Una ensalada de tomates, un plato de lentejas o una simple tostada pueden cambiar por completo con un hilo de aceite de oliva virgen extra. Aparecen aromas que recuerdan a hierbas, almendras o pasto recién cortado; también el amargor y ese picor característico que alcanza la garganta. Más allá de sus cualidades gastronómicas, esas sensaciones están relacionadas con la presencia de compuestos fenólicos que desde hace años despiertan el interés de la investigación científica.
La alimentación ocupa un lugar cada vez más relevante en la conversación sobre la salud. El cerebro depende de una adecuada circulación sanguínea y está expuesto, como otros órganos, a procesos de oxidación e inflamación. Por eso, los investigadores estudian patrones alimentarios que combinan verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos, pescado y grasas insaturadas.
Entre ellos, la dieta mediterránea es uno de los modelos más estudiados. Y el aceite de oliva ocupa allí un lugar central.
El cerebro también se cuida desde la mesaLa Organización Mundial de la Salud incluye una alimentación equilibrada entre las medidas que pueden contribuir a reducir el riesgo de deterioro cognitivo y demencia. A esa alimentación suma otros factores vinculados con la prevención, como la actividad física, el control de la presión arterial y la estimulación social y cognitiva.
El aceite de oliva aporta principalmente ácido oleico, una grasa monoinsaturada. En el caso del aceite de oliva virgen extra, además, el proceso de elaboración permite conservar compuestos presentes naturalmente en la aceituna que pueden perderse, en parte, durante el refinado.
Los aceites vírgenes se obtienen a partir de aceitunas frescas mediante procedimientos mecánicos, sin recurrir a solventes. De ese modo, conservan parte de los fenoles, aromas y sabores característicos del fruto.
Entre esos compuestos aparecen el hidroxitirosol, el tirosol y el oleocantal. Sus nombres pertenecen más al lenguaje del laboratorio que al de la cocina, pero son objeto de investigación por sus propiedades antioxidantes y antiinflamatorias.
Qué se sabe sobre los polifenolesLa evidencia científica requiere cierta precisión. La Unión Europea autoriza una declaración concreta: los polifenoles del aceite de oliva contribuyen a proteger los lípidos sanguíneos frente al estrés oxidativo, siempre que el producto contenga una cantidad determinada de hidroxitirosol y sus derivados.
Esto no significa que el aceite de oliva, por sí solo, pueda prevenir una enfermedad. La investigación disponible estudia componentes concretos y, sobre todo, patrones de alimentación completos.
Uno de los trabajos más conocidos sobre este tema surgió del estudio PREDIMED, un gran ensayo sobre dieta mediterránea y riesgo cardiovascular. Un estudio que siguió a adultos mayores con riesgo cardiovascular y encontró mejores resultados en algunas mediciones de función ejecutiva y cognición global entre quienes siguieron una dieta mediterránea enriquecida con aceite de oliva virgen extra, en comparación con el grupo de control.
Los participantes fueron evaluados dentro de un patrón alimentario completo durante una mediana de 4,1 años. El resultado, por lo tanto, no permite atribuir los efectos observados a un único alimento. Verduras, legumbres, frutos secos, pescado y aceite de oliva formaban parte de una misma estrategia alimentaria.
La misma cautela aparece en investigaciones más recientes. Un estudio publicado en JAMA Network Open en 2024 encontró una asociación entre el consumo de más de siete gramos diarios de aceite de oliva y un menor riesgo de muerte relacionada con demencia.
El hallazgo resulta interesante, pero una asociación estadística no demuestra por sí misma una relación de causa y efecto. Para establecerla se necesitan investigaciones diseñadas específicamente para responder esa pregunta.
Cómo incorporarlo a la alimentaciónEl aceite de oliva virgen extra puede formar parte de comidas basadas en alimentos frescos: verduras asadas, ensaladas, sopas, pescados, hummus, porotos o legumbres. También puede utilizarse para cocinar.
Los estudios revisados por la Universidad de California en Davis muestran que el aceite de oliva virgen extra presenta una buena estabilidad culinaria y que su utilización puede favorecer la conservación de algunos antioxidantes presentes en los vegetales.
La elección y el almacenamiento también importan. Una botella oscura o una lata ayuda a proteger el aceite de la luz. También conviene prestar atención a la fecha de cosecha y elegir un volumen acorde con el consumo habitual del hogar.
El calor, la luz y el oxígeno aceleran la degradación del aceite y afectan sus aromas y algunos de sus compuestos. Por eso, una vez abierto, es conveniente mantenerlo bien cerrado y almacenarlo lejos de fuentes de calor, como el horno.
Más que un ingrediente, un hábitoLa evidencia disponible no convierte al aceite de oliva en un alimento milagroso ni permite atribuirle, de manera aislada, efectos sobre la salud cerebral. Su interés está en otro lugar: forma parte de un patrón alimentario que la investigación científica viene estudiando por su relación con distintos aspectos de la salud.
Además, tiene una ventaja que ningún estudio necesita medir: el sabor.
El aroma, el amargor y el picor de un buen aceite pueden hacer más atractivos alimentos y, convertirlos en parte habitual de la alimentación, lo cual resulta más importante que contar antioxidantes como si fueran fichas.
Al final, la relación entre alimentación y salud cerebral no se define por una cucharada ni por una botella. Se construye a partir de un conjunto de elecciones que se repiten en el tiempo. Y, en ese contexto, el aceite de oliva virgen extra puede ocupar un lugar tan sencillo como cotidiano: el de un ingrediente que aporta sabor a una alimentación variada y equilibrada.
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