“Para mí ‘El anillo del Capitán Beto’ es una historia con una gran carga folclórica. Un tipo se larga al espacio con una nave que se hace construir en Haedo. Comienza el viaje y durante 15 años recorre el espacio. Es entonces cuando deposita su fe en un anillo que por sus poderes lo protegerá de todo. Pero Beto se equivoca pues su anillo lo protege de todo menos de la tristeza. Es en ese momento que Beto decide volver a su infancia”.
Con estas palabras, en 1976, Luis Alberto Spinetta le daba a la revista Expreso Imaginario algunos indicios de la que no sólo se convertiría en una de sus más grandes composiciones sino también en una de las páginas más bellas, emblemáticas y significativas en toda la historia del rock argentino.
En realidad, el Flaco no solía ser muy propenso a abrir de par en par su vasto universo creativo y menos a dar explicaciones sobre el significado de sus temas. Es más, se dice que nada lo incomodaba tanto como eso. Por tal motivo, aquella declaración podría considerarse como una inusual excepción a la regla.
Sucesor de los álbumes Invisible (1974) y Durazno sangrando (1975), el 29 de septiembre de 1976 veía la luz El jardín de los presentes, tercera y última producción discográfica de Invisible. Para ese entonces, y como consecuencia de una profunda búsqueda musical vinculada, entre otras inquietudes, al tango, el histórico trío conformado por el propio Spinetta (voz y guitarra) junto a Héctor “Pomo” Lorenzo (batería) y Carlos Alberto “Machi” Rufino (bajo) se había reconfigurado en cuarteto a partir de la inclusión del joven guitarrista Tomás Gubitsch.
Considerado un mojón fundamental del rock vernáculo, el disco fue grabado en los estudios CBS de Buenos Aires y logró una inmediata repercusión en el público dado el alto nivel de su contenido. Presentando ocho temas en total, entre ellos sobresalieron “Los libros de la buena memoria”, “Que ves el cielo”, “Las golondrinas de Plaza de Mayo”, “Ruido de magia” y en particular “El anillo del Capitán Beto”.
Esta última canción, dueña de una gran carga poética y emotiva, relata la historia de un colectivero porteño que transforma su vehículo en una nave espacial y sale a surcar el cosmos acompañado apenas de un anillo. Pero luego se da cuenta que la soledad que lo rodea es absoluta y, embargado por la tristeza, comienza a extrañar la cotidianidad de su vida en la Tierra.
Según afirmó el propio Spinetta, el germen de dicho relato surgió luego de la lectura de El engranaje, de Jean-Paul Sartre, que sentó las bases de la idea de un hombre atrapado en un artefacto – en este caso un colectivo – cuyo sueño es la libertad pero que ella sólo existe más allá de este planeta.
Por otro lado, y casi desde su aparición, el tema estuvo envuelto por un halo de misterio que durante mucho tiempo se dio por cierto, sobre todo a partir del estricto y sepulcral silencio mantenido por su autor. Y esto está referido directamente al tercer párrafo, cuando dice: “Ahí va el Capitán Beto por el espacio/la foto de Carlitos sobre el comando/y un banderín de River Plate/ y la triste estampita de un santo”.
Gran parte del imaginario popular relacionó entonces al Beto de la canción con la figura de Norberto “Beto” Alonso, el máximo ídolo de River Plate (club del cual Spinetta era hincha), que en 1975 había obtenido el título de campeón tras 18 años de penurias. E incluso también estuvieron aquellos que llegaron a pensar que el tema estaba dedicado a Juan Alberto “Beto” Badía, el recordado locutor y conductor radial y televisivo que cosechó una estrecha amistad con el Flaco. La situación de convencimiento arribó a un punto tal que hasta la propia revista Rolling Stone ubicó al origen del tal Beto entre los 15 grandes mitos del rock argentino.
Debieron transcurrir nada más ni nada menos que 44 años para que dichas especulaciones se desvanecieran. En efecto, fue el propio bajista del grupo, “Machi” Rufino, quien en mayo de 2020 reveló finalmente la verdadera identidad del enigmático chofer devenido en astronauta a través de un video aparecido en su perfil de Facebook.
“El nombre se me ocurrió a mí y por supuesto yo sé quién es Beto. Cuando buscábamos nombre para el tema, Luis decía, ‘el Capitán, qué...¿qué puede ser?’, y yo dije Capitán Beto, y le encantó la idea”, afirmó Rufino. Y luego completó: “Mucha gente se adjudicó la dedicatoria supuesta del tema, como Norberto Alonso y Juan Alberto Badía, pero no tenía que ver con ninguno de los dos. Beto era un chico que era amigo mío, vivíamos casa por medio en la calle Paraguay, en Palermo. Era hijo único, éramos muy amigos (…) desgraciadamente, sufrió un accidente que le costó la vida. Golpeó la cabeza en una pileta de natación y murió. Recuerdo el sepelio, en Paraguay, entre Gurruchaga y Serrano, todo el barrio en la calle”.
En ese mismo video, el músico agregó: “Esa es la historia, no es más complicado que eso. El nombre Beto se usó porque representaba un nombre común, un sobrenombre común en la Argentina. Esa es la razón, y aprovecho para aclararla”.
“En Wikipedia leí toda clase de explicaciones, ninguna tiene nada que ver y Spinetta nunca dijo nada que no debiera decir ni tampoco sobre cómo había sido la historia (…). No tengo por qué ocultarla y no me agrego ningún tipo de mérito. Simplemente, yo elegí el título y Beto era mi amigo”, señaló Rufino a modo de conclusión.
Más allá de que el misterio fue develado, lo cierto es que en la actualidad, y a cinco décadas de su aparición, “El anillo del Capitán Beto” no sólo conserva su vigencia sino que continúa muy presente en el sentimiento y en el inconsciente colectivo de diferentes generaciones de público. Esto se hace extensivo además a una infinidad de músicos, colegas y bandas que suelen interpretarla en vivo como un modo de homenajear y de mantener viva en la memoria la estampa de su inigualable creador.
“Existen tres canciones icónicas que hablan de hombres que están en el espacio. Una de ellas es ‘Rocketman’, de Elton John; otra es ‘Space Oddity’, de David Bowie y la tercera es ‘El anillo del Capitán Beto’, del maestro Luis Alberto Spinetta. Las tres tienen esa magia de canciones que son eternas y que están adelantadas a su época”, le cuenta Alejandro Lerner a LA NACION. “Siempre he dicho que el Flaco Spinetta es como un hombre del futuro que vino a la Tierra a reinventar el rock argentino por siempre y para siempre. Fue un adelantado, un exquisito, un poeta, un alternativo y un distinto. ‘El anillo del Capitán Beto’ es una de las joyas que nos dejó, con imágenes que te pegan en el pecho. Cada una de las tres canciones, y la del Flaco sobre todo, son puras imágenes. Es un espectacular dibujo animado cantado. Eso es lo que siento por esta canción y por Spinetta. E Invisible, una de sus tantas formaciones emblemáticas, me parece insuperable”.
