La primera vez que participó de la Semana del Diseño de Milán, Guillermo Tragant, diseñador argentino, decidió instalarse en una barbería. En el contexto de galerías y showrooms, su proyecto ocupó un local de Cinque Vie, uno de los circuitos del Fuorisalone donde conviven estudios de arquitectura, editoriales y edificios históricos.
La instalación partía de una idea: recuperar el “tercer espacio”, el concepto desarrollado por el sociólogo norteamericano Ray Oldenburg para describir esos ámbitos cotidianos que no son ni la casa ni el trabajo, sino lugares de encuentro e intercambio.
La elección también respondía al perfil del público. “Durante la Fashion Week de Milán circula un mundo más acotado. En ese contexto encontrás arquitectos, diseñadores, artistas, estudiantes y gente de todas partes. Esa mezcla me interesa mucho más”, dice, ya de regreso en Buenos Aires.
Su relación con Milán comenzó hace tres años, cuando viajó para acompañar a sus hijas mellizas, Rafaela y Amalia, que fueron a estudiar a la ciudad italiana. Rafaela cursa Bellas Artes en NABA (Academia de Arte, Moda y Diseño), y Amalia, Negocios de la Moda en el reconocido Instituto Marangoni. En ese viaje conoció a los responsables de Destin, la marca italiana con la que comenzó una colaboración de pañuelos, que hoy se extendió a camisas y prendas de lana y cashmere.
“La barbería es un lugar que suelo frecuentar. Además, esta en particular tenía un detalle que me divertía: mis pañuelos miden 1,40 por 1,40 metros, prácticamente el tamaño de un delantal de peluquería”, cuenta. El espacio terminó funcionando como punto de encuentro durante los eventos convocados por el Fuorisalone, con visitantes que entraban a cortarse el pelo o simplemente a conversar.
Los pañuelos fueron el punto de partida de una marca que Tragant desarrolla desde hace siete temporadas y que combina diseño textil, ilustración y objetos. También realiza colaboraciones con la firma japonesa Yacal para producir cuadernos, almanaques y papelería destinada a tiendas de museos.
Su universo visual está atravesado por los animales. Todo empezó con Lola, la perra que recibió como regalo de casamiento hace 25 años. Un dibujo suyo terminó convirtiéndose en estampado de remeras, tazas y pañuelos. Después aparecieron un chihuahua, una jirafa, una ballena y otros personajes que fueron sumándose a distintos proyectos, incluido un mural realizado para la feria de arte porteña arteBA.
En las campañas de la marca suele trabajar con artistas y modelos jóvenes. La última, por ejemplo, fue protagonizada por Angelo Mutti, a quien eligió sin saber que era nieto de Luis Alberto Spinetta. “Después, cuando lo descubrí, la historia cerró todavía más”, recuerda. Su hija Amalia también participa de las producciones.
“Me interesa trabajar con chicos de 18 o 20 años porque veo una búsqueda distinta. Vuelven a lo analógico, escuchan bandas de garage, usan casetes. En cambio, ahora veo una generación muy atravesada por el algoritmo donde todo termina pareciéndose a todo”.
Desde hace dos décadas también da clases de dirección de arte e innovación en escuelas de Miami, Atlanta y México. “Siempre aprendí caminando, entrando a lugares que no conozco y hablando con personas de ámbitos distintos. Eso sigue siendo parte de mi trabajo”, destaca.
Su recorrido profesional comenzó lejos del diseño de producto. Estudió Comunicación Social en la Universidad del Salvador, realizó un intercambio en los Estados Unidos y completó estudios de diseño y color en Louisiana. Después trabajó en la emblemática agencia de publicidad Agulla & Baccetti hasta ingresar en Fábrica, el centro de investigación de Benetton creado por Oliviero Toscani.
“Yo siempre fui fanático de la revista Colors, que editaba Benetton. Mandé mi portfolio y terminé trabajando ahí durante dos años. A los 26 ya editaba la revista. Fue una experiencia decisiva porque convivíamos creativos de todo el mundo, en un intercambio explosivo”, apunta.
Más tarde, Tragant fundó la agencia Furia, que abrió oficinas en Dallas y México, y entre 2022 y 2024 lideró Creative Works para Google Latinoamérica desde Miami, acompañando a agencias y marcas en el desarrollo de campañas con nuevas tecnologías.
Hace cuatro meses volvió a instalarse en Buenos Aires después de vivir en Chicago, Dallas y Ciudad de México. Desde su estudio, ahora combina proyectos comerciales con el desarrollo de su marca, colaboraciones, instalaciones e interiorismo. Entre los trabajos recientes figuran una colección para la tienda del Malba y una participación en Casa FOA.
Antes de dedicarse al diseño, había otro interés que ocupaba su mente. De chico iba a clases de tenis en Adrogué, pero mientras el resto practicaba, él dibujaba sobre el polvo de ladrillo con la raqueta. A veces se escapaba del club para recorrer las vidrieras del centro porteño. Caminar, mirar y mezclarse con personas de distintos mundos sigue siendo, dice, la manera en que aparecen las ideas.
