Estás igual

¿Cuándo se cruza uno con un conocido? Cuando está mal vestido. Uno puede ser Iván de Pineda y lavar el auto en traje y corbata pero solo hace falta un mínimo descuido, un asomo hacia ese abismo que es una escapada a la verdulería, para que en esa media cuadra se encuentre con esa persona que uno no veía desde hacía veinte años. ¿Quién puede ser? Un excompañero de colegio, de trabajo, una exnovia, una excuñada… La escala funciona así: a mayor importancia de la persona, más obsceno es su look.

Esas pantuflas despedazadas o, en su defecto, esas ojotas compradas en Río de Janeiro en 1995, serán la base que sostiene un outfit imperdonable. Jogging gris con el elástico saltado, camiseta suplente alternativa de Estudiantes de La Plata y un rompevientos que en la espalda dice: “Egresados 1998”. O sea, un atuendo para que el que lo vea piense que no se vistió, sino que se cayó en el canasto de ropa para regalar de la iglesia. Es lo que se suele entender como “grito de la moda” porque genera alaridos y llantos. A ver, más sencillo: si alguna vez el Bambino Veira acuñó la frase “tormenta de facha” es, en este caso, una ciclogénesis destructiva al buen gusto.

Pero ojo, a no sentirse mal, porque todavía se puede sentir peor cuando vea que por la misma vereda viene caminando esa persona que hace años no está en su vida, pero que estuvo y con mucha fuerza. Es esa exsuegra que no perderá la posibilidad de saludarlo y escanearlo con la mirada para intentar comprender si: A) usted enloqueció B) usted está lamentablemente en situación de calle C) otra vez se vistió en la oscuridad. Como todas las opciones pueden ser correctas, es mejor saludar con la mayor soltura posible y apoderarse de la situación y hablar todo el tiempo del otro: “Ay, ¿te cortaste el pelo?”; “¡Hace cuánto que no te veo!”; “¿Pagaste lo que debías de tarjeta? Me acuerdo que ya estabas como incobrable en el Banco Central”. La clave no solo es tener el monopolio de la charla sino evitar que el otro pueda hacerle una pantallazo total y así preguntar: “¿Por qué estás vestido así?”. Esa cuestión sería el final no solo de la charla -sería imposible remar la conversación-, sino el último destello de su dignidad. ¿Qué argumentos esgrimir para defender su look de Diógenes y el Linyera?

Sin embargo, hay una escapatoria. Quizás la única cuando se viene la pregunta incómoda. Rápidamente hay que decir: “Estás igual”. Así, cortito y al pie, eso saca al otro completamente del eje, porque no entiende si es un piropo o una crítica, si uno lo está ensalzando o tirando abajo del camión. Estás igual pero, ¿a quién? Estás igual pero, ¿eso es bueno? Después de tantos años se puede entender que uno se mantiene igual de joven o, a oídos de buen entendedor, uno está igual de hecho bolsa que en otros tiempos. Estás igual pero, ¿eso significa que el nuevo corte de pelo, la tintura, el ácido hialurónico o la inyección de botox en la frente no se nota?

La confusión ya está instalada. De hecho, las palabras que sobrevuelan en el aire tienen que ver con la apariencia del otro. Por lo tanto, es el momento ideal para escapar: sin dejar de caminar, con el envión con el que se venía, hay que ir moviendo los pies en diagonal y en sentido contrario a la persona encontrada. Y empezar a decir la frase: “Bueno, qué bien, nos vemos”. Todo mentira, claramente. No está ni bueno lo que sucede, ni hay alegría ni nadie volverá a verse. Y ahí sí, a girar la cabeza y apurar el paso. Hay que salir lo antes posible del campo visual: cruzar la calle, escudarse en un árbol, saltar atrás de un auto que pasa, meterse en un negocio cualquiera. No sea cosa que se le ocurra girar la cabeza, afine la vista y descubra que usted también tiene el pantalón agujereado por atrás y que se asoman calzoncillos que están para trapo de piso.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/estas-igual-nid10082026/

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