Todo comenzó los días previos a la Navidad pasada con una tragedia en la ruta, una escena que -tristemente- es moneda corriente en la región. Sobre una banquina, en la costa sur de Nueva Gales del Sur, de Australia, yacía el cuerpo de una hembra de canguro que había sido atropellada.
“La persona que encontró al animal detuvo la marcha del vehículo que conducía y revisó el marsupio. Allí, resguardada de la muerte por el cuerpo todavía caliente de su madre, encontró a una cría todavía muy pequeña, asustada y con algunas heridas”, relata el médico veterinario Federico Negro.
La cría fue rápidamente envuelta en mantas y trasladada contrarreloj hasta la veterinaria. Al ingresar, el equipo activó el protocolo de emergencia. “Realizamos el triage inicial para controlar su temperatura y determinar la gravedad de las lesiones”, detalla el veterinario argentino.
“Tratamos sus heridas, cerramos una de ellas con grapas quirúrgicas, administramos fluidoterapia y le dimos los cuidados necesarios para estabilizarlo”. El primer milagro estaba cumplido: la cría seguía respirando.
En Australia existe un hábito profundamente arraigado, un reflejo cívico que Federico admira desde el primer día: ante un marsupial tendido en el asfalto, los conductores detienen su marcha —siempre que sea seguro— para realizar el pouch check o la revisión de la bolsa.
“Por eso, cuando se ve una cruz pintada sobre un canguro atropellado al costado de la ruta, muchas veces no significa simplemente que alguien marcó un animal muerto. Significa que alguien se detuvo, revisó el pouch y se aseguró de que no hubiera una vida que todavía pudiera salvarse”, explica Negro, que se recibió de médico veterinario en la Universidad Nacional de Rosario y, tras formarse en urgencias y la docencia ad honorem, decidió a los 27 armar las valijas. Quería vivir la experiencia de emigrar, aprender inglés y sumergirse en esa geografía que de chico lo imantaba a través de los documentales de la televisión.
A diferencia de la mayoría de los mamíferos, los canguros recién nacidos están subdesarrollados y parecen un embrión al nacer. El tiempo de gestación dentro del útero materno de tan solo 36 días, los sitúa en uno de los más cortos del reino animal. Cuando nace un canguro puede ser tan pequeño como un grano de arroz o tan grande como una abeja (de 5 a 25 milímetros).
Cuando nace, la madre lleva a su cría al marsupio, la famosa bolsa ventral. En ese saco será gestado durante 5 a 8 meses, dependiendo de la especie, que funciona como una cámara incubadora post-nacimiento para seguir gestando a las crías. Dentro de la bolsa, la cría de canguro está protegida y puede alimentarse amamantando de los pezones de su madre.
Cría de canguroUna vez que la cría estuvo fuera de peligro, comenzó la etapa más compleja y silenciosa: la rehabilitación. En este punto de la historia, la medicina cedió su lugar a una enorme red de voluntarios, como la organización WIRES, que se encarga de simular la protección, la temperatura y la alimentación que el pequeño habría recibido dentro de su madre.
En la clínica donde trabaja Federico Negro (@veteviajero) rige una regla: los animales silvestres no reciben nombres. “Puede parecer un detalle menor, pero responde a una idea muy importante: nuestro objetivo no es convertirlos en mascotas”, explica. “Desde el primer momento intentamos minimizar el contacto innecesario del animal en cuestión y los humanos para evitar que se habitúen a nuestra presencia. Esto aumenta sus posibilidades de volver a vivir de manera independiente en la naturaleza”.
Durante dos meses y medio, el canguro creció bajo el cuidado de sus rehabilitadores. Regresaba periódicamente al hospital para que Federico y su equipo controlaran su peso y desarrollo. Criar un marsupial huérfano es un trabajo que exige, entre otras habilidades, conocer fórmulas de leche específicas, realizar monitoreo térmico y, fundamentalmente, ejercitar y poner en práctica el desapego humano para garantizar su libertad futura.
El proceso, largo y minucioso, tuvo su recompensa hace poco. Tras completar su desarrollo, el canguro fue liberado junto a otros individuos de su especie. “Verlo perderse en el horizonte, saltando en libertad con su manada, representó para mí el verdadero éxito de mi profesión”, confiesa con orgullo.
Pero más allá de la satisfacción personal, esta historia dejó en el veterinario rosarino una profunda reflexión sobre la convivencia con la fauna, especialmente tras los devastadores incendios forestales que azotaron la costa australiana en 2019 y 2020, cuando la comunidad entera se volcó a alimentar y curar a los animales que huían del fuego.
“Algo que me llamó muchísimo la atención desde que llegué es que el cuidado de la fauna silvestre no queda solamente en manos de los veterinarios, las organizaciones o el Estado. Acá existe una responsabilidad colectiva”, reflexiona Federico.
Para él, esta experiencia encierra un valioso aprendizaje que bien podría aplicarse en nuestro país: “En Argentina tenemos una biodiversidad enorme y una fauna silvestre extraordinaria, pero muchas veces sentimos que su conservación es responsabilidad exclusiva de los guardaparques o del Estado. Vivir acá me enseñó que las acciones individuales importan. Frenar ante un animal herido, saber a quién llamar, respetar a las especies sin intentar domesticarlas y entender que nuestras rutas atraviesan sus hogares es una tarea colectiva de la que todos podemos —y debemos— formar parte”.
El viaje de aquel canguro huérfano comenzó con un conductor que decidió detenerse unos minutos al costado de la ruta. Un pequeño gesto que, multiplicado por una comunidad comprometida y la mano de un veterinario argentino, devolvió un latido salvaje a la inmensidad del paisaje australiano.
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