BIDUR (Nepal).- Nada parece más estático que una montaña. Inmutables durante decenas de miles de siglos, los Himalayas dan la impresión de que el único movimiento del que son testigos es el de un puñado de expertos e inconscientes que se aventuran para tratar de llegar a lo más alto del mundo, al pico del Everest. Desde el cielo, a bordo de un bimotor sin presurizar, navegando a poco más de 8000 metros de altura sobre el mar, los picos del macizo de Langtang Lirung parecen así: quietos.
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Desde la ventana del asiento 17C de una aeronave de Buddha Air, se identifica la zona de origen del alud que produjo uno de los desastres más impresionantes de la historia reciente de Nepal y uno de los más destructivos de los que se tenga registro en el mundo. La imponente serenidad de las cumbres permanentemente nevadas resulta casi imposible de conciliar con el caos y la desesperación que produjeron y que registré tan solo horas antes, en el distrito de Nuwakot. En los pueblos alrededor del río Trishuli, donde los altos picos ceden a montañas medias y valles verdes, ya no existe la calma.
El viaje al epicentro del desastre comenzó en Katmandú, la capital de Nepal. Tomaría una hora y monedas llegar al último pueblo afectado por la riada si no fuese por el agobiante tráfico de la ciudad y el calamitoso estado de la única ruta de acceso. En esas condiciones, llegar a Bidur demora más de tres horas. El camino es intrincado, serpenteante y peligroso. No hubo un instante, desde que la camioneta 4x4 dejó atrás las callejuelas urbanas e ingresó en la ruta montañosa por Kakani, en el que el vehículo no se moviera de lado a lado como en un samba. Pequeñas cascadas de agua de deshielo atravesaban el camino relativamente paasi huela vimentado como parte de su flujo natural.
No hay doble mano, no hay señalización, no hay banquinas ni guardarraíles que puedan contener un accidente, con lo que, de desviarse, cualquier moto o auto caería miles de metros al vacío. Las nubes bajas y las ocasionales garúas inhabilitan para conducir por esa zona a cualquier no nepalí y, probablemente, también a cualquier conductor nepalí no nativo de la zona.
Katmandú se encuentra a unos 1400 metros sobre el nivel del mar. La ruta nos hizo subir hasta los 2000 metros y luego descender a unos 500 metros, adentrándonos en el valle del Trishuli. Las colinas subtropicales se intensifican al acercarse al río Tadi Khola, que a simple vista se confunde con el responsable del horror al que todavía no habíamos llegado.
El paisaje es hermoso. Otra contradicción de este viaje. Parece imposible que algo malo pudiera suceder allí donde las terrazas de cultivo de arroz forman balcones en la montaña, donde hay millones de arbustos de un verde denso único y donde los niños vuelven a casa en patas y con uniforme escolar. A algunos pocos kilómetros, nada más, hay chicos de su edad siendo buscados por canes entrenados para identificar restos humanos bajo la tierra.
Entrar a Bidur es un cachetazo. Como si un telón se abriera de golpe. El desastre fue brusco, inmediato. Describir que todo lo esmeralda se convirtió en gris no es metafórico: es literal. Por donde pasó el tsunami en el que se convirtió el río Trishuli, todo quedó bajo un fango plomizo y sombrío mezclado con piedras, muebles, pedazos de autos, escombros, vigas, heladeras, bicicletas, ruedas, tendidos eléctricos, juguetes, carteles y vidas. Debajo del lodo hay por lo menos 5000 personas todavía no rescatadas. Sin ninguna esperanza.
Llegamos hasta un puente elevado y vimos el panorama del horror. El río, que trepó y dejó restos hasta a 500 metros de su altura, cedió a su cauce habitual y dejó al desnudo la destrucción de la ola del 26 de agosto. La intuición inmediata fue empezar a reportar desde ese lugar, desde un lugar seguro. No había ni hay hoy garantías de que no pueda volver a suceder una avalancha similar. No fue un terremoto lo que provocó el alud: fue un desprendimiento glaciar que produjo una presa artificial que contuvo agua durante 19 horas, hasta que el tapón de sedimentos cedió e inundó todo a su paso, montaña abajo, en 30 minutos. Hubo reportes de otras dos acumulaciones similares que podían producir una réplica. Una había comenzado a drenar y sobre la otra, según las autoridades, no había información veraz.
Pero la realidad no estaba allí, en el puente. Muchos de los afectados tampoco. Estaba en las familias que se asomaban en lo que quedaba de sus casas. Buscando no sé qué, porque nada había allí. Colina abajo, entonces.
Descendí hasta el lecho del río con una urgencia prescindible y me detuvo, de otro cachetazo, otro horror. El olor. No hay palabras o imágenes que puedan expresar de forma más nítida el calibre de la catástrofe que la emanación del barro de la zona próxima al cauce. El hedor a descomposición era exasperante. Se potenciaba con la humedad, el calor del mediodía y la asfixia que producían los humos de las fogatas cercanas, muchas provenientes de ceremonias religiosas en honor a los fallecidos. La putrefacción es una de las amenazas actuales y latentes para los habitantes de la zona. Una de las principales preocupaciones es la contaminación del agua y, con ella, la diseminación incontrolable de enfermedades.
Durante 40 minutos recorrí los edificios, intenté inmiscuirme en la intimidad de lo que solían ser sus habitaciones y me encontré con hermanas, padres, hijos, primos y amigos. Algunos dueños de casa estaban escarbando en el barro, tratando de rescatar alguna pertenencia. Otros se atrevían a subir las escaleras destartaladas para verificar si en los pisos superiores quedaba algo.
¿Qué puede hacer una escoba de paja frente a kilos y kilos de lodo? Me pregunté desde hacía cuántos días, de forma persistente, un hombre la utilizaba para desenterrar el piso de su cocina. Eso intentaba, sin pausa. Su hijo lo acompañaba con baldes de agua negra para aflojar los sedimentos. ¿Cuánto tiempo se pasarían así? ¿Podrían volver a vivir allí? ¿Sin paredes? ¿Con una estructura comprometida? ¿Por qué lo hacían? Son preguntas que se hace alguien ajeno a la pérdida.
Sabía que en las últimas semanas había cobrado notoriedad una “casita verde”. Presuntamente, una vivienda casi milagrosa, merecedora de eventual peregrinación y por la que se hicieron decenas de entrevistas a ingenieros, arquitectos y expertos para explicar por qué había sido la única superviviente frente a decenas de otras arrasadas completamente por la ola. Debo decirles: no es así. Algunas, incluso más cercanas al cauce del río, sufrieron daños aún menores. Tal vez para algunos lo vistoso de la casita verde sea que hasta la sombrilla de su terraza quedó intacta, pero se debió solo a su altura. Lo de la casita verde fue solo suerte. Son fantasías, mitos, tal vez necesarios para encontrar algo de consuelo en la tragedia.
Fui a verla por dentro. Si hay algo de esa vivienda merecedor de un atisbo de aliento, es que en medio de la capa densa de barro que enterraba hasta casi la mitad de las paredes de su planta baja encontré algo imposible. Pastitos. Sobre el lodo, casi imperceptibles, había algunos pequeños brotes verde claro en la penumbra absoluta. No los encontré en ninguna otra casa. Tal vez la ilusión colectiva, no importa cuán errónea, les dio fuerzas.
La zona afectada por el alud está aislada. El agua se llevó puestos 40 puentes y pueblos enteros quedaron completamente desconectados del abastecimiento de comida y medicamentos. Algunos kilómetros más adelante, donde antes había una ruta, ahora hay agua. Donde había un cruce sobre el río, ahora hay tres tirolesas de emergencia, dos de las cuales transportan de un lado a otro jaulas con cinco o seis personas cada vez. Es el epicentro de rescate y contención para quienes quedaron, a casi un mes de la riada, prácticamente presos. Para llegar en auto a esos pueblos, antes se demoraba 15 minutos. Hoy, nueve horas. La única forma de cruzar es por los precarios cables de acero custodiados por balsas inflables a la vera del río, que deberían salir al rescate de quienes, de fallar el sistema, cayeran 20 metros al agua. Los inflables y sus operadores se retiraron, aunque la tirolesa seguía funcionando como transporte.
Hay zonas en donde quedó estancado tanto lodo que se convirtió en arena movediza. Los perros recorren la planicie con más facilidad que los militares que los acompañan. Son, como siempre, los grandes héroes de esta historia: los responsables de haber devuelto a sus seres queridos a decenas de enterrados bajo el barro. Solo el día que estuvimos allí, un golden retriever logró precisar la ubicación de seis personas. Del otro lado del río, una serie de humaredas marcaba los ritos de cremación de aquellos reunidos sin vida con sus familias.
Entre quienes corrían a asistir y reportar, muchos nepalíes permanecían en calma. En ceremonias, en rezo, en contemplación. Son culturas diferentes; su reacción es distinta de la que nosotros podríamos imaginar ante una tragedia similar. Dejando sus zapatos fuera de los templos, los adultos se congregan a orar, recitar mantras o meditar frente a las imágenes de quienes todavía faltan. Muchos de ellos faltarán para siempre.
Muchos niños también quedan fuera: del templo y, algunos, de saber qué hacen allí dentro y por qué. Se acercan a los extranjeros para practicar su inglés. Solo los escolarizados lo hablan en esa región. Un grupo de chicas de ocho o nueve años se abalanzó a preguntarme quién es mejor, si Messi o Ronaldo. Quise mostrarme incrédula ante la pregunta, explicarles que no tenía sentido contestar eso en ese momento, pero noté que no había cosa más natural que preguntar. “Messi”, respondí. Se rieron. Una de ellas metió la mano en el bolsillo y sacó un caramelo. Tres veces le dije “it’s okay, thank you so much”. Tres veces insistió. Lo conservo, sin comer, hasta el día de hoy.
