Tanto Eric Harris como Dylan Klebold jamás hubieran imaginado que su acto criminal perpetrado el 20 de abril de 1999, en la Escuela secundaria de Columbine, Colorado, tuviera tanta repercusión.
El cine dio cuenta de este hecho en Bowling for Columbine de Michel Moore (2002) y en Elephant (2003) de Gus Van Sant, tanto de la cultura de armas en los Estados Unidos, como la narrativa de ese trágico evento, en un nuevo escenario: la escuela. Un espacio donde es difícil encontrar la motivación de la masacre.
En la Argentina, registramos un hecho en 2004 en una escuela de Carmen de Patagones. De ahí en más, en territorio norteamericano se produjo una serie innumerable de tiroteos que constituyó la violencia en las escuelas, un problema político de difícil resolución.
El ámbito escolar se volvió allí un terreno peligroso. Los niños y los jóvenes podían ir a la escuela y nada garantizaba que volverían. Esto generó amplios debates sobre la Segunda Enmienda, el derecho a portar armas y su control.
En nuestro país salvo ese episodio de Junior en Carmen de Patagones, no han sucedido en estos 22 años episodios con tiroteos. Se ha trabajado en relación a la violencia escolar, tanto a nivel público como también legislativo. Durante muchos años funcionó el Observatorio Argentino de Violencia en las Escuelas. Con destacados profesionales de distintos ámbitos.
Este año nos encontramos con un nuevo episodio en la escuela secundaria de San Cristóbal, provincia de Santa Fe. El 30 de marzo pasado, un alumno de 15 años que frecuentaba en las redes una comunidad digital que explora y glorifica crímenes y las masacres escolares, autodenominada True Crime Community, protagonizó un tiroteo en su escuela y asesinó a otro joven de 13 años y dejó numerosos heridos. Su accionar creó un clima de terror y pánico entre alumnos, profesores y personal del establecimiento.
Es llamativo que el atacante entró con una escopeta de dos cañones, oculta, la ensambló en el baño de la escuela y cuando salió listo para la masacre, gritó:
“¡Sorpresa!, los voy a matar a todos…
La True Crime Community, subcultura digital en las redes en la que participaba el ejecutor, es un ámbito donde se crea una narrativa que toma al crimen real como entretenimiento.
Conviene no desestimar las amenazas, por más que quizás mayoritariamente no conllevan peligro
Hay dos cuestiones que plantean estos hechos, por un lado la violencia como diversión, espectáculo. Y por otro el terror sin ideología, sin fundamento.
Lo que pone en evidencia es que estos hechos no son aislados, forman parte también del universo digital, hacen serie con los anteriores, y requieren lecturas y respuestas que no nos tomen por sorpresa.
Otro tema han sido los grafitis de amenazas presentes en innumerables escuelas, así como también un reto viral de TikTok con fecha concreta en abril.
Todo esto recuerda las amenazas de bomba que nos acompañaron durante muchos años en el ámbito escolar. Sin embargo, esas amenazas se convirtieron en anécdotas o fueron utilizadas para suspender exámenes o clases, según las ocurrencias del alumnado. Por más que no hubo bombas, se cumplieron los protocolos.
Ahora, estos retos, estas amenazas tienen otro signo. El acto del tiroteo deja una marca en la escena escolar, fracturándola como lugar seguro y confiable.
Conviene no desestimar las amenazas, por más que quizás mayoritariamente no conllevan peligro. El peligro, lo traumático, está en la amenaza misma, donde no se puede saber de antemano quién puede pasar la barrera de lo virtual a lo real. De la ficción del reto al pasaje al acto.
* El autor es psicoanalista. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP)
