Raquel dejó unos días Buenos Aires para descansar del trabajo, el ritmo familiar y la punzada en el corazón que le provocó la partida hacia otro país de su gran amiga de la vida. `Voy a cruzar el charco nomás´, le dijo Raquel a su hijo mayor. Llegó a Colonia de Sacramento -un lugar que adoraba- cargada de melancolía, sin tristeza ni nostalgia, tan solo ese estado contemplativo de la vida que se siente agridulce. Se fue sola, algo inusual a pesar de estar divorciada hacía años. A ella, de alma libre, humor ácido y mente creativa, nunca le faltó compañía e invitaciones para ir de vacaciones con amigas, hijos, nieto, sobrinos y tanto más: “Diría que cuando estaba casada estaba más sola e infeliz”, dice hoy entre risas.
Hacía tiempo que quería ir a Colonia, como si un no sé qué de aquellas callecitas antiguas la llamaran, podría ser por los recuerdos del pasado, pero también sentía que ahí, en la costanera uruguaya, podía apreciar unas puestas del sol tan alucinantes, que le devolvían el amor a la vida y al arte que tanto le gustaba crear.
Y eso hizo el primer día, después de pasear por la Calle de los Suspiros y sus alrededores. Llegó a la costanera cerca del faro, allí donde se extienden las rocas, y se sentó en el muro blanco que divide la calle del río que parece mar. Y, entonces vio un fantasma, un hombre que conocía se acercó a ella, tal como lo había hecho hacía treinta y cinco años, y le sonrió.
Un fantasma del pasado: “¿Te acordás de mí?”`¿Te acordás de mí?´ Raquel se acordaba, por supuesto que se acordaba. Ese hombre con el pelo todo canoso, los ojos azules intensos y la piel ahora curtida por el sol, estaba igual, a pesar de los años que habían pasado desde ese verano del 91, cuando se conocieron mientras contemplaban la puesta del sol, ella sentada casi exactamente en el mismo lugar en el que se encontraba ahora.
Aquel verano fue muy caluroso, tanto, que las únicas horas medianamente agradables eran las del atardecer y la noche, momentos en los cuales la ciudad parecía cobrar vida después de una siesta eterna con el ventilador dando directo a la cara. Los adolescentes y jóvenes lugareños `salían a dar la vuelta al perro´ para ver y dejarse ver, como se acostumbra en los destinos con aires de pueblo; y los visitantes aprovechaban para pasear por los puntos icónicos, y sentarse a tomar algo con la puesta del sol.
Cierto día, Rodrigo la vio sentada en el muro, se acercó y dijo algo así como `este atardecer es casi tan lindo como vos´. Raquel, que apenas tenía 17 años y era más bien introvertida, tan solo sonrió, sin saber qué contestar. `Perdón, hola, me llamo Rodrigo´, siguió él. `No te quise incomodar´. Se dio media vuelta y se fue. Raquel pudo sentir su cara roja: “Creo que nunca vi un hombre tan buen mozo en mi vida”, confiesa hoy mientras recuerda aquellos viejos tiempos.
Raquel se había hecho una de esas amigas de verano con la que salían a pasear de noche, no muy tarde; no hacían demasiado, solo iban y venían por el tramo final de la avenida Flores que desemboca en la costanera y el puerto. Ese mismo día de la puesta del sol, Raquel y su amiga se cruzaron con Rodrigo, que de inmediato se acercó a ellas para saludarlas.
“No me acuerdo bien cómo siguió todo después, pero a partir de ese nuevo encuentro, solíamos vernos al atardecer y después a la noche, nos sentábamos en el banco de la plaza y charlábamos relindo. Todo muy puro e inocente”, rememora Raquel.
Con la cara hacia el firmamento: “Mariposas como esas no recuerdo haber sentido nunca más”Una tarde donde la puesta de sol regaló una pintura bellísima, gracias a las nubes finas atravesadas en el horizonte, Raquel y Rodrigo iniciaron una de sus charlas que se habían vuelto habituales y decidieron continuarla en la muralla antigua del cañón, donde se sentaron en la cima del barranco a mirar las estrellas.
Ya con la cara hacia el firmamento, Rodrigo acercó su mano a la de Raquel, ella la aceptó y entrelazaron sus dedos. Luego tan solo se quedaron así, en silencio, observando el infinito y absorbiendo la magia de esos momentos que uno reconoce como irrepetibles.
Y después de un tiempo impreciso, sus ojos se encontraron y sus labios hicieron contacto: “Un beso inolvidable”, reconoce Raquel. “Yo no sé si es la juventud, si es que todo es un poco como nuevo, o si era él, pero mariposas como esas no recuerdo haber sentido nunca más”.
Volver al origen, como suelen hacer todos...El fantasma estaba ahí, 35 años después. Una y mil vidas habían pasado desde el día del beso en la muralla. La despedida había sido tan silenciosa como aquella noche de cara hacia el firmamento, sin promesas, sin lágrimas, sin rencores. Raquel se había preguntado alguna que otra vez qué habría sido de él, y Rodrigo la atesoró siempre en sus pensamientos.
Él viajó por el mundo, tal como siempre lo había soñado: `Salir de este pueblo, probar suerte en un lugar que no esté perdido en el mapa´, solía decirle en esos atardeceres del pasado. Pero volvió, `como suelen volver todos´, le dijo en ese nuevo atardecer del presente.
Raquel le contó que se casó joven, fue feliz por un rato en su matrimonio y estaba divorciada hacía mucho tiempo, tenía hijos grandes e incluso un nieto. Que disfrutaba mucho de su soledad y que nunca se había sentido tan completa. Después caminaron juntos a la muralla para contemplar las estrellas.
“Sí, hubo beso”, dice Raquel con una sonrisa cómplice. “Esta vez nos intercambiamos los números. Sin promesas, solo vamos a ver hacia dónde nos lleva esta historia”.
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