“La adversidad no es fracaso”: por qué la derrota en la final del Mundial dejó más orgullo que frustración

La imagen se repitió en plazas, bares, casas y redes sociales. Hubo tristeza por la derrota en la final del Mundial contra España, pero sin enojo ni desconsuelo generalizado. En cambio, predominó un sentimiento compartido: la sensación de haber estado cerca y, al mismo tiempo, el orgullo por el camino recorrido. Para los especialistas consultados por LA NACION, esa reacción colectiva ayuda a explicar por qué una frustración deportiva masiva puede doler, pero también convertirse en una experiencia de aprendizaje.

El médico psiquiatra y psicoanalista José Abadi considera que el primer paso es modificar la mirada sobre lo ocurrido. “Estamos viviendo un sentimiento de lógica tristeza, de pena por haber perdido la final del campeonato. Pero también tendríamos que empezar por decir que ganamos el subcampeonato”, sostuvo.

Según explicó, una de las características distintivas de esta selección fue la forma en que logró construir un vínculo con la sociedad que trascendió lo estrictamente deportivo.

“La gente estaba nostálgica, con esa sensación de que hubiera querido ganar. Pero también estaba muy contenta de haber conquistado el subcampeonato y de haber logrado una empatía que hacía de la relación con el equipo algo nuevo, vivificante y nutritivo”, señaló.

Para Abadi, hubo un elemento central que ayudó a procesar la derrota: entender que se trataba de una competencia y no de una batalla. Sensación muy diferente a la vivida en la semifinal en la que la Scaloneta se impuso a Inglaterra por 2 a 1.

“En la final hubo conciencia de algo clave: se trataba de una competencia. Diferenciar competitividad y hostilidad es esencial para que el aspecto lúdico del deporte tenga presencia. Si no, estamos en una guerra”, afirmó.

En esa construcción colectiva, el especialista destacó el liderazgo de Lionel Scaloni. “Acepta escuchar al jugador, persuade, acepta ser refutado y elabora. Eso le confiere una solidez muy grande al conjunto. Así se crea un equipo”, explicó.

Y agregó: “No hay idolatrías. Hay gente que admiramos, reconocemos y agradecemos. Es un vínculo basado en admiraciones y agradecimientos, no en falsos dioses”.

La psicóloga y decana de la Facultad de Psicología y Psicopedagogía de la Universidad del Salvador, Gabriela Renault, coincide en que el Mundial generó un fenómeno emocional poco frecuente.

“Un Mundial implica un mundo de emociones de millones de personas que siguen el mismo evento. Hay una identidad vinculada con una bandera, con un pedacito de país, de historia y de esperanza. Pero además estoy con otros, y entonces aparece el efecto contagio”, señaló.

Para Renault, una de las claves fue la vivencia simultánea de emociones compartidas. “Voy por la calle y aunque no conozca al otro, espero el gol junto a él. Exploto ante una situación de alegría o vivo una tensión compartida. Lo movilizador es que millones de personas compartimos lo mismo”, dijo.

Esa experiencia colectiva también modifica la manera en que se atraviesa la tristeza. “Cuando yo estoy triste por algo personal, el otro puede no entenderme. En cambio, cuando tengo una tristeza compartida, es diferente. Era mirarnos a los ojos y decir: ‘Qué pena’. Era saber que al otro le pasó exactamente lo mismo”, explicó.

Abadi considera que el acompañamiento social cumple un papel fundamental en estos procesos. “El estar acompañado es una de las claves de la elaboración. Implica afecto, presencia e interlocución. Hay posibilidad de hablar y, por lo tanto, de elaborar”, sostuvo.

Por eso entiende que una derrota colectiva suele resultar más llevadera que una experiencia individual dolorosa.

“Si es comunitario, te sentís fuerte. Sentís que fue una de las cosas que pasan en la vida: se gana y se pierde. Tal vez perdí un partido de fútbol, no la totalidad de mi ser. Habrá segundas oportunidades”, afirmó.

Para Abadi, uno de los mensajes más valiosos que transmitió este equipo fue la forma de vincularse con la derrota. “La adversidad no es fracaso. Acá hicimos lo mejor que pudimos, dimos hasta donde dimos y perdimos. Una de las razones por las que perdimos es que el otro equipo jugó mejor. No es una vergüenza perder con alguien que es mejor”, sostuvo.

La idea de comunidad aparece una y otra vez en ambos análisis. Abadi cree que durante las semanas que duró el torneo se produjo un fenómeno excepcional. “Pasamos días donde dejamos de lado todas las diferencias. No hubo derecha, no hubo izquierda. Hubo comunidad. Eso es comunidad”, dijo.

Y agregó una definición que considera central: “Integrar no significa pensar lo mismo. Significa estar juntos en una meta común, pero respetando las diferencias”.

Sin embargo, una vez terminado el torneo aparece otra sensación: el vacío. La palabra fue utilizada incluso por integrantes del cuerpo técnico y por los propios futbolistas en las horas posteriores a la final. Para Abadi, se trata de una reacción emocional normal y transitoria.

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“El vacío es la respuesta inmediata al acontecimiento. Cuando tomamos una mínima distancia empieza un trabajo elaborativo. Ese vacío desaparece y empieza a ser poblado por el anecdotario y la experiencia de lo ocurrido”, explicó.

Y aclaró: “No es que entramos en una melancolía. Es una etapa elaborativa de un microduelo porque perdimos un partido de fútbol en una competencia. No perdimos la vida en una guerra”.

Renault observa el fenómeno desde otro ángulo. A su juicio, el vacío aparece cuando la vida cotidiana vuelve a ocupar el centro de la escena. “Durante 38 días la gente vivió para hablar de esto. Todos teníamos algo para decir. Todos éramos directores técnicos. Todos estábamos pendientes de lo mismo”, afirmó.

“Ahora vuelven los problemas que dejamos congelados por un momento: los económicos, familiares, personales o laborales. Y por eso aparece una sensación de vacío”, agregó.

Para la especialista, la frustración deportiva también deja una enseñanza que excede al fútbol: aprender a convivir con los resultados que no son perfectos.

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“Tenemos que aprender a ser segundos. Aprender a perder y aprender a aceptar que llegamos a la final. Estamos entre los dos mejores equipos del mundo”, sostuvo.

Sobre esto, Abadi consideró que la experiencia también deja una enseñanza para los más chicos.

“Hiciste todo lo que podías hacer y eso te deja tranquilo con tu conciencia y con tu esfuerzo. Evita el autorreproche, que es tan nocivo para enfrentar la adversidad. Acá no hay lugar para el autorreproche: se hizo lo mejor posible”, afirmó.

“Lo importante es que esto se convierta en un aprendizaje y no en un acontecimiento que se borra con los días. Si logramos eso, puede servirnos para empezar a construir algo que nuestra sociedad carece muchas veces: comunidad, proyecto y futuro”, dijo.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/la-adversidad-no-es-fracaso-por-que-la-derrota-en-la-final-del-mundial-dejo-mas-orgullo-que-nid20072026/

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