaló a Trump.

La última vez que fue sede, en 1994, Estados Unidos, un espectáculo en continuado, inició el Mundial atrapado por el drama televisado de O.J. Simpson escapando por una carretera. El de ahora, Nueva York (en cuya Torre Trump, piso 17, Infantino alquila un piso para la FIFA que está casi vacío), lo comienza absorbido porque los New York Knicks podrán ganar la NBA luego de más de medio siglo. La multitud abucheó a Trump en el partido del lunes por la noche en el Madison Square Garden.

Cuenta Zoe Williams en el diario The Guardian que sus hijos le preguntaron qué sabía ella de fútbol cuando arribó a casa con posavasos que decían “Fútbol contra el fascismo”, parte de una campaña de boicot al Mundial. Zoe respondió a sus hijos que, efectivamente, no sabía nada de fútbol. “Pero sí sé un par de cosas sobre fascismo”.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/comienza-el-mundial-sobrevivira-el-futbol-nid10062026/

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