El zoo de don Clemente

Buenos Aires. Mayo de 1912. Por las calles de la ciudad circula una caravana muy particular. Lo más llamativo de ella es que una jirafa camina entre la gente. El majestuoso animal, adquirido en Dakar, se llama Mimí y acaba de desembarcar en el puerto porteño. Su destino es el zoológico de Palermo. Pero no está sola. En el otro extremo de un cordel atado a su largo cuello hay un hombre bajito, vestido con elegante levita, moño negro y una galera redonda. Es Clemente Onelli, italiano de origen, argentino por elección y director del Jardín Zoológico de Buenos Aires.

Una vez que Mimí arribó a la Dársena norte junto a otros animales, las autoridades del zoológico que fueron a recibirla no encontraron un vehículo para trasladarla. De modo que la mejor manera que Onelli encontró para hacerlo fue caminando, para asombro y maravilla de los que tuvieran la suerte de cruzarse con ella. El manso animal africano llegó hasta la zona de Plaza Italia y después a su futura morada. La peregrinación la completaban otros humanos, entre ellos muchos niños, y carromatos que portaban, también procedentes de ultramar, dos leones, un tigre y una pantera.

Esa pintoresca escena hoy en día no estaría bien vista. Pero si nos ubicamos en la Buenos Aires de hace más de un siglo, los zoológicos ofrecían esparcimiento, educación y eran una manera de que miles de chicos descubrieran criaturas que no podrían conocer de otra forma.

Desde esta perspectiva, bien vale rescatar la figura de Onelli, naturalista, antropólogo, zoólogo, escritor, periodista y paleontólogo que estuvo al frente del zoo municipal entre 1904 y 1924, el año de su muerte. La manera expeditiva en que resolvió el traslado de Mimí muestra su carácter ingenioso, que se repetiría muchas veces a lo largo de su carrera.

En el libro Clemente Onelli, el más criollo de los tanos, Diego del Pino da algunos ejemplos de la manera en que este personaje singular solía proceder cuando animales o seres humanos requerían una respuesta por su parte. Una vez, por caso, recibió un monito huérfano, que todavía estaba en la edad de ser amamantado. Como veía que el pequeño simio rechazaba las mamaderas y estaba casi desnutrido, el naturalista italiano, sabedor de que a grandes males corresponden grandes soluciones, se puso a buscar un ama de cría para alimentar al animal. La encontró y evitó así que el mico se muriera de hambre.

Otro de los cuentos que atañen a este particular jefe del zoo tiene que ver con los caburés, unos pájaros sudamericanos similares a los búhos. Era creencia popular que las plumas de estas aves le otorgaban a su poseedor buena fortuna en las lides del amor y en las del juego. De modo que, aferrados a esta creencia, muchos personajes porteños, algunos muy importantes, le pedían a Onelli que les facilitara las plumas de estos pájaros. Pero para satisfacer sus pedidos sin molestar a sus caburés, el italiano arrancaba plumas a los gorriones del predio, que eran muchísimos, y se las entregaba a los solicitantes envueltas en delicadas telas. Se desconoce si estos talismanes eran igual de efectivos que los originales, pero al menos el buen Clemente no recibió ningún reclamo.

En la selva paraguaya, un tigre americano -hoy jaguareté-, atacó a un peón de campo y llegó a morderlo. Fue capturado poco después y trasladado al zoo porteño. Conocedor de los antecedentes del felino y para evitar accidentes, Onelli puso un cartel de advertencia en la jaula de la fiera: “¡Cuidado! ¡Tigre cebado con carne humana!”. El letrero, un tanto sensacionalista, comenzó a alimentar leyendas: se decía que el director del paseo pedía cadáveres de morgues y hospitales para dárselos de comida al jaguar. El italiano se reía de tales infundios y disfrutaba de ver que frente a la jaula del felino siempre se reunía mucha gente.

Onelli jerarquizó el zoológico porteño, entendió su carácter didáctico y logró que la gente, en especial los niños, aprendieran sobre la fauna del mundo sin perder jamás el asombro.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/el-zoo-de-don-clemente-nid03082026/

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