En el número 8 de la calle Karl Marx

Cuando lo dieron por muerto, el mundo supo de él. De Pavel Kushnir y su amargo final en los confines de la tierra siberiana, la prisión de Birobiyán. Era pianista. Un hombre solitario que en sus ratos libres era también escritor, poeta, novelista, cinéfilo, amante del arte, las vanguardias y el activismo por la paz. Donde podía, protestaba. Un panfleto, una consigna, una palabra a favor de la amistad. Se destacaba en la música de sus compatriotas. Con especial talento en los preludios de Shostakóvich y Rachmaninoff, estandartes de la resistencia, el uno perseguido, el otro exiliado.

A los 17, después de una infancia de prodigio en el seno de una familia musical, había ingresado al riguroso Conservatorio Tchaikovsky de Moscú, al selecto grupo de estudiantes admitidos en las cátedras de piano. Desde aquellos tiempos, en los inicios del milenio, según se puede inferir por las descripciones de sus compañeros (un muchacho culto, ensimismado, absorto e inteligente, preocupado por los conflictos y los abusos contra los indefensos), sentía una inclinación por las causas justas. ¿Qué son las causas justas?, se preguntaba con la obstinación de la juventud y el carácter. ¿Quién nos dijo que la guerra es nuestra vuelta a casa?

Y así como una vez hubo de dejar atrás su natal Tambóv, la ciudad del sur donde un día del 84 vio la luz, un lugar profundo de la Unión Soviética que, por su solo nombre –“abismo”– hizo bien en abandonar, decidió lo propio con Moscú en pos de la tranquilidad imaginada en el Lejano Oriente. En ese borde gris y desolado, donde la Rusia extrema se toca con la China, a dos estaciones de la última parada del Transiberiano, se convirtió en el solista de una filarmónica. La de Birobiyán. Capital del Óblast Autónomo Hebreo, región remota fundada por Stalin en 1934 para una comunidad judía sin judíos, para un monumento a la ideología, devenido en la represión soviética.

Donde podía, protestaba. Contra el gobierno de Putin, la invasión a Ucrania y antes la anexión de Crimea, las condenas del Kremlin a las minorías religiosas y étnicas, la diversidad y la disidencia, las campañas de reclutamiento forzado, el envío de soldados al frente. A favor del retiro de las tropas, el respeto a la soberanía vecina, la libertad de los presos políticos, los opositores, los que alzaron su voz contra la guerra.

No era mucho –o sí– lo que el músico podía alborotar su entorno y despertar conciencias con un cartel en el ensayo de una orquesta perdida en la inmensidad de la estepa, con un volante sobre el atril, con un papel entre las partituras de sus camaradas, pidiendo que sumen una voz, una voluntad al clamor de su llamado. Pensó Pavel que el mensaje pacifista podría amplificarse en la red social de los videos. Entonces abrió un canal de YouTube. Publicó cuatro posts y consiguió cinco suscriptores. Cinco. Más una denuncia por “incitación al terrorismo” que le valió el arresto inmediato en la cárcel de Birobiyán, en el número 8 de la calle Karl Marx, donde hace dos años, a la edad de 39, Pavel Kushnir murió de inanición.

El 27 de julio de 2024, devorado por sus propias fuerzas, falleció tras las rejas. Tras una huelga de hambre que duró varios días, al final de ese proceso lento y penoso que el cuerpo emprende contra sí mismo en busca de la supervivencia (¡qué ironía agotadora!) se convirtió en un símbolo entre los miles de presos defensores de los derechos humanos en la Rusia de hoy. Como la ignorada novela que a modo de manifiesto publicó en 2014 en Alemania –Russian Cut– con la imagen de un monstruo, un cerdo gigante, un depredador sin ojos, sin juicio ni moral, como metáfora del poder ciego.

Desconozco si hay reseñas de sus conciertos. De lo que estoy al tanto es de que, tras su deceso, varios músicos de gran valía, entre ellos Daniel Barenboim, le rindieron homenaje en una carta pública “dedicada a Pavel Kushnir”, cuando lo dieron por muerto y el mundo supo de él.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/en-el-numero-8-de-la-calle-karl-marx-nid10072026/

Comentarios

Comentar artículo