Es mejor estudiar que cometer delitos. En especial en Tambores. “Aunque es la parte más pequeña, hay varias instituciones del lado de Tacuarembó, como la escuela. Pero si alguien se manda alguna, por cuestiones de jurisdicción lo llevan a declarar a Paysandú, 210 kilómetros al oeste”, cuenta Hugo Alfonso, prestador turístico del norte uruguayo, una región donde los límites geográficos fueron –y son– motivo de debate.
De Yapeyú a los retumbosIntegrado por las localidades de Piedra Sola, Arbolito y Tambores –que es su cabecera–, el municipio cuenta con unos 2000 habitantes, repartidos en un 65% en territorio sanducero (lindante con la argentina Colón) y un 35% en tierras tacuaremboenses, las más amplias y gauchas del país. Esa doble pertenencia, si bien no se manifiesta en todo momento, irrumpe cada tanto en el andar vecinal de un pueblo con una alcaldía de Paysandú y una junta vecinal de Tacuarembó a pocos metros.
Con este contexto, no faltan circunstancias judiciales o administrativas como el cambio de docentes, que requieren trámites lejanos y tediosos en las cabeceras departamentales, para marearse un poco. Pese a esa limitación físicamente expresada en la ancha avenida Artigas, todo aquí parece organizado. Pero no siempre fue así. “Se puede ir muy atrás en la historia, cuando esta tierra era parte de la gran estancia de Yapeyú, perteneciente al Virreinato del Río de la Plata. Nacimos como tantas otras postas para diligencia y traslado de ganado, que luego vieron nacer pulperías y caseríos desordenados. Pero, posteriormente, hay un hito importante con la llegada del general Antonio de Sousa Neto, un brasileño que se había levantado contra Pedro II, emperador de Brasil, en la guerra de los Farrapos de 1845”, relata Hugo Alfonso. Y amplía: “Luego de esa insurrección, Rivera, que fue el primer mandatario uruguayo, le entrega a Neto muchas hectáreas a cambio de custodiar el avance portugués en toda la zona”.
Hay que recordar que más allá del Río Negro, el norte uruguayo estuvo en disputa en múltiples circunstancias, y aún hoy el Rincón de Artigas (o Rincão de Artigas), una porción de 257 km2, sigue figurando como límite “contestado”, lo que implica que ambos países todavía no se han puesto de acuerdo en su demarcación. Lo cierto es que, como todo militar, Neto llegó al lugar con soldados leales, pero también con más de mil esclavos que eran trasladados de una estancia a la otra para sus tareas. Según ese hilo histórico, el cruce constante de esos hombres esclavizados en pleno campo incluía sonidos guturales que la población de la Cuchilla de Haedo habría interpretado como tambores. Una versión complementaria afirma que también se les permitían ciertos ritos o encuentros ceremoniales, que viajaban en las noches sobre aquel vasto territorio sin árboles alcanzando estancias, fincas y caseríos en forma de retumbos. “Curiosamente, casi no hay descendencia afro en la zona ni una cultura ligada al tambor”, completa Manolo Pérez de Hotelier, una de las empresas turísticas que trabaja entre el difuso norte uruguayo y sur brasileño.
Finalmente, otra hipótesis sostiene que habría sido el sonido que emite el viento al chocar contra las sierras y laderas de la región, en especial en los tiempos de la construcción del ferrocarril, lo que generó en poblados vecinos esa fuerza física y sensorial de una tierra que retumbaba.
Vías que consolidanUnir a la incipiente comarca con la gran capital, promover la economía regional y robustecer un enclave uruguayo en tiempos de disputa geográfica con los vecinos brasileños. Con esos múltiples propósitos, las vías del tren vieron crecer una villa que pronto embarcaría gran parte de la hacienda regional, sumando vagones cargados de lana y otras producciones menores. Alrededor de esa locomotora humeante circulaban vendedores con los más amplios suministros y crecían las fondas, talleres mecánicos, herrerías y depósitos.
Para comienzos del siglo XX, sus inmensos corrales de embarque y el movimiento en las adyacencias ya establecían al lugar como primer “puerto seco” al norte del río Negro. Y no se trataba sólo de mercancías. La correspondencia, por aquel entonces la gran vía de comunicación, era un hecho que marcaba la vida de las personas. El correo se reunía en la estación, y de allí partía a las casas con tal expectativa que algunas estancias tenían un dormitorio especialmente reservado para los carteros. Diarios, encomiendas y catálogos de compra viajaban desde Montevideo al campo vinculando estilos de vida y saberes, paisajes y realidades.
“La primera escuela de Tambores llega también en tren, en mayo de 1901. El mobiliario, los materiales pedagógicos, los archivos y hasta el propio maestro subieron a los vagones del tren en Bañados de Rocha con destino al nuevo pueblo, consolidado definitivamente por ese mismo tren, a partir del cual se armaban manzanas, se tendían calles y se levantaban casas. Ya a fines de ese año, la institución que había arrancado con dos alumnos contaba con 44 estudiantes estables”, cuenta Carmen Teresa Duarte Saucedo, primer concejal.
En el podio de las anécdotas de la tradición oral, se asegura que el mismísimo Carlos Gardel bajó varias veces en la estación Villa Tambores, cuando solía visitar a su amigo Pedro Medeiros, un hacendado tradicionalista, y a Don Juan Gastelau, otro destacado estanciero y eximio jinete uruguayo. Como prueba de la “teoría uruguayista” que asegura que Gardel nació en Tacuarembó y no en Toulouse (Francia), además de estas amistades los locales destacan la canción El zorzalito de Tambores, de Washington Benavides, y el museo de Valle Edén exhibe una libreta de enrolamiento que lo muestra como ciudadano uruguayo, nacido en Tacuarembó el 11 de diciembre de 1887. A él se añade un trámite en la embajada de Uruguay en Buenos Aires de 1920, según el cual, Gardel pudo regularizar su situación migratoria y posteriormente obtener la ciudadanía argentina sin revelar su pasado.
Para no perderseAl discontinuarse los servicios ferroviarios uruguayos en los años 80, vecinos y dirigentes intentaron poner en valor aquella vieja estación, y tras muchos años, en diciembre pasado la histórica casa de trenes fue reinaugurada como Terminal Multimodal de Buses, rescatando el edificio y potenciando las posibilidades turísticas.
Si bien todo es discreto aquí, no parece carente de lo esencial. Eso sentimos en la posada Lo de Hilda, el único alojamiento disponible en Tambores, con dormitorios amplios y la típica calidez uruguaya. “Estamos registrados formalmente ante la Dirección de Turismo de Tacuarembó, nuestro lado, pero atendemos a los del otro también”, dicen en broma. “Solemos ser una base frecuente para quienes llegan al pueblo también en busca de Valle Edén y sus travesías”, amplían.
Efectivamente, a solo cuatro kilómetros de allí está la entrada a Pozo Hondo, una de las maravillas naturales más importantes de este norte. Se trata de una impresionante olla de agua con una cascada de unos 15 metros de altura, encajada en una espectacular grieta de erosión geológica entre valles estrechos y cerros chatos de la Cuchilla de Haedo. Es el paseo más atractivo y reconfortante en épocas calurosas, aunque el encanto campero de las extensas planicies que lo rodean es el que predomina, y desde allí se recorren esos relieves de cimas planas cubiertas de vegetación. Pero si la idea es explorar, hay que trasladarse más al sur, hasta Arbolito. “Es un pequeño poblado rural que también integra el Municipio de Tambores. No es un destino de turismo masivo, sino un rincón para los amantes de la ruralidad, la tranquilidad y la historia”, describe Duarte Saucedo. Su Salón Comunal fue parte de la Aparcería del Queguay, una agrupación tradicionalista muy destacada en Uruguay por ser cofundadora de la icónica Fiesta de la Patria Gaucha.
A medio camino entre Tambores y Arbolito está Piedra Sola, cuyo nombre y ubicación guardan lo suyo. “Obedece a la gran roca basáltica que se picó para extraer el material con el que construyó esta otra estación, la segunda del municipio. Hoy en día sólo queda un fragmento de aquella piedra, cercado para asegurar su conservación como Monumento Histórico Natural”, explica Duarte Saucedo.
Lo más llamativo no es la piedra sino la parroquia Inmaculada Concepción (1920), de imponente porte arquitectónico, más llamativo aún si se lo compara con los alrededores, donde sobra campo y falta pueblo. Cuentan que la piedra fundamental que le dio origen a esta iglesia también se extrajo de aquella roca encarcelada. Antes de irnos a la Sociedad Criolla Juan Gastelú, sede de reuniones, bailes y las tradicionales jineteadas del pago, vemos que al otro lado de la ruta -la línea divisoria aquí entre los departamentos de Paysandú y Tacuarembó- hay un conjunto de casas. Efectivamente, con poco más de 200 pobladores, este paraje también cuenta con una doble pertenencia.
