GINEBRA.- Es la tumba más visitada del cementerio Plainpalais o de los Reyes, como también se lo conoce aquí. Tiene una lápida con frases y figuras en ambas caras. Gente de todo el mundo se acerca de manera permanente, casi en peregrinación, para dejarle ofrendas: cartas, libros, dibujos, flores. Allí no está enterrado una estrella de rock, aunque lo parezca. Es la tumba de Jorge Luis Borges, que murió hace cuarenta años en esta ciudad suiza donde vivió con sus padres y su hermana Norah entre 1914 y 1918, estudió en el histórico Collège Calvin y aprendió francés, a pesar de que le costaba el sonido nasal.
En este sitio emblemático será homenajeado mañana, día exacto de su fallecimiento; se oirán poemas de Borges en español y en francés. Entre los lectores especiales estarán Alberto Manguel y Annick Louis, que brindarán más tarde dos conferencias. Y se ofrendarán cuarenta rosas amarillas, “una por cada año de eternidad”.
El cementerio, que abre todos los días del año sin excepciones, hoy estuvo cerrado. Y, según un cartel colocado en la puerta, también lo estará mañana. Pero los organizadores del acto (la asociación Los Conjurados y la Cátedra Vargas Llosa, con la colaboración de Alejandro Roemmers y Alejandro Vaccaro) consiguieron un permiso especial de las autoridades de la ciudad, donde quiso el destino que confluyeran en un mismo día las jornadas de tributo a Borges con la manifestación contra la cumbre del G7, que suponen masiva y fervorosa, tal como sucedió en la anterior, en 2003, cuando hubo disturbios y destrozos. Es por eso que este domingo 14 de junio un selecto grupo de “privilegiados” rendirán tributo a Georgie al lado de su tumba plagada de símbolos.
Una postal ginebrina inéditaEste sábado fue un día complemente inusual en Ginebra por la alta temperatura para esta época todavía primaveral. También, por el fuerte operativo de seguridad en vísperas de la marcha de protesta de organizaciones sociales contra la cumbre del G7 (que tendrá lugar entre el lunes 15 y el miércoles 17 en Évian, ciudad vecina de Francia, donde la masiva concentración no fue autorizada) que obligó a instituciones, comercios, edificios públicos y locales de grandes marcas (de Mont Blanc a Rolex) a cubrir sus puertas y vidrieras. Los más coquetos (esta es una ciudad refinada) lo hicieron con maderas pintadas de amarillo, que generan sensación de orden y uniformidad; los más pequeños, con aglomerado. Enseguida aparecieron grafitis contra el G7 y los grandes líderes mundiales, en especial, Donald Trump.
La zona antigua de la ciudad, con construcciones medievales, estuvo casi vacía: apenas algunos grupos de turistas recorrieron las calles. La mayoría de los negocios tenían sus persianas bajas o tapiadas y, a medida que bajó el sol, quedaron pocos restaurantes y locales abiertos. Uno de ellos fue la maison Rousseau, la casa natal del filósofo ginebrino, donde funciona un centro dedicado a la literatura. Allí, a pocos metros de donde se encuentra la placa que recuerda el sitio donde Borges vivió sus últimos días (el número 28 de la Grand Rue, aunque la placa está en el 26, a pocos metros, cruzando un callejón), tuvo lugar uno de los homenajes organizados en esta ciudad.
Roberto Alifano, que trabajó con el escritor durante décadas, conversó con Alejandro Vaccaro y Alejandro Roemmers sobre los años en los que, entre otras tareas, transcribió los relatos y poemas del autor. Afuera de la sala, donde Borges sorprendió a los presentes (entre ellos, Raúl Tola, director de la Cátedra Vargas Llosa) al interactuar con los disertantes desde una pantalla con su propia voz recreada con inteligencia artificial, se exhibió una pequeña selección de réplicas de los manuscritos que integran la colección Roemmers. Entre ellas, el epistolario más antiguo que se conoce de Borges, como explicó Vaccaro, autor junto con Marisa Galvagni de los textos del libro Borges, la colección, que se presentó recientemente en la Feria del Libro de Madrid en la apertura de la muestra Borges. Años de esplendor literario, curada por Evangelina Nuño.
Ante una pregunta del público, luego de la charla, Vaccaro aseguró que la idea de la repatriación de los restos de Borges no solo no está descartada, sino que recuperó ímpetu. “Vamos a avanzar con este tema”, dijo a la audiencia. “Yo lo acompañaba a la Recoleta con frecuencia y él me decía que quería descansar en ese cementerio”, aseguró Alifano. Luego contaron que la medida podría avanzar si hay un pedido explícito a Suiza del estado argentino y de los familiares de “carne”. Se abre un nuevo capítulo en esta controversia.
Una caminata borgeanaLa jornada de homenajes había comenzado con una caminata por las calles ginebrinas relacionadas con la vida y la obra de Borges: del edificio de la calle Malagnou 17 (llamada Ferdinand Hodler desde 1964), donde vivió durante su adolescencia cuando su familia se instaló en Ginebra en busca de un tratamiento para la vista de su padre (del que Georgie heredó los problemas de visión) hasta el piso sobre la Grand Rue donde murió el 14 de junio de 1986. La visita borgeana, organizada por Los Conjurados (una vez por mes, a 25 francos suizos por persona), fue guiada por el argentino Marcos Liyo, fundador de la asociación y residente de Ginebra. “El departamento de Malagnou 17 es el único de Ginebra donde vivió realmente”, dijo Liyo, que durante la caminata compartió fotos e imágenes y leyó textos y poemas de Borges relacionados con cada sitio.
Durante dos horas, los participantes recorrieron la cartografía ginebrina marcada por los pasos de Borges: del liceo Jean Calvin (importante colegio por entonces solo de varones donde cursó el bachillerato) a la plaza de Bourg-de-Four, que aparece en un diálogo del cuento “El otro” en un juego de palabras con el nombre. “En alguna ventana que da a esta plaza Borges sufrió una frustración”, contó Liyo.
El recorrido hilvana cronológicamente la adolescencia y la muerte del poeta, cruza las murallas del casco antiguo y culmina en el cementerio Plainpalais. En la ciudad vieja, desde la catedral de San Pedro donde Calvino impulsó la Reforma protestante, que está construida sobre tres templos antiguos, sitio arqueológico destacado de la ciudad, partió el cortejo fúnebre el 18 de junio de 1986, cuatro días después de la muerte. “El cementerio de los Reyes requiere un permiso especial; no recibe a todo el mundo. De hecho, hay solo cuatro argentinos enterrados: además de Borges, el compositor Alberto Ginastera y su esposa y la bailarina y coreógrafa Noemí Lapzeson –explicó Liyo-. La autorización para el entierro demoró ese lapso y es por esa razón que el entierro de Borges fue el miércoles 18 de junio”.
La duda sobre el último lugar donde murió Borges y el sitio donde está enterrado surgió allí mismo, en la puerta del cementerio. Cerrado excepcionalmente por el operativo de seguridad ya mencionado, la charla borgeana continuó puertas afueras. Se recordó una versión sobre las razones de Ginebra: “Cuando murió Balbín se había generado un gran circo mediático y Borges no quería que sucediera algo similar con su muerte. De viaje por Europa, en diciembre de 1985 llegó a Ginebra con María Kodama para pasar las fiestas, como le gustaba. En enero tuvo que ser internado y lo mismo sucedió en marzo. Los abuelos y los padres de Borges habían muerto en sus domicilios y él no quería morir en un hospital ni en un hotel. Es por eso que le pidió a Kodama que alquilara un departamento. Las editoriales Gallimard y Alianza lograron alquilar el piso de la Grand Rue porque, al no tener residencia, no podían alquilarlo ellos. Allí vivió sus últimos dos o tres días. Propiedad de un galerista malhumorado, cuando se hizo el acto de homenaje con la instalación de la placa conmemorativa, el dueño del inmueble se negó a que la colocaran en el frente. Argumentó que Borges solo había vivido allí un día. Es por eso que se colocó a pocos metros. Parece un cuento borgeano”, concluyó Liyo.
Otro cuento borgeano resultó llegar al cementerio y ver las puertas cerradas. También, la duda que sobrevoló durante la jornada sobre si se podría realizar el homenaje este domingo (o no). La tensión entre el determinismo y el libre albedrío, clave en su obra, le dieron una vuelta más al laberinto borgeano: la visita a la tumba quedó en suspenso hasta el día en que se cumplen cuarenta años de su muerte. A diez minutos de caminata de ahí, hay una calle que lleva su nombre.
