Reunir a Alicia con Mafalda sería como encontrar a una centenaria mujer británica con una beba recién nacida en la Argentina. Un siglo separa al personaje de Lewis Carroll de la nena de Quino y once mil kilómetros a Oxford de Buenos Aires. Pero como esta es una fantasía salida de un sueño nocturno alimentado del bombardeo de los días, la posibilidad de poner a conversar a ambas es, como corresponde, un completo nonsense; lo que ocurre aquí, en el siglo XXI, es que cara a cara siguen siendo las mismas niñas de siete y seis años, como fueron creadas.
De pronto Alicia y Mafalda están multiplicadas por todas partes.
Hasta el fin de semana, el País de las Maravillas se desplegaba en el Teatro Colón, para que su compañía se luciera con una obra entre el gran ballet y el teatro musical, que trajo un nivel de producción pocas veces visto. Mientras tanto, en el Jardín Botánico, cuando cae el sol, se iluminan en neón escenas a la medida de las selfies para Instagram. Todas las plataformas de streaming tienen, por lo menos, una Alicia que ofrecer: en HBO hay un film de 1933 plagado de estrellas, como Gary Cooper; Disney, además de su clásico animado, puso en el menú las películas de Tim Burton; Apple y Prime disponen de adaptaciones de terror; y MUBI recuerda que Eduardo Pla ambientó una en la Buenos Aires de los años 70. Por supuesto, existe una baraja de ediciones con ilustraciones originales o en formato pop up que se venden en librerías y los stands de la Feria del Libro Infantil, que está por terminar junto con las vacaciones de invierno.
Mafalda también está hasta en la sopa. Mientras llegan noticias de nuevas esculturas con su imagen instaladas en más ciudades, un nuevo merchandising copa los comercios de la calle Florida. Pronto saldrán a la venta las entradas para la megamuestra interactiva que abrirá en octubre en el Centro Cultural Recoleta, su desembarco televisivo se palpita en Netflix y una reedición de Todo Mafalda, la biblia de los fans, está haciendo que nuevas generaciones descubran las tiras de esta pandilla insuperable con el mismo encanto de antaño.
Curiosas e inquietas, con sus melenitas morochas al ras del mentón y una espontaneidad e inteligencia a la que les deben sus extraordinarias reputaciones, las chicas tiene sus diferencias de carácter. Alicia, que puede parecer ingenua, es optimista y despreocupada, dispuesta a dejarse sorprender, atrevida. Mafalda, hija de otra época y en otro continente, vivió obsesionada por los movimientos sociales, el consumismo y el rol de la mujer, pero ante una caída por la madriguera como la de la célebre novela es probable que –como su amiga imaginaria– hubiera usado palabras impresionantes para su edad, como latitud y longitud. Hagamos una prueba, a ver si está tan claro: ¿cuál de ellas formuló “hay quien dice que el mundo giraría mejor si cada uno se ocupara de sus asuntos”?
Las dos tienen una vigencia pasmosa. El primer diálogo entre el Sombrerero y Alicia anticipa 160 años el no se habla de los cuerpos ajenos. “Creo que necesitas un buen corte de pelo”, dijo él. “Usted debería aprender a no hacer comentarios personales –replicó ella con severidad–, es de muy mala educación”. Mafalda, por su parte, en cada página confirma su sabiduría. Hoy el mundo sigue enfermo y nosotros no sabemos adónde ponernos la curita cuando nos chocamos cara a cara con la realidad.
La tira de Quino apareció en 1964, un par de años después de que una agencia de publicidad le encargara un personaje para una campaña que nunca salió. Las aventuras de Alicia en el país de las Maravillas también fue un encargo, el que una niña aburrida (Alice Liddell) le hizo a Carroll mientras navegaban por el Támesis. El escritor creó para ella la historia que publicó en 1865. Por supuesto que un encuentro entre ambas es absurdo. Pero más absurdo es no prestarles atención.
