Su belleza y esa mezcla fascinante de fragilidad y carácter se convirtieron en sus mejores herramientas de seducción. Michelle Pfeiffer (68) protagonizó romances, vivió matrimonios intensos, adoptó a una hija y formó una familia lejos del vértigo de los escándalos. Pero detrás de esa imagen impecable hubo también elecciones difíciles, búsquedas personales y una carrera construida a fuerza de talento y perseverancia.
Cuando apenas tenía 20 años, Pfeiffer cayó bajo la influencia de una pareja que dirigía un grupo de corte metafísico. Años después, la estrella contó a The Telegraph que llegó a estar prácticamente controlada por ellos y hasta entregó una importante cantidad de dinero. “Trabajaban con pesas y ponían a la gente a dieta. Creían que las personas en su estado más alto eran breatharianas (creer que la comida y el agua no son esenciales y que una persona puede vivir sólo con aire y luz solar)… Eran muy controladores. Tuve que pagar todo el tiempo que estuve allí, así que fue muy agotador económicamente”.
Sus primeros grandes amores llegaron mucho antes de convertirse en una estrella internacional. En los años ochenta estuvo casada con el actor Peter Horton, a quien conoció cuando todavía intentaba hacerse un lugar en Hollywood. Se conocieron en las clases de actuación de Milton Katselas . Se casaron en 1981, cuando Michelle tenía 23 años, y permanecieron juntos durante siete años. La relación terminó cuando sus carreras comenzaban a tomar rumbos diferentes.
En 1988, con la película Relaciones peligrosas, su nombre quedó definitivamente asociado a las grandes actrices de su generación. Su interpretación de Madame de Tourvel le valió una nominación al Oscar. En el film compartía cartel con John Malkovich y la atracción entre ellos trascendió la pantalla. Pero la actriz aún seguía con Horton y Malkovich estaba casado con Glenne Headly, y el romance no prosperó.
Después llegó uno de los capítulos más comentados de su vida sentimental: su relación con el actor y productor Fisher Stevens (reconocido recientemente por su trabajo en la exitosa serie Succession). Se vieron por primera vez en 1989, durante el rodaje de una película, y comenzaron un romance intenso que terminó abruptamente debido a las infidelidades de él.
Pero el gran amor de la vida de Michelle estaba a punto de aparecer cuando menos lo esperaba. En 1993, mientras atravesaba un momento muy particular de su vida –Michelle estaba en pleno proceso de adopción de Claudia Rose, una beba de pocos meses– conoció en una cita a ciegas al productor televisivo y escritor David E. Kelley, creador de series como Ally McBeal y Big Little Lies. La cita pareció no funcionar, pero dos días después, él la llamó para invitarla a salir.
La conexión fue inmediata. Tanto que se casaron el 13 de noviembre de ese mismo año, rodeados de sólo 40 invitados, y bautizaron a su hija bajo el apellido Kelley. En agosto de 1994, la actriz tuvo al segundo hijo de la pareja, John Henry, y entonces Pfeiffer encontró algo que durante mucho tiempo había buscado sin saber exactamente cómo definirlo: una vida familiar estable. Con David lleva más de tres décadas de matrimonio, una rareza en una industria donde las relaciones suelen quedar atrapadas entre la fama, los viajes y la presión mediática. “Mi familia es mi prioridad” es una frase que Michelle repitió en distintas entrevistas a lo largo de los años.
UNA CARRERA SIN CONCESIONES
Michelle Pfeiffer nació el 29 de abril de 1958 en Santa Ana (California). Durante su adolescencia no parecía destinada a convertirse en una de las grandes estrellas de Hollywood. Incluso llegó a trabajar como cajera antes de dedicarse por completo a la actuación. Su primer impulso hacia la fama llegó cuando ganó un concurso de belleza local. Aquella experiencia la llevó a probar suerte como actriz y, poco a poco, consiguió pequeños papeles en televisión y cine.
Al principio, sin embargo, Hollywood parecía tener otros planes para ella: la industria veía antes su belleza que su talento. Michelle supo transformar ese prejuicio en una ventaja y, al mismo tiempo, combatirlo. Su gran oportunidad llegó con Scarface, el clásico de Brian De Palma protagonizado por Al Pacino. Como Elvira Hancock, la mujer sofisticada y vulnerable atrapada en el mundo de Tony Montana, consiguió llamar la atención internacional con apenas 25 años. A partir de allí comenzó una etapa vertiginosa. Las brujas de Eastwick, junto a Jack Nicholson, Cher y Susan Sarandon, confirmó que podía moverse con soltura entre el drama y la comedia.
La década siguiente fue todavía más brillante. Llegaron Los fabulosos Baker Boys, donde protagonizó junto a Jeff Bridges una de las escenas más recordadas de su carrera: Michelle cantando sobre un piano, envuelta en una sensualidad sofisticada y sin necesidad de recurrir a la provocación. Por ese papel recibió otra nominación al Oscar. Volvió a demostrar su enorme registro dramático en La edad de la inocencia, de Martin Scorsese, que le valió una nueva nominación a la estatuilla dorada, y se convirtió en una inolvidable Catwoman en Batman Returns, bajo la dirección de Tim Burton.
Tres nominaciones al premio de la Academia consolidaron su lugar entre las actrices más respetadas de Hollywood, aunque el Oscar nunca llegó a sus manos. Y cuando parecía que podía seguir acumulando éxitos sin detenerse, Michelle hizo algo que no siempre resulta sencillo para una estrella: eligió su vida personal. La maternidad cambió sus prioridades. Durante varios años redujo considerablemente su actividad profesional. No desapareció por completo, pero comenzó a seleccionar sus proyectos con mayor cuidado. Su regreso fue gradual.
Participó en películas como Hairspray y Chéri, entre otras. Más adelante se incorporó al universo Marvel con Ant-Man y la Avispa, papel que la acercó a las nuevas generaciones. En 2024 debutó en su papel más soñado: su hija la convirtió en abuela, al mismo tiempo que deslumbraba, una vez más, con su actuación y su belleza en las series The Madison y Margo’s Got Money Troubles. La noticia de su abuelazgo la reveló ella misma durante el podcast SmartLess, pero un año después del nacimiento de su nieto. “Guardé silencio al respecto y puedo decir que es... es el paraíso. Es increíble”. La historia de vida de Michelle tiene algo especialmente atractivo: nunca pareció desesperada por demostrar nada e hizo de la discreción una forma de poder. Amó, se casó, se separó, volvió a enamorarse, fue madre y abuela, sin permitir que Hollywood interfiriera en su vida.
